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AcordeónAmo a Rusia. Crónicas desde un país perdido

Amo a Rusia. Crónicas desde un país perdido

El borrado de la memoria 

El 1 de septiembre es una fiesta que siempre me ha encantado. Es el primer día de colegio. Los niños llegan vestidos con sus mejores galas y se unen a la fila en el patio mientras sus padres los miran desde fuera. Los escolares llevan flores para los maestros. El más alto del último curso lleva en brazos a la niña más pequeña de primero y es ella quien hace sonar la campana del colegio, la primera campanada del nuevo curso escolar.

El 1 de septiembre de 2004 se produjo el peor atentado terrorista de la historia de Rusia. Fue en una escuela en Beslán, una pequeña ciudad de la república de Osetia del Norte. Los terroristas encerraron dentro del gimnasio, cargado de explosivos, a 1.128 personas entre padres, estudiantes y personal docente. El primer día ejecutaron a veintitrés hombres. Dejaron de dar agua a los rehenes y los obligaron a beber su propia orina. Al tercer día, se produjeron dos explosiones. Las fuerzas del Servicio Federal de Seguridad, el FSB, dispararon contra el colegio con lanzagranadas y lanzallamas, usaron tanques. En el asedio murieron 334 personas, de ellas 186 eran niños.

En cuanto se supo que los terroristas habían tomado el colegio, Anna Politkóvskaya voló a Beslán. Había adquirido mucha experiencia trabajando en Chechenia y quería participar en las negociaciones. En el vuelo, se quedó inconsciente: la habían envenenado. El piloto realizó un aterrizaje de emergencia y Politkóvskaya salvó la vida. Mi otra colega, Elena Milashina, voló de inmediato. Las autoridades mentían, alegaban que había 354 rehenes. Milashina fue la primera que informó de que en realidad eran más de mil las personas secuestradas.

El Novaya Gazeta abrió una corresponsalía en Beslán. Durante años, nuestros periodistas se turnaron para trabajar en la ciudad. Gracias a nuestro trabajo se ha ido conociendo poco a poco lo que ocurrió realmente. La noche del 3 al 4 de septiembre, antes de que los investigadores empezaran a trabajar, sacaron cadáveres del edificio y llevaron a un vertedero restos de cuerpos, ropa y fragmentos de metralla. Los análisis químicos no pudieron determinar el origen de las explosiones que desencadenaron el asalto. Yuri Saveliev, especialista en desactivación de explosivos y miembro de la comisión parlamentaria que investigó el caso, después de analizar los daños del edificio, concluyó que las explosiones habían sido causadas por granadas termobáricas y de fragmentación lanzadas contra el gimnasio desde el exterior. Más tarde se encontraron proyectiles de lanzagranadas en los tejados de los edificios cercanos, donde estaban apostados los francotiradores del FSB.

El sumario de la causa penal de Beslán sigue bajo secreto, no se puede consultar. Mis colegas pudieron acceder a algunos documentos, los relacionados con el juicio contra el único terrorista superviviente. Entrevistaron a todos los supervivientes. Se hizo evidente que el propósito del asedio no fue rescatar a los rehenes, sino matar a los terroristas.

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos lo confirmó posteriormente.

Aún no sabemos quién dio la orden de asaltar el colegio, pero es poco probable que no fuera el propio Putin.

Recuerdo los días del secuestro. Un asalto en ningún momento fue una opción para nadie en su sano juicio, la solución era negociar para salvar la vida de los niños. Sin embargo, no hubo ninguna negociación. Putin afirmó que Rusia no negocia con los terroristas, los extermina. Recuerdo las imágenes del asalto, las cadenas de televisión occidentales lo retransmitieron en directo. Recuerdo cómo los niños corrían hacia el fuego cruzado y caían derribados. Recuerdo todo eso y no voy a olvidarlo. El asalto al colegio mostró el verdadero rostro de la Rusia de Putin: para destruir al enemigo, sacrificar a niños no supone un precio demasiado alto.

La verdad estaba delante de nuestros ojos, ocupaba todo el campo visual. Pero el Gobierno no quería que lo recordáramos.

