Antonio Gala: la infinita correspondencia

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Beneficiario y víctima de un carisma apabullante, es demasiado fácil olvidar que tal gracia no es sino el remate de los mimbres severos de un artista y un ciudadano consciente de la vida

 

Vivir compromete siempre; vivir a fondo, manchándose las manos y los ojos y la voluntad, compromete absolutamente, “hasta las últimas habitaciones de la sangre”. Para esa rara estirpe de los verdaderos artistas, aquellos que conciben su oficio como un veredicto, no una ocupación, como un destino y no una posibilidad, como devoción y no como excusa para desfilar en los escaparates de lo fatuo, tal cosa es una fatalidad: tal compromiso no es algo buscado ni deseado ni mucho menos autoimpuesto; se da con aire inevitable en su obra igual que el corte hace sangre, como comparecen a su hora el llanto o la risa. No porque tengan que comprometerse, no porque alguien lo haya decretado o toque agitar la banderita de este mes, sino porque el verdadero artista vive y crea absolutamente, y jamás puede quedar fuera de ese absoluto el centro mismo de su vida y el de todos los que la comparten con él, fatalmente, menesterosamente; para bien y para mal.

 

Antonio Gala perteneció siempre a esa escurridiza logia, y qué lamentable equívoco que en su caso los árboles no hayan dejado a muchos ver el bosque. Tiene uno para sí (y es sólo una sospecha personal) que en un entorno tan propicio al traje nuevo del emperador, a confundir lo serio con lo transcendental y lo profundo con lo solemne, un personaje de este calibre, criado, en fin, entre la calle y la catedral, entre Averroes y la conversación de vecinos al atardecer que es el Sur, perfectamente programado por lucidez y sangre a reírse de su propia sombra, no haya sido tomado lo suficientemente en serio por quienes han detentado siempre tal insondable poder, a pesar del esplendor de su fama, o quizás debido a ella: aquí, por lo visto, para que le tomen a uno en serio también tiene que parecerlo, como la mujer del César.

 

Beneficiario y víctima a un tiempo de un carisma apabullante (también, sí, de un carácter excesivo en ocasiones), es demasiado fácil olvidar que tal gracia, en el más antiguo, clásico sentido del término, no es sino el remate de los mimbres severos de un artista y un ciudadano plenamente consciente de la vida, y no éstos consecuencia de aquélla. Amarga ironía que, dudo, a él le quite el sueño a estas alturas. Pero al César lo que es del César: igual que no se hizo el hombre para el viernes, sino el viernes para el hombre, se hizo Gala para la vida, y no a la inversa (que ya le hubiera gustado a él, con esa sorna). Y en esa inmersión irrevocable hasta las últimas consecuencias de en lo que consiste vivir, ser un artista en medio de las plazas, de justicia es consignar, con más urgencia en los tiempos que corren, y nos corroen, la lección artística que este hombre dio en horas tan parecidas a éstas, pero que raramente recordamos bien; algunos, por la ancestral amnesia; muchos, sencillamente, porque ni siquiera habíamos nacido aún.          

 

Lo dijo su sparring Jesús Quintero en el más reciente monográfico que le dedicó Canal Sur, en la primavera de 2013: “No está sobrado el mundo de hombres tan valientes”. No era una observación gratuita. Todo acto de amor es un acto de valentía, de coraje. Y si toda creación debe llevar implícito también tal coraje, podemos cerrar el círculo que abrimos al comienzo para entender que el compromiso del artista Antonio Gala es también, inevitablemente, un ejercicio de amor, de concordia, de comunión con quienes esperaban su voz al otro lado, y sin los cuales su oficio no hubiera tenido sentido en absoluto.

