Ángel Gutiérrez: Maestro de Teatro

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Ángel Gutiérrez es el  único superviviente de los grandes maestros que ha tenido el teatro madrileño en las fértiles décadas recientes para el arte dramático. William Layton, José Estruch y Adela Escartín, abandonaron a sus alumnos -hace más o menos- porque se les escapó el tiempo. Afortunadamente, Gutiérrez sigue representándolos a todos ellos con la generosa y rara nobleza de una estirpe en extinción: la de los verdaderos Maestros. A los ejemplares de esta soberbia especie se les admira tanto como se les teme. El profundo respeto que inspiran en sus discípulos, tiene que ver con la venerable distancia que ellos disponen entre su experiencia y los jóvenes, ansiosos de absorber toda su sabiduría y talento.

 

La primera vez que oí hablar de Ángel Gutiérrez –conocido como El Ruso–  fue en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, de la que entonces era alumno. Contaban que El Ruso daba sus clases con un bastón de mando en la mano. No sé cómo, al cabo del tiempo conseguí colarme en un ensayo del Ruso, en el teatrito que tenía la escuela, instalada entonces en la trasera del Teatro Real. En la oscuridad reverencial de aquel pequeño teatro, descubrí a Gutiérrez, increpando a sus actores con un vigor inusitado. El maduro y apasionado maestro dirigía a sus alumnos con el bastón en la mano, como deben hacerlo los mariscales con sus oficiales en pleno fragor de la batalla. Con aquel símbolo de autoridad empuñado, el profesor de interpretación transmitía una fuerza desbordante a su grupo de intérpretes. Ante el estímulo de su voz, respondían como soldados sus estudiantes.  

 

Tiempo después vi el resultado de aquellos estrictos ensayos de batalla, y descubrí sobre las tablas a la más delicada y frágil de las criaturas escénicas, que había nunca contemplado sobre las tablas de un teatro. Creo que se trataba de una frutal representación de El jardín de los cerezos, en la que los alumnos de Gutiérrez habían dejado de ser jóvenes estudiantes, para dejarse poseer por el espíritu de unos personajes, que gobernaban sus cuerpos, gestos y sentimientos. No había violencia o tensión alguna sobre el escenario, bien al contrario, se sentían pasar por la escena, los más delicados rumores del tiempo y la atmósfera que el teatro de Chéjov precisaba.

 

En aquel reverberante trabajo escénico, se percibía al mismo tiempo que una floración del arte, una destreza técnica y una consciencia plena de lo que se estaba representando, que conmovía al público con toda la potencia que puede desatar el buen teatro. Buena prueba de ello fueron los más de 20 minutos de aplausos ininterrumpidos que obtuvo aquella representación ejemplar. Los actores tenían que volver a salir a saludar, una y otra vez, reclamados por unos cientos de espectadores embriagados y drogados de teatro en estado puro. Nadie entre el respetable quería que concluyera aquel sentimiento de plenitud experimentado entre un auditorio y unos intérpretes de teatro. El mariscal Ángel Gutiérrez de aquellos ensayos, se había transformado en una mariposa transparente, que sobrevolaba todo el tiempo sobre el escenario.

 

A los pocos años, volví a constatar que sucedió lo mismo con la representación de Los bajos fondos de Gorki; (quizás el orden cronológico fuera inverso al relatado). La reconstrucción de la vida de unos personajes alejados en el espacio y en el tiempo, que vivían en cloacas inmundas como cuevas, nunca había generado más expectación entre un público entregado, ante la revelación de aquel misterio artístico. Las palabras y los conflictos por ellas desatados, animaban a un puñado de miserables supervivientes, en cuyas vidas escénicas parecía haberse colado el público de improviso.

 

Ángel Gutiérrez, El Ruso, ha demostrado en cada uno de sus montajes teatrales, que era posible llegar hasta tales cotas de perfección artística. Ha inculcado siempre en sus alumnos no sólo una disciplina y una técnica rigurosa, sino un sentido moral y una ambición artística proporcional. Cada uno podía llevar dentro de ellos, el resplandor protagonista del más alto intérprete. Carlos Iglesias, Maruchi León, José Luis Alcobendas, Yolanda Arestegui, Marta Belaustegui, Raúl Fernández, Dani Muriel , (entre otros muchos que olvido o desconozco), han sido pupilos de Ángel Gutiérrez: salieron de la Escuela de Arte Dramático preparados para interpretar protagonistas, gracias a la varita mágica del maestro ruso-asturiano.

 

El teatro de Cámara Chéjov -que dirige Ángel Gutiérrez- es la más reverente capilla que tiene el teatro en la capital de España. El público acude con fervor de creyente, a dejarse maravillar por los retablos vivientes que suele animar Ángel  Gutiérrez en cada uno de sus espectáculos. Allí se experimentan transfiguraciones artísticas que terminan trasladándose al respetable. Se sale más bueno de lo que se ha entrado, tras haber asistido a una inolvidable representación de teatro. En el Teatro de Cámara, la casa madrileña de Chéjov, (donde siempre hay flores frescas bajo su retrato), se vive el teatro como un rito. De ahí su poder catártico de transformación entre el público.

 

En Birmania y Tailandia se realizan representaciones de Teatro de Sombras en el interior de ciertos templos hinduistas. Antes de comenzar la ceremonia, todos los asistentes desfilan cantando por el jardín tras el brahmán sacerdotal, hasta penetrar en el recinto sagrado, donde les esperan impacientes las siluetas, tintineando ya sus sombras, a la luz siempre viva de las velas. Existe la creencia de que la representación surte efectos terapéuticos sobre los asistentes; se cree que pueden sanarse enfermedades, dolores, males y enajenaciones, sólo por haber asistido a contemplarla. Tal es el poder que se le otorga al teatro en tantas culturas no contaminadas de monoteísmo. En el teatro de Cámara Chéjov -todo un santuario- no sería de extrañar que viniera sucediendo lo mismo que en Birmania o en Tailandia, con el teatro.

 

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Hoy 17 de Marzo de 2011, (4 días antes de que entre la primavera, verdadera estación teatral del año), se le tributa un siempre merecido Homenaje a Ángel Gutiérrez en Madrid, con motivo del Año Dual España Rusia 2011, organizado por la Delegación del Principado de Asturias en Madrid y la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD).

 

Juan Antonio Vizcaíno