Aquí están los materiales esparcidos por los suelos

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Cuando llegaron, yo hojeaba las páginas de un ensayo sobre George Orwell. Eran dos hombres de negocios y hablaban sobre
ellos. Me fijé en la pareja porque mantenían una conversación en un tono muy elevado. Últimamente la experiencia me ha confirmado que, por alguna extraña razón, las personas
trajeadas suelen hablar alto, demasiado. En la
calle, en el metro y, también, en una librería. Enseguida uno de ellos marcó el
territorio con arrogancia. Se detuvo delante de la pila de ejemplares de la última novela de
Vargas Llosa comentando, para que todos le escucháramos, “éste es un facha… un
antinacionalista”. Sus palabras resonaron en la librería y no puede dejar de mirar al librero con gesto de incredulidad.

 

Los bárbaros habían llegado a un espacio que
uno pensaba inegenuamente como una platónica ciudad de las palabras. Aunque tampoco debería
haberme extrañado tanto, porque expresaba una lógica tan cotidiana como mendaz. Era una prueba más del galimatías ideológico en el que estamos inmersos. No hay duda, ni
fronteras: un antinacionalista siempre será un facha y un facha siempre… Si Elias Canetti dijo que no éramos más que palabras y, por cierto,
muy gastadas, otros han asegurado que, en realidad, somos hablados. Así, unos están dominados por palabras huecas y otros no
encontramos palabras (o viceversa).

 

Actualmente es desalentador tener que constatar el triunfo definitivo de Humpty Dumpty (“cuando yo empleo una palabra significa lo que yo quiero que
signifique… ¡ni más ni menos!”). Por ello, no puedo entender que esa frase fuera ni inocente, ni banal. Los límites parecen claros:
estamos Nosotros y, enfrente, Ellos. De esta forma, cada vez que usamos concepciones vacías e insultantes permitimos que las palabras nos dominen, que definan la realidad por nosotros y la manipulen a su antojo. Y lo que es peor, pretendemos demostrar lo indemostrable, al igual que Humpty cuando Alicia le reprochó que no le había visto cantar y éste le replicó: «¡no lo ves! Las canciones no se ven, se oyen».

 

El problema de fondo es la sinécdoque identitaria. En muchas
ocasiones, mientras trabajo sobre ciertos personajes, me pregunto sobre la idea que se podría hacer de mi un historiador futuro. No voy a
desvelar derivas autobiográficas, pero sí considero que encajaría en mil y una
clasificaciones, según la parte de mi vida que escogieran. Es la complejidad de todo ser humano. E, incluso, cuando
somos conscientes de ello, pensamos que la vida no merecería la pena de no ser así. Nuestra identidad personal
está constantemente en marcha, pero muchos encuentran esto desagradable y
prefieren ser narrados. No tenemos tiempo para pensar, o no queremos. Mientras recurrentemente queremos tomar la parte por el todo. Es más cómodo adjetivar a Vargas Llosa como un facha que leerlo. Asimismo, es fácil desechar a todos aquellos pensadores que sabemos alejados de nuestras convicciones. La línea siempre debe ser evidente.

 

El mundo y la realidad decepcionan con su
maleabilidad y sus imperfecciones. Por ello, es peligroso que los gobiernos pretendan deslegitimar a sus ciudadanos mediante sinécdoques empobrecedoras. Somos palabras, pero algo más. Recuerden el maravilloso cuento Gelsomino en el país de los mentirosos de Gianni Rodari. En la narración un pirata, Giacomone, se convierte en monarca de un reino y consigue que todos sus hombres formen parte de su gobierno. Para evitar que descubrieran su delictivo pasado comenzó a cambiar el idioma de sus súbditos. De esta forma, la palabra pirata se transformó en caballero, los días se saludaban con la exclamación ¡buenas noches! y la carne se compraba en la panadería. Los que no cumplían estas nuevas normas eran castigados y, si se mantenían en el antiguo vocabulario, terminaban por ser considerados locos. Por ello, el manicomio se convirtió en uno de los espacios más poblados del reino. En cualquier caso, la imposición del pirata no pudo aguantar al maullido de un gato, cansado de tener que ladrar durante todo el día. Esta convención impuesta se rompió y todo volvió a ser como era en el principio. Las rosas dejaron de ser zanahorias y ya no se debía alabar al sol en un día gris y lluvioso. En definitiva, los ecos de Humpty Dumpty también pudieron ser derrotados.

 

Al salir de la librería,
abrí el libro sobre Orwell y me concentré en la primera cita con la que tropecé: “la verdadera
diferencia no está entre conservadores y revolucionarios, sino entre
partidarios de la autoridad y partidarios de la libertad”. La libertad, pese a los aprendices de pirata, seguirá siendo la libertad.

 

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“La mayoría de los hombres se ha tapado los ojos con un
pañuelo u otro, y se ha vinculado a una de esas comunidades de opinión. Esta
conformidad los hace falsos no en aspectos particulares, autores de unas pocas
mentiras, sino falsos en todos los aspectos. Ninguna de sus verdades es
verdadera… de modo que cada palabra que nos dicen nos pesa y no sabemos dónde
empezar a corregirlos”.

RALPH WALDO EMERSON

Joseba Louzao nació en Bilbao en 1983. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (UPV) y en la actualidad es profesor en el Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares).
Está especializado en historia de las religiones y es autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Genueve Ediciones) y, como coordinador, de La restauración social católica en el primer franquismo, 1939-1953 (Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares). Este blog será su particular maleta preparada, porque el pasado siempre es un país extraño.