Aquella ciudad nunca existió

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Hay ciudades que una nunca imaginó más allá de los mapas. Ciudades que no significaban más que un nombre. Ciudades oficiales y descoloridas algunas de las que solo llegaban noticias que no se quieren leer. Ciudades en países con otros idiomas que a mí, que ya me cuesta hablar el mío, jamás entendí. Y de repente, maldita vida esta, se pisan otros océanos y se cruzan otros mundos y se ve una en una realidad alternativa, al otro lado de un espejo que no sabe una bien aun cómo pero cruzó. Atravesó, más bien, lanzándose de cabeza sin saber si había (y sin saberlo aun) agua al otro lado o un muro contra el que estrellarse.

 

Lo descubro ahora, que imaginé esas realidades, y me engañé, como nos engañamos todos, para cambiar de historia. Llevo tanto tiempo huyendo de mí misma que creo que me he alcanzado de nuevo en la casilla de salida y estoy donde empecé. Así son las cosas, Jasmín, qué te creías, hija, que esto son como las puñeteras canciones que te levantan el ánimo con dos estrofas. El mundo es otra cosa, querida. El mundo eres tú. Y no puedes cambiarlo porque no te atreves a cambiarte a ti misma. Porque prefieres lamerte las heridas como un perro atropellado, a veces en grupo, y ya sin pedir güisqui siquiera, como los hombres de las películas lloran las pérdidas de las mujeres que se fueron por la puerta de atrás.

 

Hay ciudades en las que una nunca imaginó siquiera que hubiera una dirección a la que acudir. Un teléfono que respondiera sabiendo mi nombre. Una mano al otro lado del espejo dispuesta a ayudarte a cruzar. Y de repente se imagina una saliendo a comprar en otro idioma. Caminando una rue de no se qué empinada mientras se calza el gorro de lana porque parece que empieza a nevar. Esperando llegar a una casa que nunca fue donde espera un beso cálido y una botella de vino abierta junto a la calefacción. Hasta que despierta una de nuevo, como siempre se despierta, maldiciendo por haberlo hecho, por regresar de sopetón a la verdad. Y entonces te das cuenta de que la ciudad que no existía de aquella manera tampoco lo hace de esta. Y que al otro lado del espejo te esperaba un muro que no sabes cómo trepar.