Apuntes tardíos sobre el Sonorama 2014

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El Sonorama volvió a batir su récord con 45.000 asistentes en cuatro días de conciertos. Un poder de convocatoria que se explica más por su ascendente trayectoria –la primera edición, en 1998, contaba con apenas tres conciertos en un único día; ahora se reúnen unas 130 bandas durante cuatro días–, el saber hacer de sus organizadores –acertaron con la Plaza del Trigo como punta de lanza del festival, lugar donde se generan entrañables sinergias entre el público foráneo, los habitantes de la pequeña ciudad burgalesa de Aranda de Duero y las bandas que despegan– o la presencia del camaleónico Raphael –la noticia de su presencia en Sonorama provocó la previsible agitación en la red y funcionó a la perfección como estrategia de marketing– que por una cartelera, la de esta edición, un tanto descafeinada, o al menos algo desconcertante.

 

El Sonorama volvió a batir su récord con 45.000 asistentes en cuatro días de conciertos. Un poder de convocatoria que se explica más por su ascendente trayectoria –la primera edición, en 1998, contaba con apenas tres conciertos en un único día; ahora se reúnen unas 130 bandas durante cuatro días–, el saber hacer de sus organizadores –acertaron con la Plaza del Trigo como punta de lanza del festival, lugar donde se generan entrañables sinergias entre el público foráneo, los habitantes de la pequeña ciudad burgalesa de Aranda de Duero y las bandas que despegan– o la presencia del camaleónico Raphael –la noticia de su presencia en Sonorama provocó la previsible agitación en la red y funcionó a la perfección como estrategia de marketing– que por una cartelera, la de esta edición, un tanto descafeinada, o al menos algo desconcertante.

 

Los incentivos del festival para avanzar peligrosamente hacia una estrategia –en términos politológicos– catch-all party son altos. El evento acabaría de masificarse por completo a través de un cartel donde reine la ambigüedad estilística. El ejemplo claro es el masivo Arenal Sound, donde las bandas electrónicas o deejays internacionales del momento presiden los carteles y ofrecen los conciertos más multitudinarios. Sin embargo, aunque la presencia de la música electrónica sea cada vez mayor, el festival sigue demostrando intenciones loables, con una gran apuesta por grupos nacionales, que a veces gustan más y otras veces lo hacen menos.

 

Los más militantes del nuevo indie español echarían de menos a sus fetiches más consagrados, véase Lori Meyers o Supersubmarina. Otros, al percibir la ausencia de bandas habituales en Aranda de Duero como Vetusta Morla, Sidonie o del siempre pertinente Xoel López mirarían resignados los trípticos del festival. En la escena internacional no estaban previstos los Teenage Funclub, Belle & Sebastian o Travis de otras ediciones; en cambio, sí sobresalían como cabezas de cartel con su efectista pop electrónico los australianos Cut Copy, y en un segundo plano los franceses Exsonvaldes y Adanowsky. También el portugués David Fonseca, cuya música y puesta en escena resultaron asemejarse demasiado a la de Eros Ramazzotti.

 

 

Vayamos de una vez por todas a lo que aconteció esta edición. Para el primer día, el miércoles, se esperaba un plato fuerte. Después de los Hermanos Cubero, con su bluegrass con denominación de origen ibérico, entraron en escena Automatics, que se reunían 13 años después de su disolución. Unos Automatics que sirvieron de tentempié perfecto para la jubilosa celebración de una época que supone últimamente cualquier reunión de Los Planetas. Los granadinos siguen provocando coros y veneración entre los de su generación y contados adolescentes advenedizos, pero su actitud despreocupada empieza a sacar de quicio a otros muchos. Mientras sonaba el último estribillo de La copa de Europa bastantes se encaminaban hacia el pueblo. En el Central, como casi siempre, se acabó fraguando la tragedia. 

 

Jueves

 

Durante el jueves la Plaza del Trigo acogía el 25 aniversario del sello Subterfuge, y allí se dieron cita tres de sus buques insignias actuales: The Bright, Bravo Fisher y Joe la Reina. El sonido se aproximó a lo hiriente, especialmente en la actuación de los dos últimos. A decir verdad a pocos parecía importarles quién ocupara el escenario. La música no servía más que de agradable compañía para la mayoría; su trascendencia se equiparaba a la de la litrona de cerveza o al impecable dobladillo del pantalón. Jay Malinowski estaba tocando algunas canciones en un bar a escasos minutos de la plaza y nos dirigimos para allí. No más de cuarenta personas se amontonaban en la pequeña sala donde el canadiense interpretó con gran brío algunas canciones y versiones, como Wonderwall de Oasis; entre canción y canción se dedicó a interactuar en español con el público, sin demasiado éxito.

 

 

A los burgaleses de La M.O.D.A les tocó bailar con la más fea. Fueron los encargados de abrir los conciertos de la noche con el sol de las siete todavía ardiente y sin indicio alguno de amaine. Con su colección de himnos callejeros y la inestimable ayuda del público se sobrepusieron a las circunstancias y firmaron otra más que notable actuación. Y ya van unas cuantas. Peor suerte corrió Refree, que mostró su vertiente más eléctrica y psicodélica. A pesar del talento que brotaba desde el escenario, sus divagaciones instrumentales y su eclectismo no cuajaron entre un público que había venido a otra cosa.