Los medios de comunicación estatales convirtieron en héroes a los miembros de las fuerzas especiales del FSB que habían asaltado el colegio, porque entre ellos también hubo bajas. La calle del colegio pasó a llamarse Héroes de las Fuerzas de Emergencia. La versión oficial de la verdad quedó grabada en el mapa político de la nación. Los rusos hablan de Beslán como de una tragedia de la que los únicos responsables fueron los terroristas muertos. Un día se dejó de hablar de lo ocurrido. La gente se olvidó de Beslán.

El Novaya Gazeta fue el único medio que siguió escribiendo sobre aquellos hechos. Lo considerábamos un punto de inflexión en la historia del país. Sabíamos que el olvido y la indiferencia tienen un precio. Uno de nuestros corresponsales viajaba a Beslán todos los años para informar sobre una ciudad que seguía con vida después de una experiencia colectiva tan atroz y para mantener viva la memoria de esos tres días de septiembre. En el duodécimo aniversario del atentado y del asalto al colegio, me tocó a mí cubrir la noticia.

Recorrí Beslán y hablé con muchas personas. La ciudad yacía como un cadáver y el calor de agosto invadía sus calles. Mientras, yo escribía sobre los sueños de los rehenes y de los familiares de las víctimas. Sueños que van mucho más allá que los sueños ordinarios, llenan el vacío de un mundo inexistente. Escribí el artículo y lo envié a la redacción. Mi trabajo había terminado.

Sin embargo, la gente de Beslán quería saber si estaría allí los tres primeros días de septiembre. Los familiares de las personas que murieron se reúnen cada año en el lugar donde estuvo el colegio y en las ruinas del gimnasio, y toda la ciudad los acompaña. Lo que en realidad me estaban preguntando era: “¿Te quedarás a compartir nuestro dolor o solo has venido a trabajar?”.

Pedí permiso a mi editor para quedarme unos días. Me lo concedió.

El 1 de septiembre fui al colegio. El gimnasio estaba lleno, centenares de fotografías infantiles descoloridas colgaban de las paredes; los adultos intentaban llegar hasta la foto de los suyos. El suelo estaba cubierto de claveles rojos y sobre un poyete de la pared había velas encendidas frente a las fotografías. La gente traía juguetes y botellas de agua para que las almas saciasen la sed con que se fueron. En las esquinas del gimnasio, las cámaras de televisión esperaban a las autoridades de la delegación oficial que pasa por allí a depositar sus flores. Entretanto, varios efectivos de seguridad, hombres musculosos y pulcros, vestidos de paisano, con sus camisas abotonadas hasta el cuello, caminaban por el gimnasio.

De repente, percibí que la multitud se movía. Los de seguridad se apresuraron a rodear a cinco mujeres. Las vi por encima de sus hombros. Conocía a la mayoría, había hablado con casi todas. Se abrieron los abrigos y dejaron al descubierto sus camisetas blancas, en las que se leía: “Putin es el carnicero de Beslán”.

Los policías las obligaron a retroceder de inmediato hacia la pared. Ninguna alzó la voz. Las cámaras empezaron a barrer la sala. El presidente de la república de Osetia del Norte y su séquito entraron en el recinto. Las cámaras evitaron grabar a las mujeres de blanco. No pueden salir en la televisión.

Quiero ponerles nombre a estas mujeres.

Emilia Bzarova. El día de la tragedia, sus dos hijos, su marido y su suegra estaban dentro del colegio. Aslan, su hijo de nueve años, fue asesinado.

Zhanna Tsirijova. Ella y sus dos hijas fueron rehenes. Perdió a Elizaveta, de ocho años. Fue asesinada.

Svetlana Margiyeva. Fue una de las rehenes junto a su hija. La pequeña Elvira murió en sus brazos.

Ella Kesayeva. Hirieron a su hija Zarina, pero sobrevivió.

Emma Tagayeva, hermana de Ella Kesayeva. Mataron a su marido, Ruslan, y a sus dos hijos: Alan, de dieciséis años, y Aslan, de trece.

Uno de los policías le dijo a Emma en voz baja:

—Sois una vergüenza para nuestro país.
Y otro:
—Sois un saco de mierda.

