¡Antes analógico que asincrónico!

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El pasado 3 de junio el estudiante Nehuén Mingote Kisler declaraba en un blog: “Si hay algo que amo de Facebook es poder tener a mi disposición las fechas de cumpleaños de mis amigos: desde entonces, ese sentimiento de culpa por no haber saludado a alguien en su día es inexistente. Y esta sensación de realización llegó a su cúspide cuando descubrí que es posible sincronizar los eventos de Facebook con iCalendar». Lo lógico.

 

Efectivamente, todos sabemos que una de las grandes aportaciones de Facebook a la humanidad –si no la mayor– es permitir que casi 700 millones de personas puedan felicitarse los cumpleaños puntualmente. Sin embargo hoy me gustaría llamarles la atención sobre la segunda parte de la declaración de Nehuén, la que atañe a la sincronización como cúspide.

 

El estudiante tiene razón, y puede que hasta se quede corto en su fervor. En el mundo conectado, sincronizar es la llave de la felicidad. Nuestras múltiples identidades se componen de complejas geometrías de información: perfiles, configuraciones, amigos, direcciones, calendarios, documentos, preferencias, intereses, vicios, aficiones, fotos, comentarios, eventos. No les podemos permitir caprichos ni rebeldías que hagan peligrar nuestra integridad. Un motín de contactos negándose a ser compartidos, un enfrentamiento entre agendas o el rechazo de una playlist a ser reproducida en un reproductor enemigo pueden constituir sucesos letales para el homo dospuntocerus. No es difícil imaginar conflictos aún más delicados: rencillas entre avatares, envidias entre perfiles de uno mismo que no sólo se contradigan sino que se extorsionen, documentos prófugos, preferencias enfrentadas, eventos despechados que se boicotean a sí mismos… el horror, diría Kurtz.

 

Estar sincronizado es tener a las distintas versiones de uno mismo bien domesticadas y avenidas. Sincronizar el yo que vive en Facebook con el de Spotify, el que habita enTwitter con el de Linkedin. Los amigos que viven en Outlook con los de Gmail, el tablet con el netbook, el aiFon con el Palm, el iCloud con el Dropbox, el móvil con la tele, el kinect con la bici, mi agenda con la tuya, el ying con el yang, la velocidad con el tocino, tu hambre con mis ganas de comer…

 

¡Antes analógico que asincrónico!