Árboles en el ojo propio

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La señora está bajo los soportales de su casa. La puerta está cerrada y las ventanas están abiertas, señal de que antes de salir fuera estaba ahí, haciendo sus cosas. Ahora está enfrente de una niña que le ha traído una carta, o una nota enviada por alguien. La señora tiene el gesto serio, como si el mensaje fuera muy importante y la niña mensajera sigue delante de ella por si tuviera que volver con una respuesta o esperando simplemente las gracias, «dile que ya voy», que sería lo que decidiera la primera. Los que pasan por la calle ven la escena porque se produce ante todos. Pero lo turbador de la escena está en la señora.

 

Ella está peinada, como si no hubiera estado entregada a la limpieza de su casa, pero lo llamativo es que tiene el vestido subido hasta las nalgas, una de las mitades está expuesta a cualquier mirón, y las bragas, en el muslo, casi sin subir. Además, en medio de la parte más intima de la braga había un trozo de trapo de blanco inmaculado, esto que se podría decir que es una compresa, y de cuando las mujeres las usaban de este tipo. Ella leía el mensaje, con la cara seria, y con la niña mensajera atenta a sus gestos.

 

Lo que se veía de la escena, o lo que se comprendería es que estaba en el baño y desde ahí recibió la llamada de la niña y salió a atenderla, sin tiempo a terminar el quehacer íntimo o fisiológico en que estaba comprometida. Era una llamada urgente y salió así, de la guisa que estamos contando. Oh, por favor, ¿cualquiera no preguntaría si no debió haberse arreglado antes de salir? ¿Es normal que saliera a la calle con las bragas a medio subir, con la ropa sin bajarla de todo, y que todos los que miraran vieran la mitad de las nalgas, parte del vello púbico, las bragas y el refuerzo que llevaba para contener qué episodios menstruales? ¿No es normal que se dijera, señores, que no hay noticia que podría impedir que una señora saliera así a la calle, y que, además, permaneciera en ella  con aquella tranquilidad?

 

El cuento de la señora esta incluso parece erótico, o claramente pornográfico. O sea, escandaloso. Cualquiera diría que algo está pasando con la señora, incluso con la niña, y también con los mirones, para que ninguno exija o se comporte con normalidad. Pues esta actitud es la que tienen los guineanos con Guinea Ecuatorial. Hay en este país setecientos cincuenta tíos, comprendido entre hombres y mujeres, que no se fijan en lo que es verdaderamente importante, ni siquiera cuando el país arde ante ellos. Actúan exactamente como esta mujer. Hablarían, incluso, del peinado de ella, pero no se atreverían a decir nada de su desnudez. Que una persona adulta muestre signos claros de enajenamiento mental delante de ellos no les importa, no ven, actúan como si en vez de una paja, o una viga, incluso, tuvieran un bosque entero en los ojos. Nadie ve nada en Guinea Ecuatorial.

 

No es la primera vez que me centro en la incapacidad de los guineanos de ver su realidad. De ello escribí en este mismo blog con el título de El rey desnudo en Guinea Ecuatorial. Como seguimos así, y han pasado unos años desde aquel artículo, vuelvo con ejemplificaciones más contundentes. No sé qué dirán los guineanos de sí mismos sobre esta incapacidad de ver lo importante. Sobre todos estos 750 tíos que hasta verían si la mujer se tiñe el pelo en vez de deplorar su escandalosa actitud.

 

Como cada asunto tiene su «día de mañana»,  nos gustaría saber qué dirían estos 750 adultos cuando la estupidez y los escándalos se hagan insoportables y se estalle ante sus ojos. Nos gustaría estar para conocer si alguna palabra dirían sobre la mujer que, con marciana frialdad, se presentaba desnuda ante ellos y sólo miraban la calidad de su peinado. Y como hay cierta justificación a esta actitud incomprensible, y de ahí que el general-presidente de la dictadura creyera que se debe a la pobreza mental de sus súbditos, que precisamente no son estos 750 tíos, que estos van en cochazos, tenemos que recordar a los guineanos, a muchos de ellos, que pierde la categoría de humano el ser vivo incapaz de rebelarse ante los actos irracionales que se cometen ante su presencia. No se queje nadie, pues, si el día de mañana alguien les niega la condición humana a la que ellos, de manera libre, y a cambio de poder delinquir, han renunciado.

 

Malabo, 2 de abril de 2013

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.