Un grupo de agentes cada vez mayor rodeó a las mujeres y trataron de echarlas del gimnasio. Ella Kesayeva gritó:

—¿Creéis que nos dais miedo? Ya nos lo habéis quitado todo, no podéis hacernos nada peor.

Otros padres de niños asesinados se unieron a las cinco mujeres. Zhanna Tsirijova dijo que vio con sus propios ojos cómo algo parecido a un proyectil entraba volando en el gimnasio. “Uno de esos mató a mi hija”. Los agentes no querían detenerlas delante de todos.

Así que las detuvieron y las golpearon fuera, cuando salieron del edificio. A Svetlana Margiyeva le dieron un golpe tan fuerte en la espalda que vomitó. Además de a las cinco mujeres que llevaban puestas las camisetas, también detuvieron a Zemfira Tsirijova por impedir que un policía se llevara a su hermana a rastras. Zemfira y sus dos hijos también habían sido rehenes. Al menor, Ashan, lo mató una granada de asalto propulsada por un cohete. Murió en brazos de su madre. Tenía ocho años.

A mí me detuvieron cuando intentaba filmar la detención de las mujeres, al igual que a mi colega Diana Jachatryan, que se negó a dejar de grabar.

A nosotras nos liberaron y a ellas las llevaron a juicio. Las acusaron de manifestarse sin autorización previa y de desobediencia a la autoridad. Las mujeres pidieron que se les conmutase la multa por trabajos a la comunidad; ninguna tenía dinero suficiente para pagar al Estado la sanción que les impusieran. Svetlana Margiyeva deseaba que la enviaran a trabajar al cementerio donde enterró a su hija de doce años, Elvira. Emma Tagayeva respondió tranquilamente al juez:

—No se me ocurrió que tuviera que pedir permiso para ir al colegio y expresar mis sentimientos. Mi familia entera murió allí. Ellos lo eran todo para mí.

Me senté en la sala donde celebraban el juicio y no podía creer lo que estaba ocurriendo: estaban juzgando a estas mujeres. Las declararon culpables. Esa noche, tras el juicio, quedaron en libertad y regresaron al colegio para estar con las fotografías de sus seres queridos y conversar con ellos.

Al día siguiente, volví a pasear por la ciudad, pero esta vez la sentí hostil. Los policías, los funcionarios y los agentes del FSB me salían al paso a cada momento. Me explicaban, con meticulosidad y vocalizando muy despacio, que tenía que adoptar una perspectiva más positiva, que las mujeres eran unas idiotas perdidas, unas provocadoras que avergonzaban a toda la república. Y, lo más importante de todo, que el único sentimiento lícito que estas mujeres podían mostrar era un duelo sosegado.

—¿Y si lo que sienten no es sosiego? –les pregunté.
—No pueden sentir otra cosa después de tantos años.
Hablé con muchas personas y todas me aconsejaron lo mismo: “Vete de aquí lo antes posible”.
Pero me quedé. Al día siguiente, mientras estaba en el colegio con las mujeres, se acercaron unos hombres vestidos de paisano, me arrancaron el teléfono y el cuaderno, y me condujeron por la fuerza a la calle. Un joven con una camiseta que ponía “Antite- rrorista” me roció con un tinte verde. Así es como marcan a los enemigos del Estado en Rusia. A mi colega Diana también le quitaron el teléfono.

Los policías fingieron no ver a las personas que nos atacaron. Grabaron nuestras declaraciones y dejaron que nos fuéramos. Nos dirigimos directamente al cementerio, donde celebraban una misa en recuerdo de las víctimas. No pudimos entrar, fuera nos atacó otro hombre, esta vez fue el padre de una niña a la que mataron en el colegio. No nos conocía, pero le habían dicho que habíamos insultado la memoria de los muertos y que éramos las responsables de organizar disturbios en el colegio, alguien le dijo que éramos nosotras.

Me dio un golpe fuerte en la sien que me provocó una lesión traumática grave, pero no lo supe hasta el día siguiente; cuando me desperté, no podía recordar ni quién era ni dónde estaba. El jefe de la redacción me llamó y me dijo que tenía que volver inmediatamente, porque en Beslán corríamos peligro. Regresé a Moscú.

Antes de subir al avión, unos policías nos devolvieron los teléfonos con todos los datos borrados.

