Algo de H.G. Wells

Cine

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El libro autobiográfico de H.G. Wells, nos pone sobre la pista de dos de sus más célebres novelas ‘El hombre invisible’ y ‘La máquina del tiempo’, llevadas con éxito al cine.

 Fotografía de H.G. Wells en 1932. Edward Steichen

H.G. Wells en 1932/Edward Steichen     

 

Con la excusa de mi cumpleaños, mi amigo Jon me regaló la autobiografía de H.G. Wells, libro publicado este año por la editorial Berenice, con traducción titánica de Antonio Rivero, y si no estoy equivocado, por primera vez en España. Agradecí especialmente el detalle ya que Wells era uno de mis favoritos. Pertenezco a ese numerosos grupo de incondicionales de El hombre Invisible y de La Máquina del Tiempo, y quizás a una cierta distancia, La Guerra de los Mundos, esa obra ya universal, en parte por su radiodifusión gracias a Orson Welles, de apellido parecido.

       La autobiografía de Wells lleva por título Experimento en Autobiografía, y en palabras de su autor, es una autobiografía que se ocupa de la constante expansión de intereses y actividades de su cerebro. Lo cierto es que Wells analiza continuamente la calidad de su mente, a la que considera finalmente “ordinaria”. Y siguiendo sus palabras, para una mente ordinaria el problema está en la selección, y en el caso del libro que nos ocupa, de las materias a hablar en una biografía, la suya. A pesar de que el propio Wells no la considera una autobiografía política, a mi me ha parecido una biografía política, políticamente moral, moralmente pesimista.

       Quizás ya sabíamos que la opinión de Wells acerca del futuro de la humanidad no era la mejor posible, pero esta lectura puede sorprender a lectores como yo, desprevenidos, quizás pequeños lectores de Wells, ante un pensador ciertamente complejo, enredado en el mundo y en sí mismo, y en ocasiones en un buen número de páginas que quizás podría haber omitido, pero perdonable en un escritor que se jactaba de no saber escribir. En todo caso, puedo decir que he devorado el libro, desafortunadamente algo deteriorado por la arena, el sol, y numerosas gotas de agua, especialmente la portada, muy arrugada, con el mejor retrato fotográfico que conozco de Wells. Es un retrato formal con sensación de instantánea, y probablemente con una sonrisa bondadosa, pero quizás también con la sonrisa de la Razón, la sonrisa de Voltaire, una sonrisa sin posibilidad de vuelta atrás. Lo cierto es que esta extraña y apasionante autobiografía me ha vuelto a poner sobre la pista, hacía tiempo abandonada, de los títulos mencionados: EL Hombre Invisible y La Máquina del Tiempo.

       Leí El Hombre Invisible tiempo después de ver la película que James Whale realizó en 1933 con el gran Claude Rains como “invisible” protagonista, y leí La Maquina del Tiempo antes de ver la película que George Pal dirigió en 1960 con Rod Taylor. No sentí que el orden de los factores alterase los productos, tal es, y así me parece, la radical autonomía de ambos formatos. Todo esto fue hace muchos años, y por alguna razón que quizás podría averiguar, me he animado a pensar en las películas y dejar las novelas en la estantería por el momento, algo que recomiendo no hacer a quien no las haya leído.

       Entre ambas películas, mi balanza se inclina por El hombre Invisible, -¿será su blanco y negro?- si bien sintiendo que podría ser una injusticia dejar relegada La Máquina del Tiempo al último lugar. Tengamos en cuenta que lo que Wells nos da con su artefacto en ese atractivo color de cartón piedra, es mucho más que lo que nos puede ofrecer la más exclusiva agencia de viajes. Exotismo sin límite, infinitas dosis de aventura, los lugares más extraordinarios que hayamos podido imaginar, conocer culturas diferentes con mentalidades muy extrañas, ¡sin lugar a dudas!, y todo ello sin movernos de casa. Porque quizás sí sea un viaje en el tiempo lo que Wells nos propone, pero el hecho cierto es que la maquina desaparece sin haberse desintegrado.

       Qué difícil resulta diferenciar un viaje en el espacio de un viaje en el tiempo, aún más para Wells, que nos adelanta que llegó a la comprensión de la cuarta dimensión de una manera natural, intuitiva. Queda, en todo caso, una pregunta no aclarada: ¿A qué velocidad viaja el tiempo? La contestación jocosa venía a decir que el tiempo viaja a 3.600 segundos por hora, e incluso a 86.400 segundos por día, pero es una respuesta insuficiente, porque, ¿cuánto dura un segundo? Un segundo dura lo que mide un milímetro, o al menos se mediría de la misma manera, según podría sugerir alguna corriente, digamos eternalista. Más concretamente, parece ser que un segundo dura 9.192.631.770 periodos de un fenómeno de transición provocado por un átomo de cesio. Una convención para entendernos, sin duda, pero interesante conocer para quienes estén fascinados por las aplicaciones domésticas de la física cuántica, ya que según Plank no es posible un tiempo inferior a 5,4 x10 (elevado a -44) segundos, tiempo que, por otra parte, pone el presente en una situación muy incómoda. Un gran reto para fotógrafos será averiguar algún día cómo se ve el mundo en una fotografía tomada en ese tiempo. Es necesario recordar que los fotógrafos llaman instante a tiempos muy diferentes, incluso a aquellos que se cuentan en segundos y nos muestran fotografías muy extrañas.

