Anatomía de un recuerdo

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Una tarde de agosto de 2012 el joven estudiante de medicina Sebas García Collados descansaba en la quietud de los estanques y fuentes del edificio antiguo de la Universidad de Barcelona, junto a los amigos del pueblo que habían llegado desde Murcia para visitarlo. Enseguida les propuso visitar un hospital. No porque se encontrara mal, sino porque quería enseñarles el que sería su hábitat después de la vacaciones. Y emprendieron calle Aribau arriba hasta Sant Pau.

Cuando llegaron al hospital y se adentraron en aquel paisaje artístico de arcos, columnas, fachadas de ladrillo de caravista, callejas, jardines, galerías subterráneas y pabellones modernistas, Sebas paseaba con la misma ilusión de quien visita la casa que habitará en poco tiempo: señalaba y hablaba de aquel edificio acristalado donde se realizó en 1984 el primer trasplante de corazón con éxito en España y contemplaba la majestuosidad de la escalinata en la entrada principal, orientada hacia la Sagrada Familia y desde donde llegaban los efluvios marinos del Mediterráneo.

Estaban por llegar los placeres y los días de la medicina, las noches sin dormir y el sobresalto y la adrenalina de las urgencias.

***

Después de todo un domingo de guardia, el doctor Sebas García Collados llega a casa con el pijama verde de hospital y unos vaqueros que no se pone mucho. Desde que se decretó el estado de alarma usa esa ropa solo para conducir desde su piso en la calle Licenciado Cascales hasta el Hospital Santa Lucía de Cartagena (Murcia), donde trabaja como residente en la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria. Son las nueve de la mañana del lunes 30 de marzo de 2020. Sebas se desviste con la sensación de tener el virus por todo el cuerpo y se da la segunda ducha del día.

La primera fue en los vestuarios del hospital poco antes. Allí se había desprendido al fin del traje EPI (Equipo de Protección Individual). Con sumo cuidado bajó la cremallera pechera y le dio la vuelta para tocarlo solo del revés. Saludó y dio el parte a los médicos que entraban ahora de guardia y se marchó a casa en su coche por unas calles con apenas tráfico a primera hora de la mañana del lunes.

—¿Piensas algo al acostarte después de toda una jornada intensiva de urgencias?

—Pensar… La verdad es que me siento afortunado viviendo esta situación en primera línea. Pienso en quienes lo están pasando peor por no poder salir ni a trabajar siquiera. Pensar… Estás en contacto directo con el sufrimiento. Ves cosas que a nadie le gustaría. Es complicado.

Sebas García Collados nació en 1992 en un pueblo de la comarca del Noroeste de la Región de Murcia llamado Bullas. Aunque siempre ha sido gran aficionado a la historia, al terminar la Educación Secundaria y bajo la influencia emocional de la serie de televisión Hospital Central ya tenía claro su futuro profesional. De modo que después del Bachillerato en Ciencias de la Salud marchó en 2010 a Barcelona con 18 años para empezar la carrera de Medicina en la Universidad Autónoma. Todos los días, de segundo a sexto, salía de su piso de estudiante en un primero de la calle Roselló y caminaba hasta la facultad en el Recinto Modernista de Sant Pau pasando por calle Cartagena.

—Viví un tiempo bonito en un hospital privilegiado. Siento que soy como soy ahora gracias a esa época, que me formó no solo en la medicina, sino en la vida.

***

A las ocho y media de la mañana del domingo 29 de marzo Sebas se bajó del coche en el parquin del Hospital Santa Lucía y llegó al vestuario de urgencias. Guardó su ropa de traslado en la taquilla y se puso el pijama hospitalario, la bata y cogió lo imprescindible: el fonendo y un boli. Preparado ya para veinticuatro horas de urgencias en un hospital que, según datos oficiales del Servicio de Epidemiología de Murcia, tenía ese día el máximo número de hospitalizados de la Región.

—¿Cómo ha cambiado tu vida acitividad?

—Ahora es más telemática que física. Por teléfono se hace todo. Llamo todos los días a los pacientes que son casos sospechosos y les paso un cuestionario. A muchos no se les hace la prueba, que sería lo idóneo, y directamente se les trata como enfermos de coronavirus.

Otro cambio ha sido la división de las urgencias en generales y en respiratorio (dedicada esta última a atender exclusivamente a pacientes que llegan con síntomas epidémicos del Covid-19).

—¿Cómo encuentras a la gente que llega a urgencias?

