Almuerzo lagarto

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Outsiders es literatura de folletín, barata y por entregas. Una novela negra contada desde Medellín. Y no tiene orden. Si este es su primer capítulo, adelante, lea que no se pierde. Outsiders es una red. En los link encontrará nodos de lectura.

Medellín desde San Cristóbal

 

A la semana siguiente tuvimos un almuerzo de trabajo con el partido del concejal Rodrigo. Pues, lambonerías de los vividores.

La corte burocrática se acomodó en una mesa larga y parecíamos el cuadro de La última cena en versión ejecutiva, versión lagartos. Franco Elías y Machado, los guarda espadas de Rodrigo, tomaban cerveza desde una esquina, clavándome su mirada desconfiada de perros cazadores. Siempre que los veía recordaba las manos cercenadas de la casa vieja en Manrique, los sujetos desangrados y sus muecas. Franco Elías y Machado me recordaban el hedor de esa casa abandonada para descuartizamientos.

El olor de la barbacoa del almuerzo, un olor a carne y a tierra caliente, se extendió por el comedor y por los invitados bajo la forma de una delgada cortina de humo que nos envolvió a todos, como la niebla que precede cada hipocresía, y se esfumó dejando el aroma de la simulación y el fingimiento.

Durante el asado, le conté a uno de los invitados una tremenda fuma de marihuana cuando tenía diecinueve años y acababa de salir de las filas del ejército. Las carnes chirriantes, el aceite, el carbón, pero sobre todo el humo blanco desde la campana de extracción me hicieron recordar la cantidad de cigarrillos de marihuana que me fumé con Alejo por los días de mi salida del ejército. Fue una cosa loca. Casi me da un paro cardiaco esa noche.

En la parrillada estaba Luisa, y su piel blanca y sus labios rojos, pues, la novia del concejal Rodrigo. Los ojos de Luisa eran tan trasparentes que se podía ver su alma de los siete años. Esto cuando no me miraba, porque cuando lo hacía, carajo, la rabia de esa mujer. Durante nuestros primeros encuentros en cocteles y reuniones sociales, unas veces me parecía sofisticada y altanera, otras en cambio me parecía sencilla y tímida.

En una exposición en el Museo de Arte Moderno de Medellín detenida en una historieta de un tal Carlos Diez, ícono en la novela gráfica del continente, me acerqué. La cara de Luisa y sus brazos eran muy pálidos, casi translúcidos. Tenía los rasgos afilados y un pelo negro que brillaba bajo las luces del museo. Le calculé unos veinticinco años. Estaba intentando leerle el pulso bajo la garganta de cisne cuando vi que Rodrigo me miraba desde un rincón. Si yo me daba media vuelta, sospecharía la tontería que me despertaba su novia.

―No sé qué hacemos acá ―le dije a esa mujer―, visitando una exposición para adolescentes.

―No jodás ―y me clavó un desprecio que me dolió en el pelo― ¿En serio pensás que los comics son para niños?

Una puta güeva, pensé, eso es lo que soy, una puta güeva.

Tenía que ajustarme las gafas negras, intentar un triple salto mortal hacía atrás, caer de pie y dar un saludo al público sin que las gafas negras se cayeran para salir bien del aprieto.

No supe qué decir.

Ella torció los ojos y se largó. Estuve a punto de rascarme la cabeza.

A esa mujer todos los hombres le hablaban de la misma manera que lo hacía yo, pues, con el respeto que exigía dirigirse a la mujer del jefe y los mismos clichés y las mismas charlas bobas. Quise dejar de pararle bolas.

En otra oportunidad, en un parque con el resto del equipo político, Luisa me miró como diciéndome “eso está bien, que me pongas atención”. De pronto mi cerveza adquirió un color dorado muy interesante. Al rato, cuando ya había olvidado la vaina y estaba contándole una historia a otro sujeto, por puro azar volví a mirarla. Esta vez fue ella quien estaba callada, poniéndome el ojo. Entonces giró para otro lado.

Si yo fuera más inteligente hubiera leído bien esa señal y me hubiera alejado, pues, pero de inmediato.

Cuando despachamos las bandejas en la parrillada y llegó la hora de bajar la grasa con un café, le conté al vecino, una de mis aventuras fumando marihuana. Había bajado al infierno y luego arriba, de nuevo, a la tierra para quedar tostado.

