Amigos neyorquinos

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¿Qué es un amigo? A riesgo de sonar cursi intentaré decir que es aquella persona con la que podrías pasarte toda la vida conversando. O a la que podrías llamar de acá a veinte años solo para contarle un chiste, un episodio amable o (esto sólo a los grandes amigos) aquello que te entristece. Amigos de siempre y amigos de paso por Nueva York ¿pueden ser lo mismo? 

 

Amigos

 

¿Qué es un amigo? A riesgo de sonar cursi intentaré decir que es aquella persona con la que podrías pasarte toda la vida conversando. O a la que podrías llamar de acá a veinte años solo para contarle un chiste, un episodio amable o (esto sólo a los grandes amigos) aquello que te entristece.


En el caso de personas que han vivido la mayor parte de su vida en una sola ciudad, la amistad se forja semana a semana, cada día de trabajo, cada fiesta del viernes por la noche, cada resaca del domingo por la mañana. Tus amigos te han visto en las buenas y en las peores: feliz y en estado espantoso.

 

En el caso de los inmigrantes, como muchos de quienes hemos llegado a Nueva York, la amistad es, citando a los gringos: un poco tricky. ¿Cómo llamar amigo al hombre o a la mujer que se tropezó contigo en una clase de literatura, en una ciudad que los dos apenas conocen, en un universo llamado la edad madura en que los recuerdos trascendentales, los de la infancia, ya ocupan un lugar privilegiado y, en el que tú y él o ella tal vez estén más preocupados en asuntos familiares y laborales que en forjar amistades memorables?

 

Porque si bien tus pies están parados en la Quinta Avenida con la 42, tu mente sigue en un rincón familiar en Lima y los recuerdos que te agobian e incluso las fotos que te tomas complacido para el Facebook con los leones de la Public Library están dirigidos a ese grupo de individuos con los que creciste: ese hermano con el que orinaste en la misma cama de bebé, esa hermana que te encontró masturbándote en el baño, esos patas del barrio que te levantaron del vómito de tus desilusiones amorosas, te metieron a la ducha y te arroparon en la cama; ese tío que te enseñó a fumar, ese tipo del barrio con quien te tomaste tu primera botella de cerveza, esos caballeros y damas con los que recorriste cantinas oscuras, con los que gritaste a voz en cuello en conciertos memorables o a los que abrazaste en el dolor de la pérdida familiar o en la alegría de la boda. Tus amigos para siempre son aquellos. Así que estos que hoy encuentras en Nueva York durante tu segunda vida de inmigrante ¿son el mismo tipo de amigos?


No sé si el mejor término es «afortunado», si es una nota de mi carácter (que a veces mis parientes norteamericanos no comprenden muy bien) o si algo estoy haciendo mal. No lo sé. Sin embargo, la verdad es que yo conozco a mucha gente a la que me convence llamar amigos. El término no me parece exagerado cuando lo aplico a aquellas personas con las que me tropecé por primera vez en el Bronx, en Queens, en Manhattan, en Westchester o en New Jersey, y que de algún modo se convirtieron en un capítulo de mi vida. Sé que mañana podría levantar el teléfono o encender la pantalla y mandarles un abrazo o un beso con el mismo cariño con el que abrazo a «los horribles»: esos resinosos compañeros de facultad en Lima que me vieron sudar de más en presentaciones públicas, dormirme parado, caminar en estado calamitoso, y como protagonista de tantos otros papelones que uno comete sin problemas cuando está bien acompañado. Esos colegas de farra que se dormían, roncaban y a veces vomitaban en una camioneta apretados a mi lado son mis amigos. Y mis amigos del colegio: esos que saludo cada vez que se me antoja y para quienes lucho por encontrar tiempo cuando aparecen por Nueva York. Mis amigos también son aquellos paisanos que conozco desde la infancia y que llegaron a estas tierras, como yo, en busca de algo que no podían encontrar en el Perú. Con ellos suspiramos juntos en parrilladas de fin de semana, pensando en los tiempos sin panza, en las costumbres de un territorio del que poco a poco, sin querer queriendo, nos alejamos más.

 

Mis amigos neoyorquinos, a quienes extraño con un énfasis especial en Navidad y en fines de semestre-como ahora- porque significa que yo o ellos nos vamos lejos, volvemos a nuestros hogares de la infancia o simplemente estaremos orientando el tiempo a nuestras familias y viejas amistades, son personas que conectaron conmigo de un modo especial, que me dedicaron un gesto o un tiempo valioso y a quienes recuerdo con cariño cuando vuelvo la mirada en el tiempo. 

 

No todos venimos a Nueva York a hacer amigos. Es común encontrarnos con personas que tienen otros planes, cuyas prioridades no pasan por convencerte de que puedes contar con ellos o que, por el contrario: se dedican con sus actitudes a dejarte muy claro que aquí la amistad no tiene sentido, que a este país se viene a triunfar. A mí por otro lado me atrae la idea de estar rodeado de personas a los que puedo llamar amigos. Sé muy bien que no podré contar con ellos siempre y sin embargo creo estar seguro de que aquel tiempo invertido en conocerlos y en estar cerca de ellos me hará feliz. 


 Y claro, of course, ya sé que lo que acabo de decir sonó muy cursi. Lamento haber decantado (otra vez) hacia ese camino. Así que acá termino, dándoles otra vez las gracias por haber llegado hasta el final, amigos míos.


Graduate Center, CUNY, New York