Amigos al pie de la letra

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Ante todo, Miguel Delibes y Francisco Umbral fueron amigos interesados en cultivar su amistad. Y las cartas fertilizaron ese terreno. «Estas confesiones no se las hago nunca a nadie», revela Umbral (1932-2007). «Ni de novio mantuve una correspondencia tan activa», admite Delibes (1920-2010). Una relación epistolar entre dos personalidades distintas que duró más de cuarenta años y que Ediciones Destino publica bajo el título La amistad de dos gigantes. Correspondencia (1960-2007).

Obra compilada por Luciano López y Araceli Godino, con prólogo de Santos Sanz Villanueva, a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas los dos escritores se cartean hablando sobre todo de aquello que fragua su amistad: el periodismo y la literatura. Al principio lo hacen desde un cordial compañerismo entre el Delibes que dirigía El Norte de Castilla y el joven corresponsal en Madrid que era Umbral. «Querido director». «Querido amigo». Con el discurrir de los años, las líneas se encuentran cada vez más abrigadas por el aprecio creciente, el calor humano, el deseo de visitarse y charlar, o el interés mutuo por sus familias y sus libros que publican o tienen entre manos. «Querido Miguel». «Mi muy querido Paco».

Llegan a confidencias íntimas, preocupaciones hondas que dicen no expresar ni con sus propias esposas. Ejemplos son el temor recurrente de Umbral a caminar a ciegas, a que su talento se desperdicie, a que su deseo de triunfar parezca quedar en agua de borrajas («me siento como la que está buena y no se casa»); o el anhelo de una vida más reposada que ensueña Delibes en oposición a la vorágine de viajes, conferencias, relaciones sociales, puestos de responsabilidad que caracterizan su día a día como escritor («Mi ideal: un lugar en una oficina, junto a un radiador y con una luz de fleje sobre mi nuca. Y, mejor aún, un kiosko con un braserito de picón de encina, mientras la nieve cae afuera y unos niños se acercan a por un tebeo»).

La correspondencia fue intensa en las décadas de los sesenta y setenta. En los ochenta y noventa el carteo se apaciguó y se hizo más intermitente. En todo caso, Umbral llega a escribirle a Delibes con cierta sorna que se había convertido en «el ligue más largo» de su vida. En tan dilatado espacio de tiempo no resulta extraño que entre ellos se diese también algún «jaleíllo» que otro. En una entrevista para un periódico, Umbral hizo unas declaraciones en torno al autor de Cinco horas con Mario que no dejaron indiferente al vallisoletano. «En verdad tu juicio no me hizo bailar sobre una pata, pero hiciste bien en decirlo si así lo piensas», le comenta Delibes. Desesperado, Umbral se vuelca en la respuesta para enmendar el conflicto y explicarse hasta con cierto dramatismo: «no puedo soportar la idea de haber socavado la única amistad verdadera que quizá hay en mi vida». Pero Delibes le resta importancia y realza la solidez y el valor de su relación, «muy por encima de dimes y diretes». Un bache necesario que lejos de debilitar, reforzaba la amistad.

Este tipo de edición resulta rara avis en las letras españolas precisamente por el contrapunto que supone si se compara con el encono en las acostumbradas riñas y rivalidades entre escritores del mismo país y época, más habituales que la fraternidad. También la lectura de estas misivas supone asistir desde dentro a la evolución de dos de las carreras literarias más relevantes de la segunda mitad del siglo XX y a la vez de estilos muy dispares. «¿Qué inventas ahora? ¿Hay nueva novela?», pregunta Umbral. «Cada día escribes mejor, hermano», le aplaude Delibes. Los dos autores van dando a luz sus obras entre quehaceres periodísticos, conferencias provincianas, jornadas en el extranjero, preocupaciones económicas, achaques y enfermedades coincidentes («Tu carta vino de cama a cama. Yo también he pinchado»). Enjuician sus libros, se elogian, discrepan. Reina siempre la admiración. Comentan el trasfondo y las intrahistorias de la vida literaria y periodística del momento, con especial atención al mundo editorial. Se anuncian en exclusiva sus proyectos literarios. Se felicitan si ganan algún premio. Y a veces reflexionan sobre qué les deparará el futuro.

