Amor a la intemperie

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Para que luego digan que se esfumó el romanticismo. De todos modos, no es grave. Te enamoras a golpe de cadera y luego ya te desenamoras poco a poco. Y no hay trucos, ni formulas, ni ecuaciones de tercer grado; si prefieres resistirte al golpe e ir con cuidado puedes recurrir al detalle, claro, observa detenidamente las manos, por ejemplo. 

 

“Sexo en la luna”

Norman Mailer

 

 

Alguna vez me enamoré (como tú también, supongo) en un vagón por ver a la chica de enfrente removerse con delicadeza en su asiento y cruzar las piernas. Por lo demás, el metro en verano no tiene ningún encanto. Pero el desliz no se debe al subterráneo, ni al calor, ni mucho menos al vestido que se agita cuando levanta una rodilla por encima de la otra como echándole la culpa al viento. Lo que ocurre es que hay momentos en los que nada te alarma ni te excita, pasas de largo como si el mundo no acabara, y hay otros en los que un simple soplo de aire hace que te estremezcas y tengas que correr a casa, hacer la maleta, y largarte lo más lejos que puedas. Sí, a tomar por culo, por romántico. Porque te descuidas un momento y te enamoras; echando dos monedas al parquímetro, comiendo una porción de pizza en un local que nunca cierra, tendido cabeceando sobre un banco, entrando en un burdel de carretera… Y entonces se dan dos opciones: que ella ni te mire y sigas solo, o que haya correspondencia en ese amor inesperado y tengáis que poneros a buscar el lugar menos pensado y consumarlo.

 

Vengo de pasar una semana con amigos en un festival en la playa de Burriana, durmiendo malamente sobre esterillas en un camping y despertando cada mañana bajo un sol abrasador, mezclado con resaca, que obligaba a refugiarse de inmediato bajo el grifo de la ducha (de agua helada). Un centenar de chorros derramándose en hileras que a partir de las 11 de la mañana (habiéndonos acostado a las 9) daban cobijo a miles de personas, chicos y chicas, que intentaban torturados recuperar a golpe de agua fría su consciencia. Lo lógico sería pensar que en tales condiciones de lucha por aferrarse a la vida no hay hueco para fijarse en nada, pero recuerdo ir avanzando desde mi tienda de campaña por un camino de arena y perder el control (uno de esos momentos, como en el metro), sentir tambalearse mi interior con el cruce de cualquier vecina (al segundo día hasta a las chicas acampadas a seis kilómetros les guiñábamos el ojo al saludo de: ¡Vecina!) como si fuese el amor de mi vida, y apenas la conocía. Un paso, y otro, y me cruzaba con una morena bajita de ojos grandes y alegre contoneo enfundada en un biquini verde y de verdad que la quería; me daba un vuelco el corazón, mis ojos se cruzaban con los suyos apenas un instante y cada uno seguía su camino, y yo tenía que resignarme a guardar en el bolsillo de la toalla lo que sentía, porque en seguida, otra vez, salía de una de las duchas una rubia delgada y de trasero gordo que dejaba lo mejor a su sonrisa, y ala, enamorado perdido. Joder…, menudo suplicio. Imagina así seis días. Y claro, yo me sentía el único hasta notar que a algunos de mis amigos (les temblaba el pie derecho) también les pasaba. Y entonces los últimos días, al ir a las duchas juntos, al volver al amanecer de fiesta o de dar vueltas rodando por la arena de la playa, al ir a comer algo, al estar tirados a la intemperie bajo una lona enorme entre restos de comida y calzoncillos, alguna chica morena, blanca y con pecas, rubia y de pechos grandes, pelirroja y de manos pequeñas, pasaba de largo a nuestro lado y cuando nos queríamos dar cuenta estábamos todos dados la vuelta gritando desde el suelo:

 

-¡Te quiero vecina!

 

La última mañana conocimos mi hermano y yo a dos chicas encantadoras y a los cinco minutos estábamos  en el mar avanzando hacia las rocas por parejas, mezclando roce y cariño y las manos bajo el agua y tal, y al volver al camping murmurábamos sobre si nos habrían dicho sus nombres y aun así (porque no hace falta el nombre) volvíamos prácticamente enamorados. Y lo de prácticamente lo digo porque no sería ni medio día, y tampoco son horas de ir por ahí  prendados hasta las cejas. Así, sin tan siquiera haber comido.