Mi compañero de mesa, don Aníbal, tenía la cabeza de un rinoceronte: grande, gris, con la piel dura. Se trataba de un inversionista que financiaba la campaña política de Rodrigo. Desde su curul en el Concejo, Rodrigo tramitaba contratos en los que QP ingenieros, la empresa de Don Aníbal, resultaba ganadora en las convocatorias de contratos.  Y así el señor recuperaba el dinero apostado en la campaña del concejal.

Don Aníbal, o don Rinoceronte, despachó un solomo asado en término medio, pues una generosa porción que palpitaba en sangre y salpicaba grasa en la plancha que fue servida.

Franco Elías y Machado clavándome sus miradas asesinas y yo viendo las carnes en la plancha, recordando esa casa en Manrique y los trozos de carne amputada. Ni sé cómo despaché mi porción de solomo. Franco Elías y Machado, ambos en camisetas relajadas y gorras, como si fuera domingo. Tenía que andar con cuidado.

Don Rinoceronte usó un babero que le protegió la corbata y la camisa de manga larga, un ridículo delantal que le preservó la formalidad y lo hizo ver como un bebé mofletudo, canoso y mal encarado.

Cuando don Rinoceronte terminó de comer, se libró por fin del ridículo babero, y mientras tanto nos tomábamos un tinto humeante. Desde antes, yo sabía que Don Aníbal era un conservador recalcitrante que madrugaba a misa todos los días a las siete de la mañana y decoraba la sala de espera de su oficina con un cuadro del Corazón de Jesús. Celaba a Lorena, su hija, pensando que llegaría virgen al matrimonio, sin saber lo pícara que ya era la culicagada.

La historia de la marihuana podría molestarlo pero, pues, yo tenía que correr el riesgo. O me ganaba su mala fe o me ganaba su aprecio y su confianza. Era eso o hablarle de cosas insustanciales, de fútbol, el clima, y que a los diez minutos de salir del almuerzo se olvidara de mí. Eso no. Había que impactarle la emoción y seguir comprometiéndolo con los negocios de Rodrigo. Era mi trabajo. Había que jugar y apostar. Ya se lo había escuchado decir a Rodrigo: “El simulacro como acto político fundamental del poder. Lindo Maquiavelo, el príncipe debe ser un gran prestidigitador para conservar su lugar”. Lo malo era que Rodrigo no era tan buen prestidigitador. Pero para subsanar ese inconveniente estaba este pecho.

A don Rinoceronte le conté que esa noche me fui con mi amigo Alejo de caminata por las cuadras del Estadio. Una luna de mercurio barría la noche, así le dije, ya tenía preparada la frase. El horizonte revelaba el contorno de las montañas del valle. De nuevo en mi papelón. Con Alejo nos instalamos en las bancas de madera, bajo los mangos verdes del Parque de Pinocho. No había una sola persona aparte de nosotros dos. Los senderos de piedra eran alumbrados con precariedad por faroles. Entre una y otra lámpara se abría un espacio negro y las bancas quedaban entre las sombras. Nos sentamos y comenzamos la ceremonia.

Encendimos, uno tras otro, cuatro porros que nos fumamos con entusiasmo, casi con devoción, aspirando el humo y llevándolo hasta la parte más honda de nuestros pulmones.

―Imagínese lo que produjo semejante cantidad de marihuana en nuestro cerebro ―le dije a Don Aníbal.

Hasta entonces el señor me miraba con desprecio, como si yo fuera un maldito trapo sucio. Yo era el personajillo anónimo que no puede faltar en las reuniones políticas, de los que hacen bulto, así que, pues, yo estaba por cortar la historia. Pero al llegar a este punto, Don Aníbal reveló una breve sonrisa.

El humo de nuestra fuma se filtraba por las ramas de los mangos del parque y la nube parecía más blanca debido a los faroles. Conteníamos la respiración con cada calada y el humo destrozaba lo que nos quedaba de cordura. Fueron cuatro porros. Cuatro que nos distorsionaron la coherencia.

―Llegó la hora de irme ―seguí contando―, hasta entonces todo iba muy bien, pensaba llegar a mi casa, apagar las luces y acostarme en el sofá de la sala, audífonos y en la oscuridad y la comodidad del mueble escuchar Pink Floyd.

Expliqué a Don Aníbal el placer de sumergirme en la música bajo los efectos de la marihuana.

―Un estado de placidez ―le dije―, y extrema percepción.

―Sí, yo sé que es eso ―contestó casi con nostalgia―, yo también escucho tangos con unos traguitos de aguardiente en la cabeza.

Había picado mi anzuelo. Tomé un trago de cerveza fresca y burbujeante para celebrar la victoria.

