Altibajos y renglones de la historia que nace

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Sobre Los años de la espiral. Crónicas de América Latina, de Jon Lee Anderson.

El maestro de la columna, David Gistau, que falleció en febrero de 2020, solía defender el reportaje como el género estrella del periodismo. «Me da la sensación de que tenemos [los columnistas actuales] más alma de reporteros; somos criaturas de redacción, más periodistas que escritores», dijo hace algunos años en unas jornadas en Málaga precisamente sobre renovación y tradición del género de la columna periodística en España. Pero más que el cuadro de costumbres o la estampa literaria, Gistau invocó el estilo sajón, como el de su admirado Norman Mailer, y reivindicó el espíritu reportero como la verdadera coraza que hace al periodista. Ya sea un texto de corto como de largo aliento, «seamos capaces de someternos siempre al acontecimiento periodístico».

Quizás uno de los periodistas que mejor encarne hoy este anhelo reporteril sea Jon Lee Anderson (California, 1957). Colaborador habitual de The New Yorker, especializado en temas políticos y curtido en conflictos y guerras, recoge en el libro Los años de la espiral (2020, Sexto Piso), con traducción de Daniel Saldaña París, una muestra de sus crónicas, perfiles, obituarios y reportajes sobre los hechos más destacados de la última década en América Latina. También artículos de opinión, siempre sometidos al acontecimiento periodístico, como lo concebía y deseaba Gistau.

Publicadas cuando la hoguera de la candente noticia estaba encendida, la obra «contiene veinte piezas long-form y veintiuna piezas breves». Todas juntas han tomado ya cuerpo glorioso de libro y pasan a cumplir otros cometidos a los que ya no obliga la voraz actualidad. Ahora conservan como ascuas palpitantes los rescoldos de viejas guerras y rivalidades; retratos de figuras políticas que con el paso del tiempo trasmutaron en iconos o leyendas vivas; altibajos de la reciente historia de Latinoamérica. Relatos reales que no solo se salvan de la quema del tiempo, sino del mal lujo que supone permanecer en las hemerotecas.

En medio de una marea de torbellinos («La de 2010-2020 ha sido la década de la corrupción», «un período confuso, de golpes y sucesos inesperados, tanto descendente como ascendente, sin rumbo fijo», «una época que se mueve como en espiral»), no es casual que la crónica sobre el terremoto de Haití en 2010 inaugure el libro y la convulsa década. Autor de Che Guevara. Una vida revolucionaria, entre otros títulos, Anderson muestra y enseña en estos trabajos periodísticos su concepción del reportero clásico, que se aventura por los caminos adonde no se atreven o no pueden llegar los demás: a los despachos de los que gobiernan el mundo desde su parcela del planeta; a las selvas recónditas donde aún queda vida al margen de la civilización establecida; a los pisos de mafiosos veteranos que ya se les pasó el tiempo de la gloria; ahonda en las raíces de viejos conflictos entre territorios; investiga las pasiones e ideales que pueden llevar al triunfo, a la victoria, pero también al olvido y al veneno del odio y la muerte.

El «yo» del periodista asume su contrato de mirador discreto pero panóptico, desde donde observa de cerca a los poderosos, describe paisajes de mar o de selva, da voz a gente que tiene algo para decir o para callar, explica el origen de las consecuencias. En definitiva, cose en el margen de las enciclopedias un hermoso bordado de intrahistorias, y rellena de humanidad los recodos de la historia universal. «No se me ocurre otro trabajo que me hubiera brindado la oportunidad de charlar sobre la revolución cubana con Barack Obama en el mismísimo Despacho Oval, de admirar la colección de ositos de peluche del encarcelado exdictador panameño Manuel Antonio Noriega o de ver con mis propios ojos a unos indígenas, que habían vivido completamente aislados del mundo moderno», dice el autor en el prólogo.

Engrandece y da valor al oficio su escritura sólida y narrativa, elegante y exquisita, que recurre a las herramientas de la ficción para acercar y hacer comprensibles las complejidades geopolíticas que zurcen a base de renglones torcidos la línea imparable de la historia de la humanidad. Su prosa ágil y grácil, transparente y franciscana, permite al lector situarse con facilidad en el lugar de los hechos sin quedar varado en ripios del lenguaje. De modo que podría decirse que el quehacer periodístico de Jon Lee Anderson personifica esta sabia cita del estudioso estadounidense, Robert S. Boynton: «El Periodismo se transforma en Literatura cuando logra expresar verdades universales en términos actuales».