       La película de James Whale me reconcilia de nuevo con el cine, como también lo hacen su Frankestein, o esa continuación que llevó a cabo, -algunas veces segundas partes fueron extraordinarias- La Novia de Frankestein. Tanto si se trate de Wells, como si hablamos de Whale -ambos- y cada uno por su cuenta, ahí están con el ser moral enfrentado a una ciencia fuera de control. El hombre fáustico que fuerza demasiado el futuro, ese Dorian Grey que no conoce el poder de los espejos, ese Jekill que, al igual que el invisible doctor Griffin, no sabe de qué trata esos brebajes que bebe, esa Mary Shelley, cuyo hombre va a morir ahogado, pero no sin antes haber visto a su doble en su embarcación, a su doppelgänger, aquel que se le adelantaba y le avisaba de su futuro inmediato. Pero para mí, sentado en mi butaca de patio, El Hombre Invisible de Wells/Whale es mucho que más que un mundo moral, que una existencia que no admite límites, que una profecía amenazadora. Es ante todo un mundo de disfrute. A Mary Shelley le faltó tiempo para alabar la adaptación de su novela hecha por Whale, pero no a Wells que la consideró excelente.

       Entre todo ello, los personajes también son excelentes, no hay ninguno que escape a la excelencia, son esos secundarios insuperables que siempre le atribuían a John Ford. Tan sólo un ejemplo, esa posadera inigualable, Mrs. Hall, la mujer de Mr. Hall, quien regenta la posada The Coach and Horses en un lugar llamado Iping, y que yo creía inexistente hasta que Google Earth me lo ha señalado en West Sussex. Allí estaba Mrs. Hall aterrorizada por ese hombre tan extraño. Una mujer adorable que hubiese podido ser prima hermana de la encargada del bar de la estación de tren de Breve Encuentro de David Lean.

       Siempre lo mejor del cine británico, a pesar de que El Hombre Invisible sea una película norteamericana, de la em>Universal, pero de alma británica, incluso más británica que la más británica de las americanas, Cinco tumbas al Cairo de Billy Wilder. Porque las películas inglesas iluminan de manera diferente, sitúan la cámara en lugares diferentes, la mueven de otra manera, todo transcurre en jardines ingleses, los actores también son diferentes, y su pronunciación, por supuesto, la excelente voz de Claude Rains al pedir calor y alojamiento a Mrs. Hall, recuerda que estamos ante un mundo estéticamente inglés, esos caracteres que sólo existen ahí, donde la sombra de Shakespeare es ciertamente larga. Cuando Claude Rains entra en la posada, la cámara lo enfoca en un primer plano, pero lo hace desde abajo, es así como se mira al emperador, y así es como se presenta el coro que nos anuncia lo que a continuación va a ocurrir en la bella Verona.

       No nos importa que el hombre invisible no lleve ropa interior o que camine desnudo sobre la nieve dejando la huella de unos zapatos que no lleva, o bien que mueva los objetos con hilos, o que sea más alto o más bajo dependiendo de la escena en la que se encuentre, o que un técnico de la película grite en el medio de la bronca del bar: “Stay on camera!”. El hombre invisible está por encima de todo ello, porque además están sus gafas, sus vendas de momia, quizás prestadas por Boris Karloff, un mundo de iconos. Incluso el hombre invisible es capaz de ver el mundo gracias a que Wells -siempre en todo- le dejó las pupilas, porque un cuerpo que no absorbe la luz tampoco puede ver. En todo caso, todo y mucho más es el resultado de la maestría de James Whale, en la que se incluye el exquisito humor que imprime a la película, lo que la acerca a lo mejor y más irreverente de los estudios Ocho sentencias de muerte o El quinteto de la muerte), y lo que la aleja irremediablemente de la autobiografía del cerebro de H.G. Wells.

La Maquina del Tiempo

El Hombre Invisible

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Autor: Eduardo Momeñe

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Eduardo Momeñe
Es fotógrafo y autor de ensayos sobre estética fotográfica. Ha trabajado también en la aplicación profesional a la fotografía editorial, moda, retrato, ilustración, etc. Ha publicado en revistas como Vogue, Style, AD, Marie Claire o Elle. Coordina el Máster Internacional Documentalismo y Narración Fotográfica en la escuela EFTI de Madrid.