 

Que Egon Soda haya vuelto con “El hambre, el enfado y la respuesta” (2013), después de publicar en 2008 su primer disco y quince años de esporádicas apariciones, es una gran noticia para la música en castellano. En Sonorama, con la presencia añadida del pluriempleado Charlie Bautista, volvieron a demostrar que su propuesta goza de más talento, reflexión y paladar que las de la mayoría del establishment del indie patrio actual. Un escaso número de personas prefirieron disfrutar de Nueva Internacional antes que ceder a la tentativa de ver a Raphael de cerca por primera y, casi seguro, última vez en sus vidas. Sobre la presencia de Raphael se ha hablado mucho. No debió de sentar muy bien entre muchos artistas y algún que otro asistente que el concierto rondase los 90 minutos de duración. En mi caso, la broma rafaelita no duro más de cuatro o cinco canciones.

 

 

Iván Ferreiro hizo valer su experiencia en este tipo de eventos e inició la velada con Turnedo, la canción que desde el comienzo de su aventura en solitario ha venido a sustituir a la inolvidable Años 80 como canción estrella. Una vez con el público en el bolsillo, el gallego se tomó la legítima licencia de sumergirse en las canciones de su flamante álbum y recuperó además rarezas de otros discos. Elefantes y Layabouts cumplieron con las expectativas y aportaron variedad musical a la noche. Entrada la madrugada, los provocativos We Are Standard recuperaron emblemas de The Clash, como Revolution Rock o London Calling, con no demasiada personalidad. 

 

Viernes

 

El concierto de Correos el viernes en la Plaza del Trigo fue la confirmación, por si todavía quedaba alguna duda, de que quienquiera que seas la plaza de Aranda siempre te llevará en volandas. Con una plaza tan abarrotada como en las grandes citas, la exhibición física y la perseverancia del cantante resultaron admirables. Sin embargo, el manido crisol de estribillos épicos de regusto antisistema y las repetitivas rítmicas desvirtuaron sus buenas intenciones pasadas tres o cuatro canciones. Cuando la fiesta parecía continuar ya en los bares, Niños Mutantes aparecieron por sorpresa para reivindicar sus orígenes y de paso la valía del pop español, con versiones de Miguel Ríos, Los Brincos o Fangoria.

 

El escenario situado junto al Camping atesora cierto encanto. Siempre es conveniente dejarse caer por la zona a media tarde. Guardaba un gran recuerdo del concierto de los gallegos Walrus el pasado año y había oído hablar bien sobre Pómez. No defraudaron los chicos que lidera Pedro Camacho con ese pop rock elegante y desprejuiciado que se echa tanto de menos en el hermetismo indie, ideal para un viernes a las seis de la tarde. A la guitarra les acompañaba el omnipresente Willy Tornado. Second dejaron claro que hace tiempo que no son un grupo de amigos de Murcia que se juntan esporádicamente. En Aranda lo volvieron a confirmar por enésima vez, a pesar de que su última entrega suene más disco de lo que nos gustaría a algunos y de una estética tan falsamente futurista como sonrojante.

 

 

Depedro es uno de esos artistas que no encuentras habitualmente. Enciclopédico, nómada y sobradamente cualificado sus directos confirman una y otra vez su talento, ya sea en solitario o junto a los exquisitos Calexico. Las etiquetas no sirven en un proyecto de semejante hondura. La presencia de Amaral causaría malestar entre los más testarudos, que les tildan de mainstream, pero lo cierto es que el dúo zaragozano ofreció uno de los mejores conciertos del festival. Podían haber ofrecido un repertorio repleto de singles, pero prefirieron buscar un cierto equilibrio. Y funcionó. Canciones como Revolución, El universo sobre mí o Días de verano se alternaron con temas inéditos o incluso canciones de su álbum de debut como No sé qué hacer con mi vida. Con León Benavente sucede casi al contrario. Con un solo disco bajo el brazo y poco más de un año de existencia como banda han conseguido despertar el interés de buena parte de la prensa especializada. El respaldo de la plataforma de auto-edición Marxophone y una trayectoria consagrada como músicos de Nacho Vegas o Tachenko suponían una buena carta de presentación. Se alejan de lugares comunes gracias a su particular manera de entender el lenguaje rock, especialmente en directo, donde acostumbran a sudar la camiseta.

 

 

Uno de los highlights del festival fue, sin ninguna duda, ver a Izal confirmando su gloria en el escenario grande antes miles de personas y ya de madrugada. Decía Neira en El País que la bendición popular certificaba el mérito de su propuesta. En ese punto existe unanimidad. Como en su perseverancia, alejada de toda sospecha cuando llevan más de dos años quemando rueda en una furgoneta. Se le debería exigir en cambio algo más de personalidad y atrevimiento a una banda llamada a encabezar titulares en el próximo lustro. Un atrevimiento del que suelen andar sobrados Fuel Fandango. Quizás demasiado circunscritos al horario, las tres de la mañana, donde solía haber flamenco, jazz o copla avivados por la electrónica esta vez sólo exhibieron sonidos estridentes más propios de otras escenas. Del consabido talento de la cordobesa Nita no quedaba ni rastro, más allá de sus artes seductoras sobre el escenario. 