—Asustada y más preocupada de lo normal. Mi trabajo consiste en tranquilizar e individualizar a cada paciente según los síntomas.

Fue el caso de una mujer de 70 años. Llegó con dolor en la boca del estómago, mareos y malestar general.

—Lo primero que le pregunté fue si tenía tos o fiebre.

Le dijo que no. Pero se notaba que estaba mal. Sebas le tomó la temperatura. Tenía unas décimas: 37,4. Pidió una placa del tórax.

—Para descartar.

Pero vio neumonía en los dos pulmones. A la mujer la trasladaron de inmediato a las otras urgencias, las de respiratorio. Allí los pacientes están solos, sin familiares.

—Ese es el drama. Da mucha pena.

Acomodaron a la mujer en una cama, le hicieron pruebas. Estaba estable, pero tenía que pasar la noche allí. Cuando el marido de la mujer que caminaba junto a Sebas se alejaba de ella por el pasillo que une las dos urgencias se puso a llorar.

—Lo tranquilicé. Se marchaba a casa solo y no sabría cuándo volvería a ver a su mujer. Le dije que ella estaba en las mejores manos.

A las ocho y media de la tarde Sebas se colocó el EPI: entraba ya en las urgencias de respiratorio. Allí visitó varias veces a la mujer. Estaba bien. Y a partir de las cinco de la madrugada el ambiente se calmó un poco. Pero apenas pudo dormir. Como no había camas suficientes tuvo que echarse de las seis a las siete y media en una camilla de una consulta con las incomodidades propias de no poder quitarse las gafas de protección que marcan la cara con un ceño rosado, ni la mascarilla que aplasta y deja muy reseca la nariz, ni los guantes pegados con esparadrapo al traje que le envuelve como un astronauta y que le genera un calor insoportable.

***

La época de Barcelona y el Sant Pau también lo formaron en la historia, pues Sebas nunca perdió la inquietud por conocer los orígenes y las anécdotas del pasado sobre los lugares por donde se movía. Da la casualidad de que en la génesis de aquel hospital aparece de fondo la peste negra.

Según cuentan las crónicas, un barco de mercancías procedente de Génova que atracó en Barcelona un día de mayo de 1347 tenía en sus bodegas a la mayor parte de la tripulación, confinada y contagiada por la peste bubónica. Los seis hospitales de la ciudad no daban abasto y tuvieron que fundirse años después en un gran complejo hospitalario llamado Santa Creu. El hospital estaba situado en el barrio del Raval y a principios del siglo XX se trasladó a las afueras, entre huertas y masías, gracias a la donación de una cantidad importante de dinero por parte de un banquero llamado Pau Gil, que, a cambio, pidió que el nuevo recinto estuviera dedicado a San Pablo.

—La medicina empezaba a valorar los sitios fuera de los núcleos urbanos que venían bien para ciertas patologías. El aire puro, la naturaleza, los espacios abiertos.

Así concibió y diseñó esa pequeña ciudadela médica el arquitecto Lluís Domènech i Montaner a principios del siglo XX: entre otras cosas, para favorecer la cercanía saludable de la brisa del mar y orear el hospital San Pau.

—Y fíjate la vida. Yo estudiaba el MIR (Médico Interno Residente) en la Biblioteca Nacional de Catalunya.

Y es que allí, en el 56 de la calle del Hospital, en el barrio del Raval, era donde se encontraba la primera sede del Sant Pau, que aún no se llamaba así. Sebas pasaba horas y meses estudiando en un lugar histórico, sin poder imaginar siquiera que pocos años después una nueva peste haría que él mismo se enfrentara como médico a la propia historia.

***

Cae la tarde del lunes y en la conversación telefónica se cuelan los aplausos que provienen de la calle Licenciado Cascales de Cartagena.

—¿Qué te parece este gesto?

—Es bonito. Un reconocimiento que normalmente no se tiene.

Cuando cesan los aplausos y se hace de nuevo el silencio en el final de la tarde despejada de la ciudad portuaria, Sebas contempla desde su ventana la fachada color tierra del antiguo hospicio de la Casa del Niño. Y aunque no llegue a divisarlo, pocas calles más allá, se alzan las palmeras y el mar.

***

El día de agosto declinaba. Sebas y sus amigos dejaban atrás el Sant Pau y volvían al piso de la calle Roselló por la Avenida Gaudí después de una tarde de mucho caminar. Las luces en los escaparates, en los bares y en los portales de los edificios se encendían y en el cielo sobrevolaban las gaviotas en dirección al mar. Era verano, 2012. Y todo estaba por empezar.

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