 

Queremos decir que, al igual que pudo haber seguido tranquilamente la inercia de su vida, acatando el dictatum paterno y un brillante porvenir como abogado del Estado, y sin embargo lo dejó todo por la literatura (y me consta que no fue fácil, que nadie le regaló nada, que pagó un precio muy alto por ello), también pudo haberse quedado cómodamente apoltronado en el torreón de su éxito, mucho más escandaloso de lo concebible hoy día para un escritor en España. No lo hizo. Por amor (a su padre) se exprimió “hasta la última gota” en unos estudios de exigencia máxima; por amor (para con su propia ley, su veredicto) dijo basta y se jugó el todo o nada por su talento; por amor, también, por fidelidad a su pulsión humana, e incluso a este país del diablo, Antonio Gala siguió siendo Antonio Gala incluso cuando ya era Antonio Gala. Es decir, cuando nadie sabía cómo iba a acabar exactamente la película, a pesar de escuchar a diario el crujir de los sables. Cuando España era también, como ahora (tal vez nunca dejó de serlo), esta señora “sentadita, acojonadita, haciendo punto” mientras saltan sus hijos por la ventana, que en la mencionada entrevista él mismo definió, con asco y pena y rabia.

 

Hablaba Gala a Quintero (un Gala fingidamente cínico, dolorosamente póstumo, como si ya nada de esto pudiera ir con él) de lo que pasa, y era inevitable acordarse de lo que el mismo Gala escribió, en su momento, sobre lo que pasaba: concretamente en el diario El País, entre julio de 1979 y enero de 1983.  

 

 

Lo recogió la editorial Austral en una antología que, por azarosa fortuna, cayó en mis manos hace poco. Qué estremecedor leer ahora lo que Antonio Gala escribía entonces, imaginando lo que debía de ser leer aquello en esa época; imaginando a ese pueblo asustado y severo, resignado y valiente, escuchar  la voz fraternal que buscaba susurrar en la espina dorsal de lo común: “Tú nos conoces bien a los españoles, Troylo: somos esa gente no muy alta, con cierto aire siniestro, que echa a andar pisando fuerte sin tener casi nunca la menor idea de adónde se dirige”, comienza una de las charlas iniciales con el perro Troylo; su confidente, su cómplice. El atento animal con quien Gala conversó durante el primer año y medio de artículos (el último año y medio de Troylo), aunque fuera con los españoles con quienes conversaba, a la postre. Pudiera parecer esto un recurso como cualquier otro para mejor explicar y explicarse a sí mismo, el autor; pero sucede que la autenticidad que Gala pretendía, con esta suerte de epistolario a ciegas, reclamaba abolir o cuanto menos difuminar la ilusoria frontera entre lo íntimo y lo público, lo privado y lo compartido. Al hablar con Troylo, al conversar en voz alta consigo mismo como quien cavila a solas entre las cuatro paredes de su conciencia, Gala habla de tú a quien le escucha al otro lado precisamente porque los soliloquios a tientas que todos tenemos con nosotros mismos al despertar, al hacer el café, al mirar por la ventana mientras trabajamos, son también asunto, en el fondo, de todos los hombres –todos distintos, y todos doliéndonos y buscando aproximadamente las mismas cosas–; una sola voz estereofónica que no solemos oír por distracción, por egoísmo, por estar absortos en nuestro transcendental problema cotidiano, porque la vida está llamando siempre al timbre, terca, testaruda, a ver qué querrá ésta ahora. Sin darnos cuenta, las más de las veces, de que la vida, nuestra importantísima e insignificante vida, no sería nada sin los otros; y más: será mucho mejor en tanto en cuanto sea mejor la de los otros.

 

Ah, pero es que “ya son escasos quienes exhiben –y menos, los que escriben– los propios sentimientos; los hemos condenado, como parientes locos, a los más hondos sótanos”, advierte Gala, ya en esa época, a finales de los años 70. Es verdad. Sería verdad entonces –y mejor no hablar de ahora–. Ese sinuoso y creciente pudor por mostrar lo que uno siente fue imponiendo velos a la vida pública: reflejo, ya lo hemos dicho, de la vida privada de cada uno. Las consecuencias de eso ya estaban ahí; más triviales, si se quiere, aunque igual de nocivas, en lo referente a las artes: mortíferas para lo verdaderamente serio. Esa frivolización del sentimiento de cara al exterior, esa vergüenza para hablar desde el fondo del estómago con el que tienes al lado, porque los miedos, los sueños y los terremotos del alma de cada uno deben quedarse pudorosamente en casa; esa frivolidad para esconder en el trastero lo que a todos nos corroe; esa anestesia general para no mirar al dolor a la cara y no enfrentar la vida verdadera –que puede ser maravillosa pero también una implacable bestia–, han ido provocando a la postre que las pequeñas dentelladas de la vida nos vayan matando sigilosamente, como ya apuntaban Bukowski o Virginia Woolf. Matando, en sentido literal: por ejemplo a ese hombre que se ahorcó en un barrio de Granada, hace año y medio, antes de confesar a nadie (a nadie; y por vergüenza) que el banco le echaba de su casa. Y es que “quién sabe cómo muere un hombre, ni cómo vive un hombre” –escribe Gala, a propósito de una ejecución legal en Estados Unidos–. “Quién sabe qué es un hombre. Quién sabe si mereció morir [él] o bien la sociedad que lo mataba: una sucia, hipócrita, cobarde, deformadora y torpe sociedad. Quién sabe, Troylo, por qué te cuento esto”.   

