Alex Katz: un pintor de nuestro tiempo, más allá del pop

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Con noventa y cinco años, Alex Katz sigue pintando maravillosos retratos, representaciones de escenas sociales, y paisajes, a menudo basados en la tierra y los árboles de su residencia veraniega en Maine. Aparte del tiempo que ha pasado allí, Katz ha desarrollado su trayectoria en Nueva York, donde se ha relacionado durante décadas con los artistas, escritores (y, en especial, poetas) y bailarines que conoce desde hace mucho tiempo, así como su familia inmediata. Le ha dedicado una particular atención a su esposa, Ada, a la que vemos con frecuencia en su arte, a menudo con un extravagante sombrero. Su hijo, Vincent Katz, también artista es un dotado poeta y clasicista también está presente en la exposición, desde su niñez a la edad adulta. Los cuadros de Katz se caracterizan por una presentación muy lisa, donde el enfoque de las personas y la naturaleza es directo y sencillo, pero convincente. Su exposición, Alex Katz: Gathering [Encuentros], en el Guggenheim de Nueva York, brinda la oportunidad de ver la trayectoria de ocho décadas de un hombre que ha dedicado su considerable energía y talento, no solo al desarrollo de un estilo inmediatamente llamativo y reconocible, sino también a dejar constancia de una vida en el centro de Nueva York, en una época en que la ciudad invitaba más a vivir en la periferia.

Katz nació en Brooklyn en 1927. Empezó a estudiar en la Cooper Union en 1946, donde se estudió a fondo el modernismo. En 1949, fue a Skowhegan (Maine) con una beca de verano para artistas. Cinco años después, tuvo su primera exposición, en la Roko Gallery. Al vivir en el estimulante ambiente del mundo artístico del Nueva York de la época, entre sus amigos se contaban los artistas Rudy Burckhardt, Fairfield Porter y Jane Freilicher, y también tenía buena amistad con los poetas neoyorquinos Edwin Denby, John Ashbery y Frank O’Hara. En este extraordinario entorno creativo, Katz se inició en el ámbito de la pintura realista, donde después se mantuvo. A menudo se lo califica de pintor pop, aunque por edad pudo haberse unido al movimiento del expresionismo abstracto de mediados del siglo pasado. Aunque se juntaba claramente con artistas de su mismo estilo, su compromiso con el realismo se evidencia desde los comienzos de su trayectoria. Hoy, el arte figurativo parece estar de vuelta. Katz trabajaba hasta cierto punto en soledad, dada la preferencia de la época por la abstracción, cuando estaba activo en la segunda mitad del siglo xx. Su predilección por plasmar personas y grupos, como indica el título de la exposición, se manifiesta desde muy temprano en su carrera. El aura de Nueva York era distinta entonces: aún no la habían abrumado los muchísimos artistas jóvenes que ahora llenan la ciudad y alquilan unos carísimos estudios para poder participar en una comunidad demasiado grande para el número de galerías que hay y las oportunidades de conseguir repercusión.

Katz, un hombre cordial y sociable, se especializó en dejar constancia de las grandes figuras artísticas y poéticas del Nueva York de la época. Su capacidad para plasmar, en superficies lisas y amplias, los elocuentes detalles sobre sus amigos, o la serena y arraigada belleza de los bosques de Maine, hicieron de él un pintor muy distinguido. Su obra se puede adscribir a la Escuela de Nueva York, una categoría artística a las que pertenecen unos cuantos tipos de arte. En su juventud y sus primeros años de madurez, e incluso más tarde, Katz se encaminó hacia un estilo muy reconocible, que tendía a simplificar la composición con una única figura, cuyo semblante llenaba a menudo el espacio del cuadro. Sin embargo, no se puede decir que Katz sea un pintor tradicional, con un estilo convencional. Su figuración se caracteriza por la elegancia y la rápida descripción con que plasma la figura o escena en cuestión. De aquí a unos años, sus obras podrían serles útiles a los académicos que estudien las relaciones de los artistas importantes de una época anterior. No es que Katz nos dé detalles sobre sus vidas, sino que establece una atmósfera que ya no está presente en el mundo del arte. La supervivencia económica era más fácil entonces, y había menos artistas y escritores. Llevar una vida bohemia al sur de la calle 14 no conllevaba un gasto excesivo. Era una comunidad informal, donde bailarines, coreógrafos, compositores, poetas, novelistas, escultores y pintores interactuaban, la que creaba un entorno donde prosperaban la experimentación y la innovación.

