Amado Líder

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Me pregunto cuántos de los veintidós millones de norcoreanos habrán celebrado la muerte del Amado Líder. Cuando murió Franco, que era otro amado líder, hubo que celebrar el óbito bastante en secreto, por si acaso. Hubo quien cumplía años ese día y tuvo que explicar a los urbanos (así se llamaban entonces los policías locales) el por qué del alboroto doméstico. Arias Navarro lloró en público, y lloraron millones de españoles. Pero otros muchos suspiraron de alivio, o brindaron, o fueron momentáneamente dichosos. En 1975 ya no eran obligatorias las muestras de adhesión inquebrantable al Caudillo, como lo fueron en la década de los cuarenta. El Caudillo murió legándonos un testamento extravagante, compendio de sus obsesiones: comunistas y judeo-masones seguían siendo para él los grandes enemigos de España. Se diría que Franco murió de lo mismo que King Jong-il, es decir, de un gran esfuerzo mental y físico para mantener vivo un anacronismo, el Régimen. A diferencia del Amado Líder norcoreano, Franco supo adaptarlo a los tiempos que corrían al modo hilemórfico: cambiaban los accidentes, pero no la sustancia.

  

¿Quiénes se atreverán a iniciar en Corea del Norte algo así como una transición a la normalidad? ¿Cuántos disidentes habrá en el país? Lo clandestino, en Corra del Norte, es casi un imposible metafísico: el Régimen determina no sólo el modo de vida de sus víctimas, sino incluso el código gestual de su población. Si toca mostrar alegría, hay que exhibirla ostensiblemente. Si toca mostrar indignación, u odio al enemigo imperialista, o determinación, o tristeza, toda la población debe adaptar sus gestos al emoticón oficial. Viendo el video completo —sin subtítulos ni traducción en off— del anuncio de la muerte del Amado Líder, uno se pregunta si la primera víctima de la represión post-óbito no será la pobre traductora al lenguaje de signos que aparece en la esquina inferior derecha del encuadre. La locutora salmodia su necrológica con ridícula prosodia shakespeariana, sollozante y compungida. La traductora, en cambio, nos descompone el gesto. Mira a la cámara como si tradujera cualquier noticia, y no la Noticia. La locutora recita pomposamente enormes imbecilidades: «Nuestro gran líder Kim Jong-il falleció el sábado 17 a las 8.30 de la mañana mientras viajaba en tren para realizar sus funciones de liderazgo» o «Todos los miembros del Partido, el Ejército y el público deben seguir fielmente el liderazgo del camarada Kim Jong-un». La traductora las traduce sin descomponer el gesto. ¿Habrá sido aleccionada o, más bien, habrá preferido, como Bartleby, desistir? Es muy posible que la única disidencia posible en la Corea del Norte actual sea el desistimiento, la indiferencia calculadísima.

 

El Amado Líder nunco lo supo, pero su figura y su Régimen han contribuido enormemente a la causa de la Democracia. De hecho, sólo imaginando cómo viven en la actualidad los norcoreanos, se experimenta un dulce arrebato amoroso hacia los principios democráticos. Se olvida de repente la prosa gris de la democracia y se recuerda su poética. Imaginando cómo debe vivirse bajo un régimen grotesco y miserable, se aprecian mucho más los infinitos placeres de la libertad. La democracia es una mojiganga ocasional, pero no una farsa perenne. Es imperfecta, pero perfectible. Es compleja, pero no inextricable. El Amado Líder, en Occidente, quizá tuviera éxito como monologuista, o como performer.

 

King Jong-il ha muerto consumido física y mentalmente. Es verosímil. Agota extraordinariamente, en efecto, mantener vivo un régimen imposible, una broma macabra. Agota la barbarie institucionalizada, el crimen de Estado convertido en hábito, la manía persecutoria en grado superlativo. El Amado Líder ha muerto agotado de sí mismo.