 

Pero sí sabía Gala por qué contaba aquello: porque –escribe, y suena Lorca, ahí a lo lejos– “nadie que venga de afuera ni de arriba puede liberarnos. De dentro afuera, y desde abajo, ha de brotar y crecer la verdadera redención”. Porque “somos nosotros los que tenemos que hacer la cena si tenernos hambre, y no esperar que nos la haga el que venga”. Porque “la libertad personal es inalienable frente a todo, hasta frente a anteriores decisiones”…

 

“¿Tan desidioso y olvidado de sí se halla el país que no se hará causa común ni siquiera en la defensa de lo que es común?”. 

 

Los probos académicos llamarían a esto eterno retorno; nosotros, más pedestres, diríamos que España (quizás el mundo entero) no deja de darse de cabezazos contra la misma pared, una y otra y otra vez, de manera más o menos cíclica, más o menos idiota o inevitable. A este solitario solidario que era, que es Antonio Gala, le crispaba hasta la exasperación la milenaria mansedumbre del pueblo español tanto o más que la soberbia milenaria de los dueños del cortijo: “Es esta precisa sociedad, acongojada por unos cuantos de sus miembros, la que ha de recuperar valientemente su paz. Es ella la que tiene que reaccionar auxiliando a los atacados, desautorizando a los atacantes, eliminando sus posibles causas, tomando partido por los agredidos, colaborando en esa tarea común y nunca delegable de construir la paz. [… Pero] el alma no nos la hemos cambiado. Es como si aquí todos siguiéramos la máxima de Ignacio de Loyola. En tiempos de tribulación, no hacer mudanza. Acurrucarse y esperar que escampe, como si para cambiar de veras no hubiera que mojarse hasta los huesos”. Escrito hace treinta y tres años. O treinta y tres minutos.

 

Otro andaluz contemporáneo, José Chamizo (ex defensor del Pueblo), llamaba la atención recientemente sobre la trampa que supone que nos hayan hecho “confundir la intimidad con el individualismo”; y sobre la única revolución posible: “la que parte de los sentimientos”. Es ésa, ni más ni menos, la ética y la estética, la ideología última que respira en las misivas de Antonio Gala, en su correspondencia puntual con los ilusionados lectores de El País en el último tramo de la transición… Transición: otro término equívoco o equivocado que selló metafóricamente, en el inconsciente colectivo, ese puente de la dictadura a la democracia: cuando en realidad toda la vida es transición, todo es transición continua e imparable; y lo que no es cambio es podredumbre, petrificación, agua muerta. Quizá resulte sencillo advertir esto ahora, a toro pasado, una vez comprobada la consecuencia fatal de creer que la democracia es un estado absorto en sí mismo y no un organismo en constante vigilia y reciclaje [si dejas de pedalear, te caes]; advertirlo ya en febrero de 1981, sin embargo, dice mucho de quien lo advertía, y muy poco de quienes se suponía que debían escucharle (incluso de quienes le editaban las cartas): “La democracia, se quiera o no, es igual que el movimiento: se demuestra andando, se perfecciona andando, se afirma en su propio progreso. Si se detiene, muere. A la democracia, como a la vida, no se le puede suplicar: ‘Espérate un par de años, hibérnate, hazte la distraída, no hagas ruido, ya vendrán tiempos mejores’, porque se muere. No es que corra peligro –el peligro es consanguíneo de la vida y de la democracia–, es que se muere y no hay quien la levante”.