 

Sábado

 

Ricardo Vicente inauguró la jornada del sábado en la Plaza del Trigo para presentar, junto a su nueva banda, las canciones de su primer álbum (libro-disco) en solitario, “¿Qué haces tan lejos de casa?” (2014). El zaragozano, profesor de filosofía en un instituto público y antiguo componente de bandas como La Costa Brava, Tachenko o Francisco Nixon, atesora una sensibilidad tan costumbrista como nostálgica, propia de un astuto observador de la cotidianidad. Recuperó ciertas joyas de sus discos con Fran Fernández, como Notre Dame, Reactor nº4 o El palacio de los gansos, esta última fruto de su colaboración con Fran y The New Raemon en El problema de los tres cuerpos. La dulzura de corte naif de Ricardo Vicente contrastó con el académico power pop que defendieron sobre el escenario los vigueses Maryland o el rock noventero y algo manido de Sexy Zebras.

 

Conforme avanzaba el mediodía la música pasaba a formar parte de un segundo plano, con los músicos ocupando el rol de entertainer, algo cada vez más común en los conciertos de la Plaza del Trigo. Second saltaron al escenario de imprevisto tras una emotiva presentación del director del festival. El show duró poco más de media hora, pero la creciente embriaguez del personal fraternizó expeditivamente con la infalible formula de los Second.

 

El leonés Fabián, esa eterna confirmación, estuvo condenado al Escenario Future Stars. Su transformación es una de las mejoras que debería acometer el festival en los próximos años. Cada año desfilan por esa carpa-escenario multitud de bandas que son desechadas por culpa de su nefasto sonido. Su encanto deja también bastante que desear. Además, muchos de los artistas que pasaron por aquí (Fabián, The Noises o Parade) hace tiempo que dejaron de ser future stars para convertirse en realidad. No vendría mal por tanto reconsiderar su nombre. Porque la visibilidad que te da un festival es significativa, pero más lo es que unos chicos despistados, que pasaban por ahí rebotados de algún otro concierto, te descubran en directo, el lugar ideal para conocer a una banda por mucho que exista Bandcamp. Por cierto, Fabián nos recordó otra vez que es el secreto mejor guardado del folk-rock español. Pero qué difícil es estar en tierra de nadie y ser un chico que simplemente -se dice pronto- hace buenas canciones.

 

 

Los emergentes Belako van a seguir dando que hablar, porque lo suyo es post-punk auténtico y potencialmente bailable; la espontánea belleza del flanco femenino es otra de las buenas noticias. No había tenido la oportunidad de ver a Nacho Vegas en esta gira y no defraudó el asturiano. Atrás quedan los tiempos en los que sus conciertos se sostenían por inercia. Con proclamas a la situación sociopolítica actual y una preponderancia casi absoluta de su último trabajo ofreció un show solemne. Quizás se echan en falta algunas canciones antiguas consustanciales a la figura de Vegas (Que te vaya bien, Miss Carrusel o Maldición), pero su decisión de centrarse en “Resituación” (2014) es más que loable.

 

Los chicos de Tachenko han dado un paso en firme con “El amor y las minorías” (2013). Como demuestran en directo, este trabajo ha supuesto una vuelta a las coordenadas pop y la frescura de su primera etapa. Y debe ser motivo de alegría porque ahí se manejan de vicio. Como debe ser motivo de alborozo el reencuentro de Duncan Dhu, aunque con la ausencia del gran Diego Vasallo lo que encontramos sobre el escenario es un Mikel Erentxun en estado de gracia acompañado de una banda con muchos credenciales. Destacan Joseba Irazoki, actual guitarrista de Nacho Vegas -que sería el invitado en Entre salitre y sudor-, y el tolosarra Karlos Aranzegui, que ha trabajado con Quique González o Rulo y La Contrabanda.

 

 

Con el concierto de los australianos Cut Copy se presiente el cierre del festival. Desde mi posición el sonido deja mucho que desear. Me marcho en busca de una ración de pizza. Un rato después, mientras apuro la última copa y reconozco a viejos amigos, me parece escuchar a lo lejos una versión de Enamorado de la moda juvenil de Radio Futura. Son los franceses Exsonvaldes tratando de encontrar afines entre un público muy poco dispuesto; las razones son múltiples y obvias. Algo similar sucede con El Columpio Asesino aunque su poder de convocatoria es mayor. Por tercera vez en la noche comparece ante los fieles Nacho Vegas para interpretar Toro con El Columpio Asesino. Los espectadores apuran entonces sus últimas balas. 

 

Sentado en el bar del camping acabé el festival, con un botellín de agua en la mano y hablando con una amiga sobre las primeras películas de Julio Medem. Y nos despedimos, hasta dentro de unas semanas, en las calles de Madrid. 

 

Fotografías de El Gallo Verde (Creative Commons)