Añagaza de infames

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Mohamed Bouazizi, tunecino al que debemos tener siempre in mente, vivía en su ciudad y se cansó de las exacciones de los agentes del orden que menoscaban su dignidad y libertad, y sin nadie que lo escuchara en ningún sitio, se roció con pintura y se prendió fuego para ir con sus dolores y desolación a la otra vida. Eso fue en enero de 2011. Pero aquel fuego que elevara su alma prendió en la vida de los testigos de aquella vida de acosos continuos y la protesta se hizo nacional. El resultado final fue la infame estampida de los que durante años se creían los señores únicos de aquel país. Hasta en los últimos momentos, dieron muestra de la podredumbre de su vida.

 

El boca a boca permitió que las naciones vecinas conocieran la noticia y permitió que otros dictadores infames que habían secuestrado el poder y la vida de millones de africanos pusieran sus pies en polvorosa. Pero antes abrieron a todos los jinetes del apocalipsis para que echaran la peste sobre su población, ratas o agentes inmundos de conspiraciones occidentales, según todos aquellos infames tiranos. Este fue el caso de Libia, donde tras 40 años de férreo absolutismo, el coronel que se enseñoreaba sobre la vida de todos sus paisanos conoció el hierro que implantó durante sus años gloriosos. Su caída significaba que en toda África el cetro de vitalicio de facto pasaba a las manos del autoproclamado general Obiang Nguema. Este pasaba a ser el dictador más longevo de todo el continente.

 

Pero ocurría que para que aquello tuviese lugar sin que el mundo justo se escandalizara, había una escandalosa versión de dinero que iba a parar a las cuentas de ciertos grupos mediáticos de los Estados Unidos, en cantidades que eran superiores a las que el Estado guineano destina anualmente a la educación y a la sanidad públicas. Este mismo hecho es un escándalo. Y ante la posibilidad de que a este se sumara el de que pasaba a ser el dirigente más infame de toda África, estos grupos de presión, dirigidos por canallas que desprecian a los negros sin son pobres, le cantaron a los oídos lo que tenía que hacer. Que olvidando que era lo que ya se sabe, resucitara una antigua pretensión, hábilmente aparcada por los encargados de decidir sobre ella, y reclamara la inmortalización de su nombre con la institución onusina del Premio Obiang Nguema Mbasogo para las Ciencias de la Vida.

 

Los que le acaramelaban los oídos, espoleados por aquella lluvia de millones, sabían que había muchísimas probabilidades de que no aceptaran aquella descabellada pretensión. Pero si aquello ocurría, el general se presentaría como una víctima de la intolerancia internacional, y se daría un respiro, porque mientras duraran las pataletas teatrales con que se doliera de aquella marginación, se diluiría por unos meses el hecho de que había heredado el cetro de Gadafi en el ranking de los dictadores. Pasaría de verdugo, a víctima. Y muchos se felicitarían creyéndose victoriosos. Pero la victoria sería para Obiang. Pequeña, pero una victoria.

 

Pero nosotros no hemos caído en la trampa urdida por estos infames. Ya hemos dicho, en voz bajita, que ya no vamos a escribir a nadie para que no premie al dictador de Guinea Ecuatorial. Y es que ya consideramos ofensivo que tuviéramos que rogar a la diplomacia mundial que no humillara a los guineanos con la institución de este premio. Y como se ve, hasta nos duele citar por sus siglas a las instituciones implicadas. Pero ya que se han puesto, se lo vamos a decir:

 

Irina Bukova y el equipo de los que se sentarán a la mesa para decidir lo que sea:

 

Al margen de lo que queráis hacer con el poder que la ONU os ha dado,  os tenemos que recordar que miles de guineanos hay en el mundo que pasan penalidades porque no pueden vivir en su país por haber condenado las atrocidades cometidas por el régimen del general Teodoro Obiang. De ellos hay cientos que viven en España, sin trabajo, sin pensión alguna, malviviendo de la caridad. Muchos de ellos están relacionados con mujeres que arriesgan su vida ejerciendo la ramería. Estas son noticias públicas que su organización, por la cuenta que le trae sobre la VIDA de los guineanos, debe saber. Por todo lo que antecede, podemos decir que estos refugiados están de enhorabuena, porque, por fin, han encontrado a un brazo potente que los pueda ayudar para alcanzar sus justos propósitos. Y es que, Irina Bukova y equipo, si estos refugiados y exiliados tienen brazos tan cortos que no pueden hacerles llegar sus propósitos, ahora creemos que por la molestia que os habéis tomado en estudiar las propuestas de Obiang Nguema, os pondréis en contacto con estos refugiados guineanos, quienes ya llevan muchos años con una carpeta que contiene, entre otras metas:

 

–La vuelta de todos los refugiados en condiciones de seguridad.

–La amnistía y la liberación de todos los presos políticos.

–La formación de un gobierno de transición.

–La instauración de la democracia.

–El juicio a los autores de delitos contra la comunidad.

–La organización de elecciones libres.

 

Creemos que son objetivos justos y realizables que su organización debería someter a discusión, porque redundaría positivamente en la ciencia y en la vida de los ciudadanos de Guinea Ecuatorial, pues muchos de estos refugiados, egresados de varias universidades, podrían poner un poco que orden en el caos educativo nacional.

 

Ya que se impone la ironía, les tenemos que recordar que tuvieran en cuenta el tiempo invertido por cientos de personas de todo el mundo que se han preocupado porque no se aumente más dolor en la vida de los guineanos, un tiempo que podrían dedicar a cosas más productivas. La ironía impuesta, que se convierte en dolorosa paradoja, es la que nos hace recordar que los dirigentes africanos que en su conciliábulo de la Unión Africana decidieron respaldar la institución de un premio que honrara al decano de ellos, lloran ahora, con Obiang a la cabeza, por la ayuda del organismo de la ONU que más injerencias en los asuntos africanos suele cometer, siendo ellos tan remisos a las intromisiones occidentales en sus asuntos. ¿No tiene acaso la Unión Africana la potestad para instituir un Premio Obiang Nguema en Ciencias de la Vida que supiera galardonar a los que destacaran en la lucha por la ciencia y la vida en todo el mundo? ¿Qué le falta a la Unión Africana para, en un ejercicio de la reivindicación de lo propio, dar este paso valioso? Al hacer un intento por responder, nos encontramos con la evidencia de que millones de africanos se morían de hambre, o sea, perdían la VIDA, y todos los dirigentes africanos no dijeron de ello ninguna palabra en su cumbre celebrada precisamente bajo los auspicios de Obiang Nguema. Además, ya es público el poco entusiasmo de la UA en la cuestión del hambre que padecen los africanos.

 

Ya hemos terminado, y sí, que hagan lo quieran con sus responsabilidades al frente de estas organizaciones internacionales. Y ya que nos hacen dudar de su inocencia, permítanos decir que sabemos que las reivindicaciones sociales que últimamente han tenido lugar en todo el mundo han sacudido los cimientos de la estabilidad de la vieja, rica y reaccionaria aristocracia mundial. Es la misma aristocracia a la que pertenecen los que le acaramelan los oídos al general-presidente de Guinea con promesas de estabilidad infinita. Sabemos que la institución de este premio será un golpe de efecto para este colectivo en estos tiempos de turbulencias que podrían menoscaban su poder. La institución de este premio, por fin, encuadraría a esta agencia de la ONU en el grupo reaccionario que le corresponde.

 

Barcelona, 28 de setiembre de 2011

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.

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