Amor en septiembre

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No es porque se haya tomado un par de gintonics. Tampoco porque lleve un tocado absurdamente ridículo o porque le apriete un vestido que ya no le cabe. No. Es solo que no le gustan las bodas. Y mucho menos las bodas en septiembre.

 

 

 

 

No es porque se haya tomado un par de gintonics. Tampoco porque lleve un tocado absurdamente ridículo o porque le apriete un vestido que ya no le cabe. No. Es solo que no le gustan las bodas. Y mucho menos las bodas en septiembre.

 

Porque admitamos que septiembre es un mes raro. De transición. Ni chicha ni limoná. Aún queda un poco de verano en el sol del mediodía, pero empieza a soplar una brisa agradable al atardecer. Una brisa que mece las hojas que han ido cayendo sobre esas calles que pronto se vestirán de marrón. De amarillo.

 

Septiembre es el mes de la realidad.

 

A la chica –sospecho que a todos–, le cuesta volver a la realidad. Ahí sola, en la barra, las horquillas clavándosele en la cabeza, las uñas a medio pintar, piensa en que hace poco leyó que a Lena Dunham tampoco le gustan las bodas, pero no tiene su teléfono para llamarla y comentárselo. Para quejarse con ella.

 

En las bodas hay puros y pacharán. Hay ramos que se lanzan al aire. Niños que se duermen, cansados de las tonterías de los adultos, en sillas improvisadas. La gente baila. La chica de la barra observa a la gente bailar. Una mujer se cae al suelo pero se levanta, tambaleándose pero riendo. Suenan canciones de boda. La primera tanda para los mayores. Hay boleros, sevillanas. Suena también ‘Abba’ en esta mezcla heterogénea –por no decir hortera– solo apta para bodas. Acto seguido es el turno de ‘Loquillo y los trogloditas’:

 

Uh, uh nena, voy a ser una rock and roll star.


Hace años, en el patio del colegio, la chica pensaba en lazos enormes, encajes y vestidos de cola, en las lágrimas de la madre, la felicidad del padre. En ese anillo resplandeciente, en el sí quiero que daba la bienvenida a la república independiente de la madurez. La casa de Ikea, el alquiler. Just married bitches.


Piensa en todo esto cuando de repente, a su lado, en la barra también, una mujer le dice a otra:

 

Estoy cansada de los hombres.

 

Ambas ríen. La chica, aunque no le gusten las bodas ni septiembre, también se ríe. Es el comentario más acertado que ha escuchado a lo largo del día.

 

Tú que eres joven no te cases nunca, que hay muchos peces en el mar –le aconseja a la chica la otra mujer.

 

Brindan juntas y ellas se marchan rápido para seguir bailando ahora al ritmo de Enrique Iglesias. Pese a que probablemente las separen más de veinte años, la chica no se ve tan diferente de aquellas dos mujeres embutidas en vestidos de unas cuantas tallas menos y con el carmín un poco exagerado.

 

Más tarde, el Dj, en un arranque de romanticismo, pone una lenta, Enrique Urquijo y Los problemas y Aunque tú no lo sepas. Las mujeres que no aguantaban a los hombres han salido corriendo a buscar a sus maridos y se arriman a ellos haciendo carantoñas.

 

Todos somos iguales, se dice la chica. A veces ella tampoco aguanta a los hombres,  y tampoco las bodas o septiembre. Y quiere coger el teléfono para enviar algún que otro whatsApp romántico en estos tiempos del amor 2.0. Pero luego se acuerda de que acaba de pensar que no soporta a los hombres y que ya no cree en el amor. Se imagina a un amigo suyo diciéndole que es una Drama queen. Se ríe. De ella misma, de las mujeres que bailan con sus maridos bien arrimadas pese a que no aguanten a los hombres.

 

Más tarde, metida en la cama, tapada porque ya es septiembre, coge un libro maravilloso de la mesilla: Tantos días felices. Que habla de personas que se casan. De personas que no pueden dejar de creen en el amor. Uno de esos libros irremediablemente bonitos.

 

Suspira. Le viene a la cabeza un poema de Karmelo C. Iribarren: “El amor, ese viejo neón al que aún se le encienden las letras.” Es cierto que a veces las luces parpadean. Pero siempre vuelven a encenderse.  Así es el amor. Aunque sea septiembre.