Aquella canción de Mina

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Su tren partía de noche y la estación de Termini se iba quedando pequeñita, como encogida o quien sabe si era yo la que se encogía con cada despedida sin querer reconocerlo. Pero antes de aquello, el tiempo se detenía a las 12,30 hora en que nos encontrábamos. Le esperaba frente a la biglietteria de la estación y si llegaba pronto, para hacer tiempo, visitaba la librería Feltrinelli de la planta baja, curioseaba los libros de Tabucchi y le hacía ojitos a algún ejemplar imprescindible de Lorenzo Marone. Otras veces me sentaba en un café y escribía en servilletas notas descabaladas muchas veces sin sentido que luego en el hotel me costaba descifrar, no solo por mi mala letra, también porque escribir sensaciones al dictado del corazón en una servilleta, es lo más difícil del mundo. Después corría, casi volaba hasta mezclarme con los viajeros y sus maletas. Todavía no había llegado y ya le echaba de menos.

Miraba el reloj impaciente, el tren de Frosinone llegaba puntual, era yo la que siempre me entretenía ensimismada en el bullicio. El día que le conocí, andaba perdida con la vista fija en los paneles y él andaba con prisa cuando tropezamos. Mi mochila cayó al suelo, y me dirigió un tímido scusa, mientras mis cosas caían desperdigadas por el suelo y él se agachaba para ayudarme. Debí de caerle en gracia porque después en el tren, se sentó a mi lado y me preguntó que estaba haciendo en Roma. Llevaba una camisa de flores y una gorra. Recuerdo bien su boca, una boca generosa. Yo sonreía, no hacía otra cosa, además de mirar su boca. Estoy de paso, acerté a decir, no sé ni cómo. El año pasado estuve en Madrid, me dijo. Una ciudad muy bonita, la tuya. Tal vez necesites un guía aquí, me guiñó el ojo. Asentí con la cabeza mientras escondía el plano, y volvía a mirar su boca, antes de decirle que sí.

La estación de Termini supuso el preludio de muchas caminatas sin rumbo por la Roma de verdad, la que según él solo conocían los romanos de verdad.  Me empeñé en visitar la casa de Keats, Stelby y Byron junto a la Piazza Spagna. Una concesión de turista, pero qué diablos soy caprichosa. Era el último día, me dolían los pies y su tren partía en dos horas, apenas había tiempo para mucho. Aun así, insistí. Aceptó, pero a cambio tendría que complacerle. No me hagas preguntas de la ciudad, no quieras saber lo que no sé, me dijo ante mis constantes demandas. Mira con los ojos del alma, olvídate de las guías, limítate a sentir, porque llegará el momento en que vivirás de estos recuerdos. Ese mismo día descubrimos una trattoria que según él la frecuentaba Sofia Loren, con los manteles a cuadros y las velitas de las mesas, sabía que me engañaba con lo de Sofia Loren, pero era bonito sentirse tan de allí como lo era él, aunque fuera mentira.

Mientras sonaba la canción “Se telefonando” de Mina, sentí una punzada de tristeza. La extraña sensación de que todo se acababa, que con el tiempo aquellos instantes serían los más tristes, pero también los momentos más bonitos del viaje. No supe decirle que me pasaba, en realidad no quería. Debió de pensar que me había vuelto loca, me limité a abrir mucho los ojos, como si a fuerza de vivir cada momento con avaricia, el tiempo se fuera a detener para siempre.

Tenía 25 años entonces y todavía ahora, cuando escucho cantar a Mina, siento la misma punzada, vuelvo a verme en la vieja trattoria, el olor a orégano me envuelve, me acuerdo de Termini y el tren de las 12,30, de mis muchos viajes a Roma, porque nunca me sentí tan de allí como lo fui entonces. He vuelto a visitar la Feltrinelli, buscado los mismos libros, los de Tabucchi, los de Lorenzo Marone. He escrito en servilletas sensaciones al vuelo sin entender después lo que había escrito y me he vuelto a enamorar, pero nunca como entonces, como me enamoré aquella vez cuando Mina me cantó: Se telefonando io potessi dirti addio. Ti chiamerei. Se io rivedendoti ossi certa che non soffri Ti rivedrei.  Se guardandoti negli occhi sapessi dirti basta. Ti guarderei. Ma non so spiegarti che il nostro amore appena nato È già finito…

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Fotografía: Mina

 

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