 

Y continúa Gala: “Un Gobierno asustado y una oposición asustadiza y parchosa matan a la democracia. ¿Qué dilema es ese entre dar un paso hacia adelante o dar dos hacia atrás, por si los tanques? ¿Y qué tanques son esos? Si alguien elogia –o lo consiente– a un golpista, delinque contra la Constitución lo mismo que quien elogia a la ETA. Si alguien promociona –o lo consiente– a un golpista, es tan enemigo de la patria como un GRAPO, si es que lo hay. (…) Por televisión vimos cómo se pateaba la inmunidad del Congreso, cómo se le insultaba zafia y torpemente, cómo se amenazaba, cómo se envalentonaba la mezquindad con el arma en la mano, cómo se zarandeaba a un general. (…) Ya estamos hartos de poderes fácticos, existan o no, que hay que mimar para que no nos hagan pupa. ‘Una cordera,/ de tanto acariciarla,/ se volvió fiera’, se canta por mi tierra. (…) La otra mañana, en un departamento de ginecología, cuando le pidieron su número de consulta a un marido, gritó: ‘Qué coño número, si soy uno de los que tomaron las Cortes’. A eso llevan el canguelo y la ‘realidad política’. (…). Aquí, o jugamos todos limpio o rompemos la baraja otra vez. ¿Siempre habrá aquí un dos de mayo, en el que el pueblo tenga que defenderse de quienes paga para que lo defiendan?”. [¿Siempre tendrá este pueblo que defenderse de quienes paga para que lo representen?, podríamos decir ahora, quizás].

 

 

Es probable que el lector no recuerde o no sea consciente  de la absoluta valentía, del admirable coraje civil que suponía decir aquellas cosas en aquel momento preciso: y es que se jugaba la vida. Antonio Gala, al decir cosas como ésta, al ubicarse tan diáfana y firmemente a este lado de la raya, codo a codo con los partidarios de vivir y no en la calculada bruma en que los no tan valientes se agazapaban, esperando a ver en qué número caía la ruleta; al plantarse tan expeditivamente frente a los leguleyos del terror y declararles la guerra, en fin, Antonio Gala (como también otros, pero no tantos otros) se jugaba la vida. Ya lo hemos dicho antes: lo cómodo y lo fácil hubiera sido divisar el incendio desde la tronera de su castillo, sin tomar partido por nada ni nadie salvo por su propia piel, amurallado tras su éxito, su fama y su dinero, hasta que se desvaneciese la humareda. O –también– tomar su éxito, su fama y su dinero y salir pitando; tomar un avión a cualquier parte [es notorio que más de uno y de dos revolucionarios estuvieron a punto de plantarse en Barajas aquel 23-F] y decirle a este país ingrato e irremediable ahí te las compongas y te las den todas. Porque dar, lo que se dice dar, a él ya le habían dado varias veces, físicamente, por esta tenaz costumbre suya de no esconder la cabeza bajo tierra y no callar ni debajo del agua. (“En la primavera del 76, con un bastón de campo, inexplicablemente muy pesado, me fui a la Sierra de Madrid. Un grupo de ultraderecha me brindó la ocasión de enterarme de por qué aquella liviana caña con puño de asta pesaba tanto. Tenía un ánima de hierro de un centímetro de diámetro, que se dobló a costa de mis costillas”).

 

El 23-F. El 23 de febrero del 81. Una fecha que hiede a miedo, ginebra de cuartel y mugre de siglos; recordada hoy como el gran triunfo de nuestra anémica democracia [en parte con razón: el 11 de septiembre en Chile o el 24 de marzo en Argentina, por ejemplo, no acabaron igual. Antonio Gala también narró su 23 de febrero en un artículo memorable, un año después de lo que él mismo definiera, con legendaria retranca, el alpargatazo. Lo que cuenta Gala de aquella jornada da una idea bastante ilustrativa de varias cosas; por de pronto, de quién era, qué significaba Antonio Gala en aquellos días para el país y para su gente; también, de por qué Quintero sabía bien lo que decía al calificarle como uno de los más valientes; por último, podemos también barruntarnos el por qué de su incontestable éxito y cariño populares. Y es que pocos personajes de la época serían capaces de describir a España en esa tesitura exactamente como lo que es: como un tragicómico disparate, un sainete muy serio; una película de Berlanga en la que o contamos chistes en los entierros o lloramos a lágrima viva porque no sale esta noche (de botellón) la Virgen de nuestras angustias.

