Antonia y Agustín, los esposos que se fueron juntos

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(Móstoles, Madrid. María Antonia Jiménez, ama de casa y catequista, murió a los 75 años el 25 de marzo. Agustín García, tunelista del metro y mecánico, murió a los 84 años diez días después). Crecieron juntos en el mismo pueblo, se enamoraron juntos, criaron juntos a sus cinco hijos. Y cuando el coronavirus entró en casa, también se marcharon juntos.No es una forma de hablar. Es una forma de coincidir en todo. Hasta en la muerte. Hablamos de las dos y media de la madrugada del 25 de marzo. Justo el mismo día y justo a la misma hora en que María Antonia fallecía en el Hospital de Móstoles, ingresaba por la puerta de urgencias Agustín para hacerlo 10 días después. Quizás el único consuelo de esta sincrónica historia de amor sea lo que no supieron ambos de los últimos días. María Antonia Jiménez porque sufría alzhéimer. Agustín García porque, al esposo con ligera demencia senil que acababa de ser ingresado, se le omitió la muerte de la esposa. La muerte de una madre. Luego la de un padre. En tan sólo 10 días. Sin poder despedirles.

–¿Cómo se asimila esto?

–No lo asimilas –contesta su hijo Jesús–.

Yo personalmente no puedo encender la televisión. No duermes. No descansas. Te vienes abajo. Te agarras a tus críos… Es algo que no entiendes. Ha pasado, amanece, pero no acabas de entenderlo. Una historia puede empezar de cualquier modo y ésta lo hace en un pueblo manchego. Hacemos memoria por ellos, que la fueron perdiendo. Agustín y María Antonia se conocieron en Santa Cruz de la Zarza (Toledo). Él era hijo de agricultor y se quedó sin padre nada más casarse. Le encantaba salir a cazar con sus galgos e hizo la mili en Sidi Ifni. Ella era de carácter alegre. Religiosa de misa diaria. Acabaron en Madrid, donde tuvieron cinco hijos y siete nietos. María Antonia trabajaba llevando la casa y también hacía de catequista. Agustín lo hacía fuera doblando jornadas: de día, como repartidor en una tintorería. De noche, haciendo túneles en el metro de Madrid, donde terminó de mecánico de trenes. Se tuvo que prejubilar a los 62 años. Tenía las rodillas destrozadas. Vino un merecido tiempo de descanso residiendo en el medio rural o en la playa. La vida era ese regalo. Luego se fueron entrometiendo las enfermedades neurológicas degenerativas. Cuenta su hijo que primero debutó la demencia del padre. La memoria reciente fallaba, se desorientaba, asomaban otras pequeñas derrotas. Su madre cuidaba de él con esos mimos que sólo se tienen para los hijos. Y también cuenta que, cuando comenzó la patología de María Antonia, su madre lloraba porque no podía hablar, pero que al verles sonreía. “Imagina. Debido a su estado, tenían asistencia médica a domicilio. Pero desde principios de marzo decidimos aplazar ese servicio precisamente para que no se contagiaran. Mi hermana Charo, la mayor, se quedó con ellos. Pero los tres se contagiaron igual”. Hasta esa semana se sentían más o menos blindados, todo lo malo salía por televisión. Es 19 de marzo de 2020 y día del padre. Pero la que está a punto de ingresar en el Hospital de Móstoles es la madre. “Mamá empezó con un breve constipado. Creemos que se contagió en el centro de día al que iba. Luego vino la fiebre durante cuatro días. Trataban de bajársela, pero no había manera. Así que el 19 de marzo se la tuvo que llevar mi cuñado de urgencias al hospital. Lo malo es que ella, al tener alzhéimer, la pobre no sabía si le dolía el pie o la cabeza. Al principio, vieron que tenía neumonía, pero no coronavirus. Eso lo confirmaron después”. Los médicos enviaron información diaria y precisa. El último mensaje de WhatsApp es del 24 de marzo. Lee que su madre está “delicada” y “tranquila”. Cuando llegue el día 25, cuando lleguen las dos y media de la madrugada, María Antonia morirá –ya saben– y Agustín entrará por la puerta para cruzarse con la mujer de su vida, pero sin vida. Prosigue Jesús: “A las diez y media de aquella última noche, tuvimos que llamar a la ambulancia porque mi padre se encontraba muy mal. El pobre hombre seguía pensando que mi madre estaba en el hospital por un constipado. Nos pidieron consentimiento con un medicamento de prueba. Pero le costaba mucho respirar incluso con oxígeno. El 30 de marzo entró en estado crítico. Fue sedado con morfina. Recibió la extremaunción. Luchó como un jabato”. Y luego este vacío. Entre tener a tu madre y a tu padre con vida y no tenerlos, han pasado tan sólo 10 días. Al entierro sólo pudieron un par de hijos. La Guardia Civil vigilaba para que se cumpliera la norma. Fueron enterrados juntos en el cementerio de su pueblo. Ambos –una suerte– el día después de su fallecimiento. Hay una fotografía que a Jesús le gusta mucho porque su madre sonríe de un modo luminoso. Agustín y María Antonia agarran un vaso con agua donde hay una rosa amarilla y otra roja. Agustín y Antonia, los esposos que se fueron juntos El padre está serio. María Antonia sonríe con todo. Es de una celebración familiar en 2016. El alzhéimer casi ni se dejaba sentir. Hay gente que está deseando que se levante el confinamiento para ir a ver a su familia, para abrazar a un amigo, para cortarse el pelo, para tomarse una pinta en una terraza, para ir a ver al Atleti o, incluso, para coger flores. Jesús está deseando que se levante el confinamiento para hacer algo más jodido: ir a ponerlas. Pedro Simón. Gracias al diario El Mundo.

 

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