Katz tenía don de gentes. En cuanto amigo de Fairfield Porter, el pintor y crítico que vivió en Southampton, al este de Long Island, Katz pudo disfrutar de su común preferencia por la figuración. Porter, un pintor de gran sensibilidad, trabajaba los retratos, los interiores y los paisajes, que destacaban por sus densas pinceladas. Es más que probable que fuese una reacción a la abstracción expresionista predominante en su periodo activo, aunque los cuadros son plenamente realistas. Como Katz, quizá Porter buscaba un modo de transmitir su amor por el estilo no abstracto, aunque fuese una práctica minoritaria entonces. Porter también trabajó en el seno de un círculo de poetas, entre ellos John Ashbery, al que pintó, Barbara Guest y Kenneth Koch. Los lazos entre artistas y escritores eran al parecer más fuertes a mediados y finales del siglo pasado; lo que importa es que tanto Katz como Porter plasmaron el semblante de los poetas cuyos escritos serían fundamentales para la Escuela de Nueva York (un término utilizado para enmarcar tanto a escritores como a artistas). Se debe recordar que Nueva York era y es un lugar de notable actividad social dentro de las artes, de modo que Katz estaba plasmando un círculo de relaciones que dependían de ampliar esas amistades y, probablemente, de la consideración de la crítica. Cabe entender los resultados como documento de una época atípica por sus intercambios y su comunicación.

Katz no es un pintor seco o frío, a pesar de la frescura de su obra: sus cuadros se abstraen en las consecuencias de la atención al detalle del pintor, así como a la devoción a la pintura como fin en sí misma. Es una devoción que amplía y consolida su predilección por las presencias humanas en su arte, y por los intercambios sociales, pero también en sus notables cuadros de paisajes, uno de los géneros favoritos de este escritor. La visión de la naturaleza de Katz puede aportar a sus obras un tratamiento específico del detalle y, al mismo tiempo, una sensación de gran expansión. En uno de sus cuadros más recientes, titulado Yellow Tree (2020), el artista pinta fragmentos de un amarillo otoñal realzados mediante el intercalado de pequeñas manchas pardas. El tronco negro y las ramas se extienden horizontalmente, y las vemos aparecer y desaparecer tras el follaje que el árbol empieza a perder. Por simple que pueda parecer, Yellow Tree 1 es una obra de arte altamente poética, cuyos colores trascienden para alabar la estación otoñal. Sabemos que Katz y su familia viajaban con frecuencia a su casa de Maine, y uno supone que la familiaridad del artista con la naturaleza que lo rodeaba lo condujo a una interpretación lírica como es su pintura. Podemos decir, también, que en la imagen no hay nostalgia, o melancolía respecto al daño ecológico. Por el contrario, es directamente una bella aproximación pictórica sobre el otoño, en una obra que da muestra de la mayor libertad que Katz se viene tomando en sus últimas obras.