—Sentimos que os llevéis tan mala impresión de nuestra ciudad –nos dijo el más joven de los policías–. Por favor, no os enfadéis demasiado. Seréis bienvenidas si nos visitáis en otra ocasión.

Nunca más he regresado a Beslán, pero no hay un solo día en que no me acuerde de esas mujeres: Emilia Bzarova, Zhanna Tsirijova, Zemfira Tsirijova, Svetlana Margiyeva, Ella Kesayeva y Emma Tagayeva. Mi país asesinó a sus hijos y a sus hijas y las condenó a ellas por negarse al olvido.

También recordaré siempre a los periodistas que las sacaron del plano para que sus rostros no aparecieran en el homenaje televisado. Ni quiero ni puedo olvidar sus caras de concentración, de mucha concentración, las caras de unas personas que solo cumplen con su trabajo.

Sueños de Beslán, 2 de septiembre de 2016 

Beslán es un agujero negro. Un desgarro en la musculatura del mundo.
Lo imposible ocurrió aquí y sigue ocurriendo.

El 1 de septiembre de 2004, el primer día del curso, 1.128 personas se presentaron en el colegio público Número 1.

Asesinaron de la forma más grosera a 334 personas. De ellas, 186 eran niños.
Hirieron a 783 personas.
Ese día nadie salió indemne.

Han transcurrido doce años. La herida sigue abierta.
La herida pudre la vida de la gente.
La vendan como pueden.
Los demás estamos ciegos. Derramamos unas lágrimas una vez al año. Seguimos con nuestras vidas y nos arriesgamos a perder la memoria. El Gobierno tiene otras opciones. Guardan Beslán como oro en paño. Invierten millones de rublos en programas y eventos que el Estado patrocina.
Sus habitantes marcan la suerte de la ciudad por sus fotos y sus sueños.
Los sueños redimensionan la realidad de Beslán. Salen en todas las conversaciones. Las historias salidas de los sueños tergiversan o magnifican la realidad, según quién las cuente. Cuentan historias de clases que se cancelaron por los sueños de los niños la víspera del 1 de septiembre.

Sin que yo se lo pidiera, las personas con quienes hablaba me los fueron contando.

Estos son sus sueños.

El colegio 

El gimnasio ya no existe.
Parece un anfiteatro. Como un museo en un país europeo. El colegio Número 1 está envuelto con un sudario dorado atravesado por unos pequeños pozos de luz.

Si das unos pasos atrás, los agujeritos se transforman en flores de cerezo.

Los arquitectos se inspiraron en la composición de una corona funeraria.

A ese manto dorado los vecinos lo llaman “el sarcófago”.

La plaza está llena de escombros rojizos y entre ellos ha crecido una hierba alta.

—¿Qué tenemos que hacer? Cambiamos el agua a las flores y retiramos los escombros. ¿Hay que hacer algo más?

—¿Limpiamos el polvo de las fotos?

Hoy hay un subbotnik en las escuelas de Beslán, una jornada “voluntaria” de trabajo comunitario. También en el colegio Número 1.

El alcalde, un hombre muy joven, está pintando la verja de azul oscuro.

Algunas mujeres barren el suelo del gimnasio mientras vierten agua. Sus hijos están por todas partes, en las fotografías colgadas en los muros. Una madre me coge de la mano y me lleva a conocer a su hija. “Ahora tendría tu edad”. Los niños muertos cumplen años como si estuvieran vivos.

El suelo del gimnasio está repleto de botellas de agua. Los niños nos miran desde las paredes. Las fotos, los dibujos y los carteles ocultan los agujeros de bala y los desconchones del yeso.

En las grietas del suelo crecen flores de plástico.

El resto del colegio también ha cambiado. Hace tres años demolieron el ala sur, que estaba al lado del gimnasio. Durante el asedio, los tanques atacaron esa zona.

—Solo quedó en pie una pequeña parte del primer piso. La gente venía y preguntaba: “¿Qué ha pasado?, ¿bombardearon aquí?”. Todo estaba lleno de sangre. Mataron a más de cien personas.

