Apátridas en marcha contra Obiang

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En este artículo se habla de cómo Obiang y su familia están agotando la paciencia de los guineanos, a los que se se niega un pasaporte porque el que los firma no está en plaza porque tiene que atender sus vicios.

 

Acaeció que porque las potencias lo querían y a los que mandaban en España les venía bien, Guinea tuvo la independencia y colocaron en el poder a Francisco Macías, con diferencia el menos preparado que todos los que se habían reunido para ser oídos en el tema de la descolonización de Guinea. Decir qué era Guinea y cómo se gestó su creación es tarea áspera. Pero es obligatorio decir que aun a regañadientes, y con motivaciones diversas, todos los representantes de los grupos étnicos hicieron su aporte intelectual para que la independencia se hiciera realidad. Subió Macías, la peor opción, y muy pronto se olvidó del carácter multiétnico de la Guinea que acaba de presentar sus credenciales a todo el mundo.

 

El mundo civilizado, España y los guineanos que pensaron beneficiarse de las aguas revueltas consintieron que Macías se hiciera Dios y se sentara literalmente, después de esta reclamación, en el cuello de los guineanos, instaurando un régimen sin parangón en toda África. Su intención fue volver a la prehistoria, cuando todos los guineanos vivían en entornos selváticos, alejados de cualquier vínculo con el mundo conocido, y del pensamiento cartesiano. Pero quiso imponer aquella salvajada en entornos anteriormente urbanizados qué él no había tomado parte en su construcción. En aquel empeño contó con la inestimable ayuda de su hombre de confianza, Obiang Nguema. Fue esta razón por la que, tras once años de barbaridades, pudo el último hacerse con el control del equipo que puso fin a aquellas barbaridades. Y fue esta razón por la que este Obiang sigue en el poder, justificado su enrocamiento en su obra redentora. O sea, por poco no se declara otro Dios.

 

El silencio y la conformidad de los ambiciosos hizo que nos hiciera creer en su buena voluntad, siendo, gran coincidencia, el “oficial” de peores credenciales de la promoción de negros guineanos que se habían formado en la academia militar de Zaragoza. Fue apoyado otra vez por españoles y alcanzó el poder e instauró otro periodo de barbaridades. Pasó mucho tiempo, Guinea Ecuatorial conoció penurias injustificadas, o justificadas por la suprema ignorancia del equipo gubernamental. Pasó más tiempo y la realidad geográfica no desmintió la evidencia de que el país debía estar lleno de petróleo, y se hizo realidad, un hecho que provocó que las potencias varias se quitaran las caretas e insistieran en hacernos creer que es este petróleo el que les hace olvidar las elementales normas internacionales de conducta para con los dictadores o líderes que soyuzgan  a su pueblo. Fue esta quita de la máscara la que propició que los tímidos intentos democratizadores se vinieran abajo y que los demócratas de medio pelo y ambiciosos se lanzaran al brazo de Obiang, olvidando que los asuntos guineanos se deben mirar desde una óptica multiétnica.  (Hoy en toda Guinea todos bailan al son que marca Obiang y esto lo aplauden incluso los amigos foráneos de los demócratas de medio pelo).

 

La democracia instaurada por Obiang y por los ambiciosos de prebendas y dinero no trabajado permitió que todos los retoños intonsos del prolífero dictador se beneficiaran de suntuosas prebendas y fueran colocados en puestos de profunda rentabilidad económica. En la Guinea  de hoy todos los puestos de control y acceso a los recursos económicos están controlados por Obiang y familiares suyos, el hecho que confirma el carácter patrimonial del país, un hecho que debía haber provocado la protesta del resto de guineanos que no entendían este acaparamiento. Y fue precisamente la ausencia de esta protesta, y el carácter connivente de los políticos que pretenden medrar, la que permitió que Teodoro Nguema Obiang Mangue, retoño mimado de la pareja presidencial, fuera promovido al cargo de vicepresidente segundo, con claras intenciones de suceder a su padre, en un proceso carente de cualquier atisbo de legalidad. Coincidentemente, es el retoño menos preparado de la numerosa prole del mandamás. La necesidad de disponer de financiación propia para su regalada vida permitió que su ocioso padre le pusiera al frente del organismo encargado de la expedición de los pasaportes, una responsabilidad civil  que comporta mucha más exigencias profesionales que las que el retoño manirroto es capaz de asumir. Y es que no parecería que la expedición de pasaportes y otros documentos que certifican la nacionalidad de los guineanos debiera confiarse a un hombre de sus credenciales, ejerciendo, y sin merecerlo, un puesto en la alta magistratura de la nación. Y otra vez los guineanos testigos se callaron y los ciudadanos de pie están viendo cómo sus necesidades de demostrar su nacionalidad guineana en los puntos fronterizos se malogran ante la manifiesta incapacidad del antes mencionado retoño para ejercer responsabilidad alguna. Pero hemos de decir que no solamente hay guineanos con argumentos vehementes que intentan combatir los intentos de otros guineanos para abandonar el infausto invento llamado Guinea Ecuatorial, sino que ignoran que muchos de nosotros no votamos para formar parte del mismo. Aparcado estos sentimientos, les tenemos que decir aquí y ahora que las enormes dificultades que tienen los guineanos para certificar esta guineanidad y ejercer su derecho de transitar libremente por el mundo podría ser la gota que colme el vaso de la paciencia de muchos, ya habituados a aguantar las barbaridades de la “legalidad” vigente. Si con meter nuestra  cabeza en la fuente de las desdichas creadas por ellos no han conseguido lo suficiente, privarnos de tomar un respiro con el incumplimiento de una obligación administrativa puede, definitivamente, desatar la caja de truenos tapada durante los años de su violencia salvaje. Y que sepan que en el mundo creado por ellos y aplaudido alegremente por las potencias que los apoyan, hace años que cualquier irracionalidad dejó de ser patrimonio de los apestados.

 

Barcelona, 26 de septiembre de 2014

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.