Otro cuadro reciente, Crosslight (2019), está pintado de un verde muy oscuro. Su tema es, aparentemente, los troncos de los árboles en la oscuridad, salpicados de motas blancas. En el tronco más alejado a la derecha, vemos, bastante arriba, una mancha de blanco. Aunque es sin duda el detalle de unos árboles en la oscuridad, las líneas finas y las salpicaduras de luz en toda la superficie del cuadro sugieren una abstracción. Por supuesto, Katz sigue siendo hasta la fecha un artista decididamente figurativo, pero maduró en Nueva York en una época en la que los artistas de género se adscribían al gestualismo abstracto. Inevitablemente, influyó en su pensamiento, que ahora se manifiesta en sus creaciones. Su visión de las cosas, altamente social y por lo general orientada hacia las personas que conocía bien, también descubre una vehemencia no figurativa en parte de las obras. Ada Ada, pintado en 1959, presenta una obra muy anterior en la que aparece una doble imagen de su esposa, con el cabello corto y moreno y vestido y zapatos azules. Tiene los brazos cruzados por encima de la cintura, y su cara, retratada con simplicidad, presenta la inusual belleza de la mujer que ha sido durante mucho tiempo la compañera y musa de Katz. El afecto de Katz hacia su mujer, que dura unas cuantas décadas, se evidencia en los casi veinte retratos de ella que se incluyen en la exposición.

En Frank O’Hara (1959), uno de los primeros recortes realizados por el artista, el ingenioso poeta aparece de pie con un atuendo semiformal, con una chaqueta verde oscura de sport y corbata y pantalones negros. La figura de O’Hara, el gran escritor lírico de las décadas de 1960 y 1970, se apoya en un pedestal de madera. En este recorte hay parte delantera y trasera, lo que era un tanto atípico en Katz. Los delicados rasgos del escritor y su incipiente calvicie se representan con sumo cuidado. O’Hara era famoso por su ensayo Personismo, publicado en septiembre de 1959, en el que relaciona la poesía con las personas y los sentimientos, en vez de con un intelectualismo abstracto, y por su libro Poemas a la hora de comer, publicado en inglés en 1964, que escribió durante la hora del almuerzo cuando trabajaba de comisario para el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA. El poeta tenía el don de aparentar que escribía sobre la superficie de las cosas, cuando en realidad introducía momentos de verdadero conocimiento y placer. Fue el mejor poeta de su generación, el tipo de escritor que vivía en el momento presente y que se lo regalaba al desprevenido lector. Katz lo presenta como el divertido y brillante poeta que fue.

Katz también pintaba a otros colegas artistas. En el caso de Rudy (1980), retrata al cineasta y fotógrafo Rudy Burckhardt, nacido en Basilea (Suiza). El apuesto Burckhard viste una camisa gris y lanza una mirada directa y severa a su público. Tiene el cabello y la barba canos. Al fondo, vemos un profundo lago azul con una orilla y tres árboles a lo lejos. En la esquina superior hay dos barcas. El artista vivía a caballo entre Nueva York y Maine, y uno supone que este cuadro lo muestra en el norte de Nueva Inglaterra. Burckhard fue uno de los cineastas más innovadores de su generación, y participó plenamente del ambiente pop. Katz solía retratar a los artistas que fueron parte de su vida. Otra obra anterior, realizada en 1959, se titula Doble retrato de Robert Rauschenberg, el famoso artista experimental. A Katz lo honra que en su retrato no revele ningún prejuicio en el sentido formal, sino que retrata a las personas talentosas que fueron parte de su grupo social, por mucho que sus obras se alejaran de las suyas propias. 

Vemos dos versiones de Rauschenberg, con una camisa marrón de manga corta y pantalones blancos, en el mismo plano compositivo. En ambos casos, tiene el brazo estirado sobre la rodilla, y el otro encogido. La postura de ambas imágenes es muy similar. Detrás de cada Rauschenberg hay una gran ventana, dividida por varias hojas. Desde el punto de vista de la forma, el retrato posee una elegancia que no solemos ver en la pintura contemporánea, pero la decisión de Katz de pintar dos imágenes de la misma persona convierte una visión convencional en algo ligeramente irreal; y eso a pesar de que la estructura, los detalles y el entorno donde se encuentra Rauschenberg son convencionales. Y sin embargo es una obra de arte sobresaliente. Durante todo un siglo, Nueva York ha sido un imán para los artistas de fuera de la ciudad o del extranjero. Es difícil terminar de comprender su atractivo, pero el encanto descarnado y urbano de la ciudad, unido a los hasta hace poco alquileres baratos, ha atraído a artistas sobresalientes de todo el mundo. Burckhardt vino de Basilea, mientras que Rauschenberg nació en Port Arthur (Texas). Nueva York sigue atrayendo a pintores y escultores de todas partes, pero el momento de la expresividad informal ya terminó, y lo han sustituido las burocracias académicas que expiden titulaciones limitantes.