A los diecinueve todavía vivía con mi papá y mi mamá. Su permiso coincidía con el último servicio del metro. Ya eran las 10:45 de la noche y el metro cerraba a las 11. Me quedaba un cuarto de hora para llegar. Y estaba lejos. Con Alejo me entretuve en el parque y no caímos en cuenta de la hora. Era posible que no alcanzara el último tren. Nos despedimos. Caminé afanado por las calles vacías y oscuras del barrio El Estadio. La estación del metro quedaba a varias cuadras.

Don Aníbal afirmaba y sonreía. Sabía de lo que yo le estaba hablando.

Yo vivía al otro lado de la ciudad, al norte, me torturaba una sensación de agonía. Perder mi transporte me aterraba y, pues, con la fuma se exageraba todo. Atormentado, corrí como un ladrón en fuga por varias cuadras desoladas. Cuando llegué, comprobé que aún no pasaba el último servicio. Aliviado, subí a la plataforma.

―Supuse que tenía los ojos estallados ―le dije a Don Aníbal―, porque el policía me miraba con desconfianza.

A Don Aníbal le causaba gracia todo esto.

Esperando en la plataforma del tren, intenté tranquilizarme, pero estaba seguro de que era observado. Entonces comenzó la pesadilla. La agitación del corazón a causa de la carrera me sumergió en un estado de paranoia y miedo. Por fin llegó el último metro, subí a uno de los vagones iluminados en blanco, me senté y recosté el cuerpo y cerré los ojos para intentar calmarme.

Estaba desesperado. El corazón me palpitaba en los ojos. Creí que estallaría por dentro. Para olvidarme de la sensación comencé a escuchar las voces de los pasajeros que me acompañaban en el vagón. Me pareció escuchar sus pensamientos. Hablaban de sus parejas, de plata, del trabajo. Me torturaban. Tenía que dejar de escucharlos. Pensé en mis manos y mis pies. Entonces comenzó lo peor.

Al cabo de unos minutos sentí que me derretía en baba de aceite. Me licuaba en un fluido espeso y resbaloso, como la cera de una vela entre roja de sangre y blanca de huesos. Quise abrir los ojos pero algo me detenía: el miedo a verme como una papilla aceitosa.

Sentí la aterradora sensación de tener el cuerpo disuelto.

Lentamente fui esparciéndome, como una masa líquida, sobre la silla del metro. Mi cuerpo quedaba deshecho en una mancha de grasa roja con salpicaduras blancas. Sangre y calcio. Era devorado por un fuego que me diluía y me tragaba en dirección a las infra dimensiones. Sentí que era engullido por el infierno. Fue espantoso.

Hasta que, junto a mi una niñita me tendió una botella de gaseosa:

―Hombre, se ve pésimo. Tome un poco de Coca cola. A mí papá, cuando fuma como usted, le hace bien.

En el asadero, Don Aníbal soltó una risotada. Tanto que llamó la atención de los comensales a lo largo de la mesa. Al ver que Don Aníbal, normalmente tan serio y formal, descosía semejante carcajada, todos dejaron lo que cada uno hablaba con su vecino de mesa y giraron las cabezas para seguir lo que yo contaba.

Y acá el hechicero, el brujo de la palabra. Era mi trabajo.

Al equipo político le narré que se trataba de una poderosa marihuana traída desde La Sierra de Santa Marta y, pues, una dosis de cuatro porros. Esa noche en el metro, por fin, derretido en una silla del vagón, haciendo un gran esfuerzo, pude abrir los ojos y vi que todo había sido una alucinación. Espantosa.

Carajo, maldije bajo la luz blanca del vagón y me restregué el rostro con la palma de la mano. No vuelvo a fumar marihuana.

Por eso Rodrigo me invitaba para los almuerzos. Era mi responsabilidad, entretener, aunque, por dentro, me estaba pudriendo como esa noche en el metro de Medellín. Por fuera yo era un sujeto entretenido. Por dentro un adicto al maldito enano simulador, enano inyector, a su aguja envenenada y eso me estaba consumiendo.

Incluso Rodrigo y Luisa me seguían. Ella muy muy seria a punto de largarse. Me odiaba.

En el asadero me miraban entretenidos y aterrados.

―Este Julián está solo para hablar mierda ―dijo Rodrigo.

Y todos soltaron la carcajada. Me rasqué la garganta y dije que tenía unas tremendas ganas de orinar.

Había decidido comportarme. Había decidido controlarme.

FIN

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ

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