Algo mío en Cádiz

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Para mi tita Mariló y mi tío Jesús,

que tantas veces me han hecho
el mejor regalo: Cádiz

 

Yo de Cádiz podría decir lo mismo que dice Xuan Bello de los puentes: que me gusta porque tiene algo mío que no me explico, y que esta afición ya estaba conmigo cuando del mundo nada conocía.

¿En qué pienso cuando pienso en Cádiz? En un tacto de siglos al acariciar por las calles los cañones herrumbrosos de las esquinas y los poros de la piedra ostionera. En un paisaje de torres, garitas y azoteas blanco, vainilla, ocre y almagre, más el mar azul de fondo. En una figura borrosa que huye bajo el temporal por el callejón de los Piratas. En las luces y sombras del dieciocho y en la efervescencia política, periodística y comercial del diecinueve. Pienso también en las jacarandas del Mentidero, en los ficus de la Alameda y en las ceibas y el almez de plaza Mina: en toda esa alegría vegetal.

Yo de Cádiz podría decir lo mismo que del color verde oscuro: que siempre me gustó sin saber bien por qué, y que ya no creo que vaya nunca a dejar de gustarme.

¿Qué me gusta de Cádiz? Los sarcófagos fenicios del museo. La vista del Puerto y de Rota al fondo de la bahía. La libertad y la falta de arrogancia (porque nadie es más que nadie), y la forma en que fluye la vida cuando se sabe que, total, son solo dos días… Me gustan su singularidad milenaria y su urbanismo compacto, que propicia el “regodeo callejero” del que tan aguda y bellamente habló Javier Fernández Reina en La ciudad insular: el libro que empezó a iluminar para mí los contornos de esta pasión un poco enigmática. ¡También me gustan los pestiños de sus confiterías, las tortillitas de camarones del Merodio y el amontillado de la taberna del Veedor!

Yo de Cádiz podría decir lo mismo que de los bosques, que me llaman con una voz de seducción que no puedo desoír aunque no entienda.

¿Por qué Cádiz me fascina? Porque, como ha escrito Felipe Benítez Reyes, es “un laberinto que se cae de vejez y de hermosura”. Porque “una ciudad respira cuando hay en ella espacios de la palabra” (Michel de Certeau), y Cádiz respira en el ejercicio de la palabra libre y guasona. Me fascina por la sensación de misterio que se tiene paseando por sus calles: la de que hay en ellas tantas cosas ocultas, o más, como las que se ven a simple vista. Y porque es una ciudad doméstica y delicada: un palacio de plata y una casa de luz. Una ciudad tan perfecta que parece una ilusión.

Yo de Cádiz podría decir lo mismo que dijo Álvaro Mutis: que “desde siempre / ha sido el centro intocado del que manan / mis sueños, la absorta savia / de mis más secretos territorios…”. Y podría añadir que, de una forma oscura, yo pertenezco a ese centro, y que en él hay enterrado —enterrado y revoleando por el aire volandero— un tesoro que también es mío.

 

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