En la exposición hay incluso un memorable autorretrato de Katz: Alex Katz: Self Portrait (Passing), de 1990. Aquí vemos el rostro de un hombre adusto, de mediana edad, que viste traje de chaqueta, camisa blanca y corbata negra. El elemento más llamativo en la obra sea, seguramente, el fedora que lleva el artista, un sombrero de ala corta marrón oscuro, con una cinta negra. Aquí Katz adopta por un instante la pose y el atuendo de un hombre de negocios, aunque en 1990 ya llevaba un tiempo gozando del reconocimiento como gran pintor. La sobriedad de la obra contrasta con las flores y los árboles, los poetas y los bailarines, los paisajes y los interiores que nos deleitan en el resto de la exposición. Sin embargo, al mismo tiempo, tenemos una organización plana y simple animada por el cuidadoso estudio del rostro. Naturalmente, Katz no es un hombre de negocios en ningún sentido, salvo quizá en las ventas de su arte. Y, lo que es más importante: el retrato destaca por sus colores y su espíritu apagados, además del simple pero cuidadoso tratamiento del rostro. Normalmente, el artista se planta en medio de los “encuentros”, y representa el bello semblante de las mujeres y las figuras con un estilo coloquial, afable. El énfasis en el placer y la interacción social es obvio: esta inclinación hacia el placer sofisticado puede colocarlo fácilmente en la categoría de artista pop, aunque su autorretrato indique una perspectiva distinta.

Es difícil saber si Katz llega del todo a ser un artista pop. Su arte consiste en los placeres de la pintura tanto como en un homenaje a la existencia informal y agradable que asociamos con la cultura estadounidense. La obra de las últimas generaciones, inmediatamente posteriores al declive de los expresionistas abstractos (en cuya época trabajaba Katz) empezaron a adoptar el estilo de vida como gran influencia en la creación de las imágenes pictóricas. Las fiestas de Katz y los encuentros informales transmiten la sensación de unos tiempos más felices, probablemente más sencillos, cuando la vida no era desorbitadamente cara, y uno podía trabajar un mínimo de horas para poder pintar. Lo que queda claro desde el principio es el interés de Katz tanto en el arte como en las personas. Se podría decir que se abstiene de abordar temas más oscuros y profundos, pero estaríamos equivocándonos respecto a su orientación. Parece más bien que Katz acoge el encanto casual del pasado en Nueva York, antes de que la invadieran la aglomeración, la gentrificación y la pasión por el dinero. El arte pop, en manos de su creador, Andy Warhol, a principios de la década de 1960, se convirtió en un vehículo para la democracia cultural. Pero, dada la destreza y el aplomo de la obra de Katz, debemos decir que él mira en una dirección distinta. La informalidad de sus temas se apoya en una notable capacidad para plasmar, normalmente a grandes rasgos y con simplicidad, la vida de los artistas de su generación. Por tanto, los cuadros adquieren valor histórico como registros de la época, o lo harán con el paso del tiempo.

