Año 2024

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Recibiendo el 2024 con la familia en EEUU. Foto del autor.

¿Saben qué? Me incomoda celebrar el principio del año. Sin embargo, lo hice.

Es más, lo acompañé con baile y fuegos artificiales, porque la familia peruana estaba metida en la fiesta. Y eso es lo que hay que hacer cuando nos da la medianoche. (Bailé Tiburón de Proyecto Uno, cosa que no hacía, creo yo, desde el siglo XX).

De todos modos, sigo con la sensación de estar haciendo algo malo. Por eso me ha costado tanto la idea de formalizar. Es decir, de hacer esto: escribir un texto en el que de algún modo se reconoce el final de un ciclo y el principio de otro.

Sospecho que tiene que ver con la muerte de dos familiares queridos a fines de 2023. Estar lejos del país significa también no estar presente, metido en esa aura de sufrimiento, esa energía que se teje entre los que guardan luto. Entre los que caminan al lado del ataúd, quienes entran con la cabeza baja a la iglesia o participan de los ritos de la cremación o el velorio.

La salud de mi padre también estuvo tambaleante, por una operación que se complicó, justo por la época en que las dos llamadas de larga distancia me avisaron de las muertes en la familia. No fue fácil.

Sospecho que mi familia de algún modo perdonó mi lejanía, pero que mi presencia y mis abrazos hubieran sido bien recibidos. Esos meses finales de 2023 se revistieron de una membrana de desesperanza que ensombrecieron mi ánimo, por lo general optimista. El adjetivo que mejor podría calificar los últimos días del año fue: resignado.

De vez en cuando me da por pensar en nuestra insignificancia en el universo. A fines de 2023 ese pensamiento fue pesado y constante.

Y sin embargo (y he aquí el optimista) cuando la muerte me ensombrecía, intentaba valorar el momento. Y pensaba: «imagínate si esto hubiera pasado durante la pandemia». Y me reconfortaba pensando en que la vida de los que se fueron fue una lista de instantes memorables. Que uno de ellos era sacerdote (ordenado por el Papa), estaba ciego y desde hace algún tiempo ya prefería la oscuridad total. Que el otro bailó mucho y que la muerte no le iba a poder quitar eso. Que su hija (mi prima) me contó que  lo había visto celebrar emocionado los goles y el campeonato de su equipo de fútbol. Vamos, que tuvo una vida intensa y se murió feliz.

Por otro lado, mi padre empezó a recuperarse. Los doctores autorizaron que volara a los Estados Unidos a encontrarse con sus hijos, con sus nietos. Verlo caminar a mi lado en la playa, tomarse una copa adicional de vino sin permiso de mi hermana, viéndolo cantar emocionado (Si vas para Chile) y abrazado de mi madre. Viéndonos juntos, en familia. Una vez más. Eso es lo que había que celebrar. Por eso bailé. (un poquito más duro, un poquito más duro).

Algunas noches, en la habitación de la casa de mi hermana en la Florida, me imaginaba que estábamos dentro de la casa de piedra de Silaca. Cuando se apagaba la luz de los lamparines, la Petromax, y nos íbamos a dormir. Recordaba esos catres pegados unos con otros del único cuarto principal de la casa de los abuelos. Todos juntos, tíos y primos, echados bajo la paja totora del techo. La familia entera dormida en la oscuridad, respirando la brisa del Pacífico. Esa que levantaban las olas que reventaban contra las peñas de la costa de Caravelí.

Por eso me abracé con todos a la medianoche del 31 de diciembre. Por eso llené mi vaso del sagrado sotol de Chihuahua que me ofrecieron los anfitriones. Me lo tomé seco y volteado: para celebrar nuestra supervivencia. También para que mis hijos sepan que la felicidad es poderosa. Nos sirve para alejarnos de la oscuridad del mundo.

Si la vida son momentos, momentos buenos hubo en el año 2023. Cientos.

Si la vida es recordar el legado de los muertos también hubo de eso. Brindo por ellos y por su recuerdo.

Y les deseo que el año 2024 sea un año cabrón.

Si bien no soy caribeño, entiendo que «cabrón» significa que sea un año de la putamadre. El término pertenece a mis primeros recuerdos en Nueva York. Ese 31 de diciembre de 2001 cuando después de trabajar hasta las 10 de la noche, tomé un tren desde los suburbios hacia Harlem.

Esa vez tuve que correr (entre las calles del Barrio mientras los traficantes de las esquinas me ofrecían perico y otras drogas) para llegar antes de la medianoche a un edificio viejo y lleno de música. Esa noche también bailé. Comí lechón y tamales y me abracé con los compañeros de la escuela de inglés que me habían invitado. Después, mientras los mayores seguían con la fiesta, nos sentamos a ver la ciudad de noche, desde una escalera de incendios.

El futuro parecía ser prometedor.