 

Tras un grave introito, en el que consigna Gala (ya en 1982, no olvidemos) cómo le saca de quicio “presenciar este triste cachucheo de casa con enfermo; este andar sin ruido; este bajar la voz”, así como “los componedores, los pusilánimes, los resignados, los que ponen cara de viudos cuando están por dentro frotándose las manos” (“Siempre he sido más derecho que un tiro, y muy poco aficionado al tiroteo. Siempre he sido partidario de tirar de la manta, caiga quien caiga, porque considero vivir entre la cobardía y la falsedad mucho peor que la muerte”), pasa el escritor a contar ese día suyo particular en el que “se materializó la pregunta que ya estaba en el aire: ¿quién guarda a los guardianes?”. Y la pregunta se le presenta aquella tarde en su estudio, trabajando; una tarde cálida en Madrid, casi de simulacro de primavera, dice. Miraba por la ventana hacia el olivo bajo el cual había sido enterrado Troylo, apenas unos meses antes, cuando la urgencia de unos pasos en la escalera le alarmó: precisamente los pasos de un amigo “extraordinariamente aficionado a gastar bromas. Traía la cara verdosa y sus ojos –muy claros– no se le distinguían del resto. Antes de que rompiera a hablar, supe que yo lo iba a creer. (…) Y vi a mi secretario, no menos demudado que el amigo, y a otro señor que, imaginé, sería el taxista [en el que había llegado el amigo]”… Y así, ya con tres emisarios en su estudio para alertarle de lo que estaba sucediendo (para advertirle, en el fondo, de lo que podía llegar a suceder), va creciendo el comité de crisis anti–23-F en la casa de Madrid de Antonio Gala, a tiro de piedra de Pío XII y rebasada ya Alberto Alcocer. “En seguida comenzó el teléfono. Una llamada, de Valencia, alarmante. Otras, de Madrid, llenas de la hermosa generosidad de amigos diluidos, de embajadores apenas entrevistos, de gente metida en nuestras entretelas que no precisa más comprobaciones. Me ofrecían alojarme en sus casas. No acepté. En broma, dije la frase que luego repitieron los periódicos: ‘Veníos vosotros. Y traed armas, que yo pongo la cena’”.

 

Y, poco a poco, “la casa se llenó de compañeros”. (Casi todas las casas españolas se llenaron de compañeros aquella tarde-noche inacabable). “Tomábamos copas, opinábamos, acertábamos. Yo calmaba, y hablaba sobre todo por teléfono. Un acreditadísimo vidente [¿?] me garantizó que España estaba llena de luz, que no corríamos riesgo alguno. Eso nos preocupó”Pero bueno, dio igual: porque esa noche estaba previsto que Gala recogiera un premio a su comedia Petra Regalada en una discoteca de moda, y él –quién dijo tanques– no se iba a quedar en su casa (sentadito, acojonadito, haciendo punto). El premio lo otorgaban periodistas de diversos medios de comunicación, y lo lógico era que tuvieran “cosas más urgentes que hacer”. “En todo caso, yo resolví ir”, cuenta; no sin antes prestarle a uno de sus amigos “unos pantalones, una chaqueta, no sé qué”, para que pudiera ir presentable al evento. Y allá que fueron todos (taxista, amigo indispuesto, secretario, amiga con perrita…) a la discoteca, a recoger el premio. Ni un alma. “Tres o cuatro personas”; y la mujer del guardarropa mirando la radio “como si se tratase de un espejo”. Los premios se habían suspendido; aun así –y para completar el cuadro– “un travestido de nombre improbable actuó, sobreactuó” con un oficio digno de mejor causa (o tal vez nunca hubo mejor causa). “Oí junto a mí un ruido. Miré. El amigo a mi derecha tenía la cara descompuesta: ‘El pantalón que me has prestado se me acaba de abrir, de arriba abajo, por detrás’. En el guardarropa, mientras el Rey hablaba a la nación, le dieron un discreto sobrehilado”.    

