Antonio Tabares se atreve con el suicidio, tan temido

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Ese mal de nuestra época del que los periódicos no decimos una palabra. Una de las demostraciones más palmarias de nuestra miseria moral, de nuestra inutilidad, de nuestra miopía. Quizá porque ya lo escribió Albert Camus, al que con tanta fruición citamos cada vez que se cumple un aniversario de su nacimiento y de su muerte como a diario ninguneamos a la hora de ser consecuentes con su escritura y su pensamiento. Porque como el autor de El hombre rebeldese atrevió a decir, no hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio.

 

 

Antonio Tabares. Aparece un autor en el firmamento equipado como un astronauta para esta era de oxígeno escaso o de baja calidad. Llega como un asteroide: humilde, pero con una gramática impecable. Sabe a qué atenerse acerca del mundo y sus reglas perversas e inocuas. Tiene unas orejas más sensibles que las de la Agencia Nacional de Seguridad, pero mucho más inteligentes a la hora de discriminar entre la paja y el trigo porque aprovechó las clases de ética y deontología humana como si en vez de dramaturgo hubiera estudiado para médico. (No es, ni lo pretende, un ingeniero de almas). Pero sobre todo porque durante todos estos años de maduración discreta y sensata como los árboles que resisten el clima africano de Canarias ha estado sentado a nuestro lado, como un sioux de la ascética: escuchando las conversaciones en los periódicos y el resto de las fábricas de producción de realidad, es decir, de la mentira, productos manufacturados y plusvalía, mercancía y propaganda, déficit y cobardía, verborrea sindical y sinergias patronales, demagogia y balances, mano invisible y mercado de futuros, tristeza y riqueza a manos llenas. 

 

Este Antonio Tabares (que anoche triunfó gracias al empeño personal de Sergi Belbel, que leyó, se cayó del guindo y se aprestó a dirigir La punta del iceberg, y a José Luis Gómez, que no solo acogió y programó este montaje de un autor novel en Madrid sino que lo produjo en el teatro de La Abadía), no tuvo más resonancia en los medios y en nuestros fervorosos aplausos (tenía que haber salido por la puerta grande) porque ya estamos hechos a todo: a la pesadumbre y a la renunciación. 

 

Habla, por cierto… No, no habla, no, porque el buen teatro no habla de, es, una indagación dramática en las causas del suicidio. Sí, justamente, ese mal de nuestra época del que los periódicos no decimos una palabra. Una de las demostraciones más palmarias de nuestra miseria moral, de nuestra inutilidad, de nuestra miopía. Quizá porque ya lo escribió Albert Camus, al que con tanta fruición citamos cada vez que se cumple un aniversario de su nacimiento o de su muerte como a diario ninguneamos a la hora de ser consecuentes con su escritura y su pensamiento. Porque como el autor de El hombre rebelde se atrevió a decir, no hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. El que más nos atañe y desafía como especie. Esta negación radical (de Dios, la esperanza, el sistema económico y político, la soledad, el miedo, nuestra condición) es sistemáticamente ignorada por los medios que configuran nuestra conciencia de la realidad. Así nos va. 

 

Del suicidio no se habla porque podría incitar a la imitación. ¿A quién? ¿Nos quedaríamos mudos, sin razones para seguir aquí, sin esclavos, sin mano de obra para atender a la gran máquina atroz de este mundo sin sentido? ¿Y el maltrato? ¿Y el terrorismo? ¿Y la codicia? Repetimos lugares comunes como papagayos de una verdad incierta porque tal vez así nos consolamos de no tener que abrir otra puerta sobre el abismo. 

 

 

Esta radiografía de la explotación, de la degradación de las condiciones de trabajo, de vida, de existencia, tan común aquí, y que los más cínicos y preclaros de los servidores (nuestros políticos, nuestros gestores) esgrimen todavía como priviliegiada frente a «los chinos», por no hablar de «los africanos», o de «los latinoamericanos», es el modelo que ahora, con la «deslocalización» (palabra que brilla en la noche del teatro con un fulgor tóxico), gana enteros. Es como si el autor hubiera leído bien al Zygmunt Bauman que recuerda que «La distancia entre pobres y ricos está agrandándose a un ritmo sin precedentes«. La de Tabares no es solo una impugnación del capitalismo realmente existente, sino también de nuestra propia historia reciente, aquí y en el país de France Télécom, en Estados Unidos, en China, en México y en Bangladesh.

 

La pieza la defienden con talento admirable unos actores dispuestos a reír y a quebrarse. Se nos parecen tanto que no hay forma eficaz de distanciarse para que la cosa duela menos. Podrían ser tanto nuestros compañeros de trabajo (los afortunados) como de desempleo (los desgraciados). La punta del iceberg responde con solvencia a una cuestión crucial en toda obra que se precie: la complejidad. No son sombras, no son estereotipos. El autor no practica el arte fácil del maniqueísmo y desdeña por tanto la mala conciencia. Que no busquen aquí consuelo los bienpensantes, sobre todo los que practican la superioridad moral de la izquierda, que tan cómodamente permite vivir y morir. Sabe Tabares muy bien cómo funciona el teatro. Y a eso se prestan, a ese juego revelador, tan divertido como cruel, Nieve de Medina como la ejecutiva que envía la casa matriz de Londres para averiguar por qué en la filial española se han quitado la vida tres trabajadores en un año, y ha habido antes otros dos intentos de suicidio; Eleazar Ortiz, como el consejero delegado que debe aplicar una estrategia militar para cumplir con las cuotas establecidas para no ser barridos por la competencia; Montse Díez, como la empleada que ha sentido en carne propia el aliento de uno de los suicidas, con el que ha compartido algo más que intimidad e infinitas horas de trabajo, y que en una escena estremecedora que transforma el espacio y la forma en que contemplamos la respresentación parece a punto de llevarnos a volar con ella; Luis Moreno, con una interpretación eléctrica (sobre todo cuando tiene que vérselas con una máquina expendedora, con las que tanto hablamos en las empresas modernas), como el informático sin demasiados escrúpulos que experimenta los cortocircuitos de una forma de vivir que acaba por convertirse en un desquiciante suicidio cotidiano; Pau Durà como el sindicalista que, pudiendo ser la voz de nuestra buena conciencia y la nostalgia de los tiempos en que parecía meridianamente claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos, acaba siendo un cínico que miente hasta cuando dice la verdad, y por último Chema de Miguel, como la memoria y la conciencia que un camarero puede ser por no haber querido nunca trepar y desclasarse, y porque escuchar es, también y todavía, una de las mejores formas de estar en el mundo, y por lo tanto de hace teatro. 

 

Ayer nació, entero y verdadero, un autor en el teatro español, un tal Antonio Tabares. Y también, por lo tanto, un verdadero animal político capaz de mirar como un toro lúcido y tierno al tendido social, a los ojos atroces de nuestra época. Tan avanzada. Tan moderna. Tan injusta pese a todas sus rutilantes apariencias. Y lo ha hecho en el teatro, no en el cine. Porque el teatro es arte político por antonomasia. Arte pobre. Arte del instante. De la memoria. De la necesidad.

 

 

Fotos: Ros Ribas