El énfasis del pop en disfrutar del estilo de vida americano, informal pero inteligente, es sustituido hoy por una severa política identitaria. Es lógico, dadas las crecientes complejidades étnicas, raciales, religiosas y demás que influyen en la vida cotidiana y el arte. Pero Katz, que ahora tiene noventa y cinco años, pertenece a una época distinta. Era un periodo de maestría sutil, informal, una cualidad que aún florece en la reciente obra del artista. Además, como ya he dicho, no se puede demostrar completamente que Katz sea solo un pintor pop. Por el contrario, su sensibilidad tiende hacia un romanticismo lírico que ensalza una época de pujante experimentación en el arte, como evidencian sus cuadros de bailarines, a menudo a la vanguardia de Nueva York. Gente como Jasper Johns vino a Nueva York a rehacer sus vidas y desarrollar una estética desafiante. Aunque ese periodo de alegría de altos vuelos ha pasado, eso no significa que el espíritu de aventura abandonara la obra de Katz, ni entonces ni ahora. A diferencia de Warhol, cuya obsesión con la estética materialista, abiertamente entregada al dinero, Katz se mantuvo fiel al lado artístico de las cosas. Su acogida de diferentes tipos de arte pintura, poesía, danza le permitió describir las personalidades y, en algunos casos, la imaginación de las extraordinarias personas que lo rodeaban. Ahora que tantos artistas han inundado la ciudad, estamos en una peor posición para relajarnos e innovar. Sin embargo, el desarrollo de Katz en un momento de florecimiento en el centro de la ciudad dio como resultado un arte de singular interés.

En un interior titulado 4 PM (1959), Katz presenta otra oda sutil a su esposa Ada. El fondo, en la parte superior e inferior, es de color amarillo tostado. Unas grandes cortinas dominan la parte superior izquierda del cuadro. Junto a ellas, a la derecha, hay un cuadro, de otro interior amarillo, colgado en la pared, un poco más arriba de la figura de la esposa de Katz. Ella está sentada en un sofá, apoyada en un cojín, con los brazos cruzados sobre el regazo. A la izquierda, bajo las grandes cortinas blancas, hay dos sillas alrededor de una mesita. En el suelo, en dirección a la mesa, hay un largo rectángulo blanco, una alfombra cuyo tono contrasta con el fondo amarillo del cuadro. En la parte inferior derecha, hay un cuadrado marrón que parece el lateral de un armario. Es un cuadro cuya implicación emocional no se puede disociar de la belleza con que está pintado. Sabemos que Ada ha sido un gran apoyo para Katz durante décadas, pero este cuadro lo pintó cuando apenas habían empezado su relación. Su sutileza y su énfasis en el atractivo de un salón bien amueblado le recuerda al espectador a Vuillard. Con más franqueza de lo habitual, 4 PM parece ceder el paso a un ambiente menos lujoso que felizmente cómodo. Katz es un dotado pintor de contenido emocional.

Ahora que Katz es nonagenario, es difícil saber con qué seguirá después. Las últimas obras lo muestran abierto a las oportunidades con una indefinición insólita en las obras anteriores, determinadas por contornos nítidos. Los pintores parecen, más que los escritores, ganar aplomo a medida que envejecen. Katz es una prueba de ello. No pretendo restar mérito a sus creaciones anteriores; solo digo que su arte, ahora, ha empezado a interiorizar los grandes principios de la forma y la composición que hacen que su obra sea memorable desde el punto de vista compositivo. Los cuadros, por supuesto, se pueden relacionar con sus anteriores creaciones, y en especial los paisajes. Sin embargo, a la edad de Katz, los riesgos que asume indican valentía y voluntad de seguir buscando. Esto no es baladí para alguien tan mayor, en un momento en el que la mayoría repasamos el pasado en vez de mirar al futuro. En cambio, Katz mira hacia delante con la mayor elegancia. Sus nuevas obras parecen tan vibrantes, o más aún, que el arte que hizo décadas atrás. Las personas y la naturaleza, siempre importantes para él, permanecen vivas y vibrantes, en vez de ser homenajes a otra época. Es extraordinario ver como tamaño logro sigue incólume.   

Traducción: Verónica Puertollano

Original text in English

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