 

Ya en casa, a las tres y media de la mañana, le reclamaron de Prado del Rey para ir a grabar “un programa tranquilizador, con Tarancón, Ruiz-Giménez y Sáinz de Robles”, suspendido también finalmente (alguien sugirió, de primeras, confirmar la veracidad de aquello, no fuera a ser el paseo por la Casa de Campo un paseo de los de antaño). “Al tercer desayuno que tomamos, en España volvía a amanecer. Sin embargo, yo ignoraba dos cosas: que Zegrí y Zahíra [sus futuros perros] estaban ya en el mundo, y que el 23 de febrero de 1981 no iba a zanjarse –golpe por golpe– de un solo tajo riguroso”.

 

 

No nos hemos demorado en este episodio por lo pintoresco (“No quería pensar que presenciábamos un momento ni histórico ni histérico”, advertía), sino porque resume bien lo que intentamos decir. Causticidad y llanto. Sabiduría y exabrupto. Amargura lúcida y cachondeo obligado y vinculante para sobrellevarla. En sus reflexiones de prensa, sus diálogos, el ciudadano Antonio Gala aglutina todo lo mejor, lo más luminoso, lo más entrañable de cuanto latía en el corazón colectivo de una ciudadanía mayoritariamente harta ya de la misma Historia: ponía verbo, sentido y pulso a los anhelos de un pueblo demasiado acostumbrado a las servidumbres de la miseria (la moral y la otra), a mirar al horizonte con desconfianza, al alpargatazo literal en la cabeza en cuanto se osaba levantar la vista más allá de las botas de los salvadores de la patria. Ese pueblo educado en gritar a todas horas y bajar la voz, amedrentado, tan pronto pasa el uniforme, el coche oficial, la peste del miedo (y que se consuela con un chiste, después); esa resignación que sin embargo sueña cada noche más allá; ese espantar a la muerte pero hablarle de tú a todas horas; esa mística, esa picaresca, esta barbaridad; esta viuda sombría que se ríe de su sombra… Antonio Gala pudo ejercer, aun sin buscarlo, de claro epítome de todo esto no porque él fuera España, sino precisamente porque a diversos niveles apuntaba, sugería, señalaba hacia lo que miles de españoles querían ser, pero sobre todo dejar de ser. Notario irreductible de lo bueno y de lo malo, de lo desquiciante y de lo conmovedor del país, el artista Antonio Gala registraba, subrayaba, acusaba y celebraba; se manchaba hasta las cejas, en suma, cumpliendo punto por punto, y en unas horas nada plácidas para el país, las leyes que él mismo se autoimpuso por imperativo ético desde el principio: “… juzgo que [el intelectual] ha de tener las manos libres (sin más inmediato compromiso que el que consigo mismo contrae y con su pueblo, sin hipotecar su cabeza ni su estómago) para realizar mejor su trabajo de acusación o aplauso allí donde se den motivos de una u otro. El intelectual ha de ser un dedo índice que señala y un ojo clínico que opina. […] Si no se esconde en una torre de marfil –o de plástico–, reconocerá a la sociedad en la que vive, percibirá sus carencias y las denunciará.”.  

 

Por eso los lectores lo reconocían como a uno más, aunque de sus más altos mayores; primum inter pares. Por eso, y por su forma de llevarlo a cabo, era y sigue siendo tan querido. Por eso lo llamaron aquella noche de febrero familiares, amigos, embajadores, conocidos; por eso estuvo más (disparatadamente) acompañado que nadie. Y por eso le reclamaron también desde las mismas instancias del Poder, aquella noche: como si fuera uno de los pocos, junto con el Rey, capaces de aparecer en la televisión y convencer a toda España de que ya podía irse a dormir tranquila.

