Anatomía de la gloria

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La Universidad Complutense de Madrid le ha retirado recientemente el doctorado Honoris/Dineris Causa que el rector Villapalos ―de dantesca memoria― le concedió al banquero Mario Conde en aquellos días que este consideró como Días de gloria, pues así tituló el relato autobiográfico de sus años de el hombre que pudo reinar en la Corte del Rey Juan Carlos I.

 

 

La Universidad Complutense de Madrid le ha retirado recientemente el doctorado Honoris/Dineris Causa que el rector Villapalos ―de dantesca memoria― le concedió al banquero Mario Conde en aquellos días que este consideró como Días de gloria, pues así tituló el relato autobiográfico de sus años de el hombre que pudo reinar en la Corte del Rey Juan Carlos I. Resulta conmovedor pensar en la elevada consideración de sí mismo que posee Mario Conde, propia de una letra de sevillanas, a las que al parecer es tan aficionado: “pasa la vida, pasa la gloria”. No sé cuál es el modelo que inspiró al Edmundo Dantés de la democracia; si el veterotestamentario: a Moisés Yahweh le dijo que ningún hombre podía contemplar su gloria (de Yahweh) y sobrevivir (Éxodo 33:19); o el napoleónico (confieso que es mi favorito): “la gloria es el sol de los muertos”. Del culto al emperador tomo el título de este artículo: Anatomía de la gloria, el mejor estudio que conozco sobre la Guardia Imperial.

 

En las lenguas indoeuropeas las palabras de la gloria tenían que ver con “alabanza”. Aunque la etimología del latín gloria no se conoce exactamente, Meillet en su Dictionnaire etymologique de la langue latine señala como posible origen un hipotético *gnoria, relacionado con gnarus, “conocido”, i-gnorare e i-gnarus. Gloria fue la palabra elegida por San Jerónimo y otros traductores del Nuevo Testamento para traducir doxa, “opinión”, “juicio” y por extensión “honor”, “buena reputación” e incluso “brillo”, como “la gloria de Dios” en la escena de la Natividad (Evangelio de Lucas 2: 8-10). Doxa a su vez fue la palabra griega utilizada en la Septuaginta para traducir el hebreo kabhodh (raíz k-b-d, “peso”), “pesado”. Pesadas eran “la mano de Dios” y el pecado de Sodoma y Gomorra. La misma palabra también servía para denotar “importancia”, “honor” y “majestad”. Y qué mayor honor o gloria que la luz del rostro del Señor: “estar en la gloria”. “Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, y a todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro”, como se dice en la segunda plegaria de la Eucaristía. En la teología católica los justos resucitarán tras el juicio final y sus cuerpos serán cuerpos gloriosos: “Descansa en Paz y levántate en la Gloria”.

 

Gloria es el equivalente del griego kléos, ―kles, que significa “oir”. Los nombres que se forman con ese radical, Cleopatra, Sófocles, Damocles, Pericles, Heracles/Hércules, Cleopatra, Clío, denotan “renombre” y “gloria”, pues la fama, el renombre, la reputación, es lo que se dice de uno y por tanto lo que los demás oyen de uno. Y el afán de los humanos por la gloria entre sus semejantes después de la muerte es un deseo inextinguible. Land of Hope and Glory, Mother of the free después del poema de Benson y la música de Elgar es el himno oficioso de Inglaterra. En una novela de Nancy Mitford un noble francés tenía en su mansión un pavillon de la gloire donde custodiaba los recuerdos de un antepasado repudiado por su familia por haber cometido el desliz imperdonable de ser mariscal de Napoleón. Allí reposaban en secreto sables mellados de húsar, bastones de mariscal del Imperio, medallas, uniformes y partituras de las gloriosas marchas de la Guardia Imperial. “Qué gran novela mi vida”, dijo el corso inmortal. La gloria, el sol de los muertos. Anatomía de la Gloria.