 

Para que luego digan que se esfumó el romanticismo. De todos modos, no es grave. Te enamoras a golpe de cadera y luego ya te desenamoras poco a poco. Y no hay trucos, ni formulas, ni ecuaciones de tercer grado; si prefieres resistirte al golpe e ir con cuidado puedes recurrir al detalle, claro, observa detenidamente las manos, por ejemplo. Sí, yo pasé también por esa etapa. No podía evitar mirar las manos de una chica desde el final del cúbito y el radio hasta la última falange antes de juzgarla. Te quiero, no te quiero, te quiero, no te quiero, pensaba. Pero la cosa termina por complicarse cuando hay conflicto entre lo genial que es ella y lo penoso de sus manos…, al final decides que es mejor quitarse. Así debería ser, atenerte a lo menos posible; y si resulta que de imprevisto tiene novio, echa la vista a un lado y haz caso a Thomas Moore:

 

-Vamos, vamos- dijo el padre de Tom-, a tu edad ya no tienes excusa para hacer el libertino. Es hora, hijo, de pensar en tomar esposa.

 

-Eso digo yo, padre. ¿La esposa de quién?

 

La cosa del camping es que no hay medias tintas. Por un lado, ni rímel, ni tacones, ni coloretes, y por el otro, la ligereza de ropa es como un bofetón en la frente, porque, aunque no quieras, vas caminando y terminas por fijarte. Decía Kingsley Amis que “la parte más atractiva de una mujer desnuda es la cara”. No lo niego, pero el resto del cuerpo descubierto…, yo qué sé, así no se concentra nadie. Y claro, cualquiera se vuelve de lo más sensible, y por supuesto precavido. Cada mañana al volver de juerga encontrábamos algún calcetín de un amigo (se iban acumulando) tirado entre las tiendas, incluso más allá, casi fuera del recinto, y le decíamos si no pensaba recogerlo, a lo que respondía:

 

-Tranquilos, dejarlo ahí, por si acaso. Nunca se sabe cuándo podré necesitarlo.

 

 No está de más ser cauteloso. Y él, desde luego que lo era. Antes de meternos cada uno en nuestra tienda dispuestos a dormir un rato con el sol saliendo, él se tumbaba por encima, sin siquiera abrirla, aplastando el cubretecho y entrando en el primer sueño en una postura que quien lo viera pensaría que ahí ha habido un accidente. Se negaba a despertarse sudoroso metido dentro de su tienda. Y es que, en el interior, cuando te quieres dar cuenta estás al borde de la asfixia. Uno que acabó la primera noche con una muchacha haciendo el amor en su tienda, no solo perdió seis kilos, también se lesionó el brazo y advertía desde entonces que una tienda de campaña no es un lugar habilitado para ninguna actividad física. Quien recurriese a la masturbación, o no se quejó, o desde luego salió indemne. Pero al final lo de acampar…, cada uno tira de sus propios trucos de supervivencia (a veces admirables), y llega un momento en que alguno ni usa los baños del camping ni nada, al volver de fiesta con la vejiga a reventar echa mano de una botella vacía y la llena. Uno llenó tantas que al final ya ni él lo celebraba ni los demás nos sorprendíamos; las iba colocando con cuidado alrededor de su tienda, supongo que por cariño o en forma de protección como si tratase de espantar a los mosquitos.

 

Una noche nos encontramos a un amigo bailando con una chica que por sus movimientos parecía bastante apasionada. Nos miramos extrañados porque apenas hacía un rato que habíamos salido del camping, y nos contaron sus amigas que, al probar una copa, se vuelve de lo más romántica. A la mañana siguiente nuestro amigo tenía arena de playa de la cabeza al culo y asentía. Ella, era morena, bajita y medio coja. Fue amor a primera vista, decía.

 

Pero bueno, al final lo de dónde consumar el amor es lo de menos, da igual la playa, que la tienda de campaña, que el coche, que la puerta de una iglesia…, lo que está claro es que a estas alturas es mejor que no se quede nada a medias, por si acaso. Y a lo de enamorarse no hay que darle demasiadas vueltas, porque llega un punto en que no controlas. No depende de ti. Es lo que toca; que si te cruzas con una muchacha y te sonríe, o vas en el metro una tarde de verano y la chica de enfrente cambia de orden sus piernas, ¿pues qué vas a hacer?, tú te enamoras.  

 

 

 

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.