 

Porque detrás está la gente, que cantaba alguien de tan parecidas trazas. “Yo soñé, quizá como cada uno de vosotros, con hablar para un oído solo, en voz baja, en silencio casi” –escribe también a principios de 1982, con motivo de la abrumadora correspondencia recibida en El País–. “He tenido que conformarme con hablar a miles de oídos, a todos los oídos. Y mi forma de hablar es ya escribir. Tal es la causa de que emplee un procedimiento incorrecto para responderos. Aunque sólo relativamente: esta sección se llama ‘En propia mano’ porque va dirigida a cada uno de los lectores como si fuera él solo”.

 

No había más secreto: hablar a todos como si cada uno fuera (y así era) único. Sobre todo a aquellos que, tras la larga epidemia franquista, abrieron las ventanas ávidos de aire y luces nuevas; del conocimiento, la concordia y la belleza perseguidos durante tanto tiempo. [Como decía cierta anciana de mi familia, muy docta a pesar de tanto: “El saber, sobrino, que es lo más hermoso”]:

 

“Yo me dirijo, y me dirigiré, a la calidad minoritaria de la mayoría. Nunca haré demagogia. Yo le hablo a lo que cada hombre y cada mujer tienen de irrepetible, de sensitivo, de espontáneo. Siempre perseguiré transformarme y transformar en élite a todos. No aniquilar las élites. Igualar –o, por más exactitud, posibilitar la igualdad– por arriba, no por abajo. Encontrarme unido a los otros en las estrellas, no en los charcos. Sólo así podremos salvar esta época difícil para el arte, difícil para la belleza, difícil para la subsistencia de cuanto amamos ahora y desde el principio hemos amado. Porque es difícil para lo que significa la vida. Y no hay época auténticamente humana que intente oponerse a lo que de más humano hay en el corazón del hombre: lo creciente, lo noble, lo digno, lo divino”. (…) “Porque, en definitiva, lo que nos acerca o nos separa no es la riqueza o la escasez, sino la existencia de un deseo común, de una admiración simultánea, de un regusto en los labios de belleza”.

 

 

Difícil, por tanto, visto lo visto, llegar a creer del todo a ese Gala descreído, tiernamente cínico hasta la evidencia, que renegaba ya de todo y de casi todos en su más reciente conversación con Quintero. Dijo no creer en dios alguno y no ser “nada espiritual”, aquel que siempre ha militado en una íntima, antiquísima religión. Dijo que jamás se hubiera planteado ser escritor, de haber nacido en estos tiempos, quien siempre se declaró escritor “por destino”, pues qué es eso de que el oficio de uno se lleva “en la masa de la sangre”. Dijo (Antonio Gala) que no creía ya en el amor (“debe de ser muy importante para quien lo haya conseguido; yo no lo he conseguido”). Dijo que estamos todos solos, que se muere solo, pues “por mucho que te quiera alguien, no se muere contigo”. Y dijo, también –con mayor crédito–, ante la insistencia de Quintero, que qué es eso de la posteridad (“Sí: Cervantes estará encantao”), cuando “mundialmente no se reconocen más que las guerras, los odios; no la hermosura”. 

 

Dijo, exhausto, casi vencido, sobre Lo Que Pasa: “No era esto, no era esto… Quizás nunca ha sido ‘esto’. Y quizá la vida no era lo que imaginábamos”.

 

… Quizás tenga razón; “quizás no tenga historia la alegría”. Tal vez. Y, sin embargo (colosal paradoja), qué cordial escalofrío, qué consuelo. Qué irrebatible sensación de estar en casa, al leer lo que Antonio Gala susurraba a los españoles en aquella correspondencia. Tan necesario hoy en día. Cuando no hay casi lugar en que poner los ojos y reconocer, así que pasen treinta años, un sentimiento muy parecido a la palabra gracias. 

 

 

 

 

Miguel Á. Ortega Lucas (Cieza, 1983) es escritor (de prensa, de poesía, de canciones), colaborador habitual de eldiario.es, y autor de la bitácora La vela y el vendaval, así como del blog-dossier Pocavergüenza. Fue Premio Internacional de Poesía Barcarola 2009 por su poemario La edad del mediodía. Twitter: @Ortega_Lucas

 

 

Autor: Miguel Á. Ortega Lucas