Anécdotas de la tragicomedia ibérica: Repsol y los elefantes del Rey

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Mientras los comisarios europeos deciden cómo desmantelar en España el Estado de bienestar y la Merkel insiste con obcecación en sumir al paísen la recesión y en la pauperización de las clases medias, nuestro insigne presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, el mismo que da a Los Mercados más madera cada vez que así se lo requieren en Bruselas y en Berlín, protege con contundencia, dice, los intereses de España frente a la noticia crónicamente anunciada de Cristina Fernández de Kirchner de nacionalizar YPF y expropiarle a Repsol la filial que le proporciona la mitad de la producción de crudo y la tercera parte del beneficio bruto. ¿Los intereses de España? Y yo que me pensaba que Repsol es una empresa privada y multinacional que, como tantas otras, se lleva sus beneficios a paraísos fiscales para evadir al fisco de mi país, ese que financia la sanidad y la educación pública que ahora, nos dicen, es un lujo y una utopía. Ya quisiera yo que el mandatario de mi país defendiera un poquito más, para variar, el interés general de todos españoles y no los intereses particulares de los ejecutivos y banqueros españoles.

 

Mientras España sigue en el ojo del huracán y nos amenazan cada día con el rescate que necesitan los bancos para salvarse de los agujeros del ladrillo, y que terminaría de una vez por todas con nuestra soberanía nacional –no lo olvidemos: Grecia es nuestro espejo-, nuestro Jefe de Estado, el rey Juan Carlos I de Borbón, se paga viajecitos de 44.000 euros a Botswanapara cazar elefantes. Claro, como a él sólo le han recortado un 2% en los presupuestos de la Casa Real -frente al 15% de recorte en todos los ministerios y la práctica desaparición de la inversión pública que podría incentivar la economía-, se lo puede permitir. Sería cómico, si no fuese trágico, que nos enteremos de que el monarca se rompa la cadera cazando elefantes precisamente el día de la República, ese 14 de abril en que muchos españoles recordamos el sueño que nos robaron en 1936. Sería cómico, si no fuese trágico, que el rey sea presidente de honor de Adena WWF, una organización ecologista que alerta del riesgo de extinción de los elefantes por la caza furtiva y la pérdida de su hábitat. Pero es trágico.

 

Como no hay mal que por bien no venga, en España, por primera vez desde hace mucho, mucho tiempo, se habla cada vez más del advenimiento de la III República. Y es que la Casa Real, esa a la que las instituciones políticas y los medios de comunicación han protegido, asegurando su opacidad, los últimos 35 años, enlaza un traspiés tras otro desde que el yerno del rey, Iñaki Urdangarín, fue imputado por las corruptelas hiperbólicas del Caso Nóos. Nunca pensé que podría estar tan de acuerdo con un miembro del PSOE en algo que tuviera que ver con la monarquía, pero suscribo punto por punto las palabras del líder madrileño del partido, Tomás Gómez: “Ha llegado el momento de que el Jefe de Estado se plantee que tiene que elegir entre las obligaciones y las servidumbres de las responsabilidades de las responsabilidades públicas y una abdicación que le permita disfrutar de una vida diferente”. Que así sea. Que comparezca ante el pueblo español, al que tantos sacrificios suicidas se le están pidiendo en estos tiempos convulsos, y que nos explique por qué la Casa Real no puede compartir con el resto de los españoles ese esfuerzo de austeridad,  que nos cuente por qué en 2009 le recomendó a su yerno que se vaya a vivir a Washington, que nos hable de su relación con los Albertos y otros empresarios oscuros, y que abdique de una vez por todas.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.