Reconstruyeron la pared de la cafetería, que estaba acribillada a balazos. Dijeron a las familias que las reparaciones serían superficiales. Prometieron que rellenarían las grietas y taparían los agujeros de los proyectiles. Cada marca en la pared era una vida cortada de cuajo. Pero, por supuesto, nada de eso ocurrió.

—Querían demoler el gimnasio. O convertirlo en una capilla. Juré que solo por encima de mi cadáver las excavadoras demolerían el gimnasio.

Rita Sidakova es muy delgada, el vestido le llega a los tobillos. La expresión de su rostro es amable y como de sorpresa. Perdió a su única hija, Alla. Tenía nueve años. En la fotografía, se ve a la niña junto a un árbol de Navidad.

Rita está ocupada y no puede hablar de ella en ese momento. Está barnizando los bancos. El barniz no se seca del todo. Hay que pulir bien la capa y después limpiar con mucho cuidado la brocha.

—¡Déjalos como están, Rita! –le grita Kazbek Dzarasov–. ¡Los necesitaremos el próximo curso!
—¡Traeré unos nuevos! No te preocupes, te los regalaré por tu cumpleaños.
Rita recoge la brocha en silencio.
—Así somos los seres humanos, ninguna otra criatura podría soportar tanto sufrimiento –dice Kazbek.
Hace mucho tiempo que se conocen. Sus hijos fueron juntos a preescolar y después estaban en la misma clase, en 4º A.
—Aquí donde estamos murieron tres niñas y tres niños –recuerda Rita. Suspira y recita sus nombres en voz alta–: Allochka Dudiyeva, Masha Urmanova, Alana Dogan, Asik Dzarasov, Sosik Bigonashvili y Georgi Judalov. Y la maestra: Roza Timofeevna.

—¡Sarmat! ¿Te has vuelto loco?
Sarmat tiene seis años y es el hijo de Kazbek. Ha arrancado un par de ladrillos de la entrada. Se ríe mientras se esconde detrás de su padre. Tiene la cabeza vendada, estaba haciendo el tonto y se cayó.

—Capullo malcriado –dice Kazbek.

Su hijo de nueve años murió en el gimnasio. A Zaur, el mayor, pudo sacarlo por la ventana; la babushka se salvó, pero Aslan, el más pequeño, no pudo salir.

—Tenía heridas de metralla en la espalda, en el cuello y en la cabeza. Estaba ya muerto. O casi –explica Kazbek mientras se vuelve a poner la gorra de camuflaje.

Habla rápido y no deja de sonreír. Camina y se tropieza con sus propios pies, da la impresión de que se caería si se detuviera.

—Le llamaron “número 299”. Los resultados de ADN confirmaron que era Aslan.
Kazbek tuvo dos hijos más después de que muriera Aslan. Sarmat, “el capullo malcriado”, y Artur, de seis meses, que los espera en casa.

Rita enviudó hace dieciocho años. Lo único vivo que le queda es el colegio.

—Lena, la gente viene aquí también por la noche. Vienen de todos los lugares del mundo, de toda Rusia. Familias enteras con niños, con bebés. Pasan por aquí de camino a la costa o a Krasnodar. No te puedes imaginar la cantidad de personas que vienen.

Algunas mujeres se asoman desde el gimnasio.
—Rita, ya nos vamos. Dejamos los trapos bajo la caja fuerte.

—Tengo que hacer la comida, no tengo nada hecho para el niño.
—Vete a casa tú también.
Rita se queda. Arranca las malas hierbas que han crecido junto a los muros, recoge las hojas caídas y empieza a barrer el patio. Kazbek la interrumpe, la convence de que no lo haga, llama a los otros padres y les hace prometer que cumplirán sus turnos de trabajo voluntario.

—Creo que ha llegado el momento de que el Señor se manifieste. Como cuando la Virgen María concibió a Jesucristo, tendría que revelarse aquí mismo. ¿No, Kazbek? ¿Por qué no? –se lamenta Rita.

—Al menos tenemos los pupitres –dice Kazbek–. Están guardados en un lugar seguro. La idea era recrear un aula exactamente como estaba antes.

—No podemos rehacer todo el colegio, pero sí podremos con una de las aulas –responde la mujer.

Este texto corresponde al libro del mismo título que, con traducción de Mildred Nicotera, ha publicado Capitán Swing.

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