Apuntes desde el Medio Oeste (VI). La música como experiencia colectiva

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No recuerdo cuándo fue la primera vez que reparé en el poder emocional de las canciones.  Me gustaría pensar que aquel instante fue mágico para la humanidad, y que a mi alrededor muchas personas estaban experimentando esa misma sensación. Hasta hace no mucho tiempo solía pensar que todo comenzó un verano, hacia el nueve de agosto, cuando ella tenía quince años. Sospecho que no andaba muy desencaminado, pero últimamente ando tratando de desmitificar ciertos recuerdos, o al menos procurando no jerarquizar entre ellos. De esa manera queda abierta la posibilidad de priorizar entre uno u otro en función de las características del momento, lo cual no dejará de sonar oportunista y pueril para aquellos que todo lo tienen tan claro.  

 

No recuerdo cuándo fue la primera vez que reparé en el poder emocional de las canciones. Me gustaría pensar que aquel instante tuvo algo de mágico, y que a mi alrededor muchas personas estaban experimentando esa misma sensación. Solía dar por supuesto que todo comenzó un verano, hacia el nueve de agosto, cuando ella rondaba los quince. Sospecho que no andaba muy desencaminado, pero ando tratando últimamente de desmitificar ciertos recuerdos, o al menos procurando no jerarquizar entre ellos; algo así como lo que le sucede ahora a una parte de la izquierda con la Cultura de la Transición. Queda así abierta la posibilidad de priorizar entre uno u otro en función del contexto, lo cual no dejará de sonar oportunista y pueril para los que acostumbran a presumir de coherencia y claridad de ideas. 



En una entrevista a Nacho Vegas, el músico gijonés, al hablar sobre el proceso de gestación de «La zona sucia» (Marxophone, 2011), afirmaba que existen “dos tipos de soledad, la elegida y la impuesta y menos habitable”. Al momento de leer aquella frase, hace ya tres años, vislumbré cierta analogía. Porque, desde cualquiera de esas formas de soledad, el oyente más ávido llega a establecer un diálogo con la música de una hondura nada desdeñable.

 

Con cinco grados en el exterior y tras unos días de amenaza de nubes negras, lo fácil sería retomar esa soledad, pongamos que elegida, que algunos siempre hemos vinculado a nuestras primeras citas con la música, o también con el cine o la literatura. En cambio, hace apenas una hora, un buen amigo, Alberto, me ha recordado el poder de la música como experiencia colectiva, a través de las ondas radiofónicas, tan propensas también a ese contraste entre lo solitario y lo colectivo, entre lo individual y lo compartido. Una experiencia colectiva que aviva nuestras emociones. Si hace algún tiempo empecé a escribir mucho tuvo que ver la necesidad de compartir. Cuando esta bellísima versión de Dawes a cargo de Conor Oberst ha sonado en el programa de Rockola FM no había nadie más en el apartamento, y mis raíces se encontraban a miles de kilómetros de distancia, pero la experiencia ha sido formidablemente colectiva. En poco más de un mes, a modo de despedida, me reencontraré con canciones como ésta en directo. 

 

 

Sobre compartir historias y a buen seguro emociones versará también la reunión de Fronterad en la Plaza del Matadero esta misma noche con la excusa de la noche de los libros. Porque, como dijo Enrique Vila-Matas en El doctor Pasavento, aunque no entendamos nada, la literatura -y decimos nosotros, las canciones­- le da(n) sentido a todo.