Además del estilo literario, se le une la audacia de ejercer el periodismo en unas tierras donde por desgracia se atenta contra la libertad de expresión y donde la vida de los reporteros no siempre está a salvo, según los informes de Reporteros Sin Fronteras. Esta concepción del periodismo narrativo y ensayístico también como trabajo intelectual y ético lo ilustra, entre muchas otras, la crónica Una tribu aislada emerge de la selva. Se describen las cuitas del viaje «por la escarpada ladera este de los Andes, zigzagueando entre el bosque de niebla y hasta las húmedas y selváticas tierras bajas», y una vez que se da con estos poblados de culturas primigenias, «un puñado de cabañas de madera ruda y bodegas en la zona alta del río Madre de Dios», se procura desentrañar el corazón de toda una cultura ancestral en riesgo de extinción. Y plantea Anderson un dilema: qué ocurriría si los habitantes de estos pueblos aislados quieren ir a la ciudad, ¿en qué emplearán sus días allí?, ¿se convertirán en mendigos?, ¿será la extinción de su cultura?

Preguntas que buscan respuestas en la maraña compleja de las versiones, la oposición de voces, todos los argumentos posibles en todas las partes posibles de un conflicto, de un sufrimiento, de una reivindicación. Cómo y por qué se forja un guerrillero; cómo y por qué un conductor de autobús llega a convertirse en presidente de una nación; cómo y por qué una bolsa repleta de dinero puede llegar a pesar tanto como para que alguien decida desprenderse de ella arrojándola al río; cómo y por qué Pablo Escobar o el Che Guevara siguen atrayendo a nuevas generaciones, seducidos por la luminaria de los ideales o por la narcocultura, el rescoldo del plomo y el gansterismo latinoamericano. Cómo y por qué. Narración y duda. Duda y verdad.

En numerosas ocasiones, Anderson es testigo de escenas inquietantes. No obstante, la misión del periodista implica estar ahí; por ejemplo, en el interior de la Torre de David de Caracas, a pesar de que el taxista, conocedor de que ese lugar se había convertido «en epicentro criminal de la ciudad», le dijera con preocupación: «¿No irá usted a entrar ahí, o sí?», como se relata en la crónica El señor de la miseria. Otras veces, consignar la muy cruenta realidad puede devenir en un acto humanitario, pues no solo se cuentan los datos del caos, como en el texto sobre la devastación del terremoto de Haití, sino que Anderson halla en esos paseos «entre cadáveres frescos» los rebordes menos ruidosos de la caridad y la bonhomía de una «buena samaritana», expresión que da título a la crónica, y que revela que en medio del caos y la desolación sigue latente a pesar de todo algún corazón entregado que destella al que sufre.

A lo largo de estas 41 piezas periodísticas también se suceden párrafos más destensados: una conversación tranquila frente al mar con el escritor Leonardo Padura, sentados en unos escalones, una tarde vacía, de un calor extremo en la cubana Cojimar; o un paseo por las calles, por los testimonios, y por la historia reciente del narcotráfico en una Colombia que ha firmado la paz; o esa escena sin precedentes del presidente Obama departiendo sobre las virtudes del capitalismo, una tarde de primavera en un salón de actos en la Bahía de La Habana, relatada en la crónica Una nueva Cuba, de más de treinta páginas. Y, siempre sometido al acontecimiento periodístico, hay renglones para la opinión y para los recuerdos, como las bellas y melancólicas páginas dedicadas al escritor Gabriel García Márquez, fallecido en 2014.

No cabe duda de que a lo largo de Los años de la espiral gravita la más sincera de las verdades sobre el paso del tiempo: el retrato de gente que se fue y gente que llegó. Leyendas vivas que fallecen en esta década, como Fidel Castro, «mito encarnado»; Hugo Chávez o Manuel Noriega; otros clásicos de la política latinoamericana del siglo XX, como Lula da Silva o Evo Morales, que todavía sin morir se han retirado de otra manera durante la última década. Y otros que arriban, como Trump o Bolsonaro, Guaidó o Maduro, continuando o cambiando el rumbo de las naciones y la espiral de la historia.

Y es que una de las misiones que cumple el trabajo periodístico de Anderson consiste en asir y apresar esta historia in statu nascendi, «que se desarrolla ante nuestros propios ojos, la que podemos observar y en cuya evolución podemos participar», como escribe Ryszard Kapuscinski en El mundo de hoy. Autorretrato de un reportero. Y a estas alturas, con tanta memoria atesorada, rico en experiencias, después de haber pisado tierras en guerra y desiertos, junglas y palacios, Jon Lee Anderson bien podría hacer ya suyas las palabras que el famoso reportero Tintín le confío al periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte en aquella entrevista ficticia de 1983 en el diario Pueblo: «Yo he vivido. Y lo he hecho haciendo lo que la mayoría de los hombres sueñan a escondidas poder hacer algún día: vivir hermosas aventuras en países lejanos, tener amigos fieles, acumular magníficos recuerdos…».

 

El periodista Jon Lee Anderson

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