A finales de los años sesenta, Umbral todavía no sabe si dedicarse al ensayo o a la novela, y en ocasiones Delibes experimenta una agotadora sensación de que ya lo ha dicho todo en literatura. Pero si el lector de estas cartas conoce la exitosa desembocadura de ambos literatos contará con un ventajoso alivio y se le restará importancia a estas dudas, a estos vértigos y desconfianzas propias de quien, por un lado, está forjando al escritor; y de quien, por otro, no termina de creer que es un «clásico vivo».

Y quien conozca no solo la obra de estos «dos gigantes», sino además sus biografías, sabrá que al aproximarse a la fecha de 1974 Umbral y Delibes sufrirán mucho en el terreno personal con la pérdida de seres muy queridos. Ese verano fallece el hijo de Umbral con seis años. Pocos meses después, la mujer de Delibes, Ángeles. Duele leer frases de un Umbral entusiasmado con la paternidad poco antes de la tragedia: «Mi hijo pregunta por el señor de la boina». «Mi hijo está en el mar y ha aprendido a decir “barco”». O leer una carta de Ángeles a Umbral, preocupada por el niño, que ya estaba enfermo: «¿Cómo va el precioso Pincho? Muy a menudo pienso en España y en ti, y me entran ganas de telefonearos. Os queremos».

En junio de 1975 Miguel Delibes recibe en casa un ejemplar de Mortal y rosa, la obra cumbre de su amigo Umbral sobre la enfermedad y muerte del hijo, y le escribe inmediatamente para hacer acuso de recibo: «Querido Paco: gracias por tu nuevo libro (…) me han bastado unos minutos para intuir que se trata de “tu libro”; quiero decir, tu más hermoso libro. Así lo deseo». Traspasado por una pena ya incurable, Umbral le responde a su viejo maestro que Mortal y rosa «no tendrá mucha fortuna (…) Siempre se ocupan [los críticos] mucho más de mis libros escandalosos, periodísticos, oportunos y ocasionales que de estos otros libros entrañables y verdaderos». Quién le iba a decir por aquel entonces al desconsolado Umbral que mucho tiempo después, el día de su muerte el 28 de agosto de 2007, sonarían en la radio de madrugada fragmentos resucitados y recitados de aquel libro entrañable, verdadero, inolvidable. Único, imperecedero y muy valorado en las letras españolas.

Casi veinte años después de la muerte de Ángeles, Delibes homenajea a su mujer en la novela Señora de rojo sobre fondo gris. Umbral no tarda en reseñarla en El Mundo con el título El realismo roto, en su famosa columna Los placeres y los días. Delibes se lo agradece por carta: «Ignoro si he hecho bien o mal esbozando en unos folios esta historia, pero algo me empujaba a ello, tal vez la propia desgarradura o una perentoria necesidad de exorcizarme. En cualquier caso, tú me tranquilizas cuando generosamente afirmas que también a vosotros os debía este libro».

Comienza el siglo XXI. Solo dos cartas más. En 2003 Delibes se dirige a la mujer de Umbral preocupándose por el estado de salud de su amigo. La siguiente será ya de pésame. Desde los años noventa, esa progresiva disminución epistolar entre ambos puede que refleje (quién sabe) el propio desaparecer de una forma de comunicarse que ya no pervive en la sociedad. Umbral y Delibes a lo largo de sus vidas dejaron patente en ellas su «sólida amistad». Pero en sus postrimerías también hilvanaban los últimos vestigios de un género que los dos amigos cultivaron hasta su extinción.

 

 

 

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