Arcade Fire trabaja para el invierno

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Es bonito observar la cara de felicidad de la gente al ver de cerca a sus artistas favoritos. Ahora mismo, el grupo de rock Arcade Fire tiene la intención de hacer feliz a todo el mundo. Ha empezado por abrirlo (al público) en canal como si ellos, Arcade Fire, fueran hormigas que se abren paso, laboriosas (a través de la pista de un WiZink Center de Madrid espacial), moviendo sin cesar las antenas que son el sentido de la vida. El ritmo hace feliz a las personas. Arcade Fire es como un surtidor de ritmo. Una ritmonera. Y no es por la música, es por el ritmo. Parece una escena de un estupendo musical formícido de Pixar, donde la melodía forma parte de otro relato que está también aquí dentro. Un relato igual de bello, aunque más pequeño.

 

El ritmo provoca una sonrisa. Una sonrisa de hormiga en el hormiguero si vamos a suponer que las hormigas sonríen. Las hormigas tienen ritmo y por eso son felices a su manera. Y están bailando. Arcade Fire siempre están bailando. Cualquiera piensa en Arcade Fire y los puede imaginar dando saltos con sus instrumentos a cuestas. Puede ver perfectamente cómo vuela esa pandereta. La pandereta que sobresale en un caos de instrumentos que va cambiando de manos como si fuera un balón de rugby: esa manera de pasarlo a cuchara con las dos manos al compañero que corre al lado en dirección a la línea de ensayo entre niebla y gritos.

 

Pero no es un campo de rugby sino un cuadrilátero de boxeo convertido en el autobús de un equipo que celebra por las calles su último título. El micrófono es la Copa y el ritmo de “Everything now”, además de la felicidad, es el himno de hoy que tararea esa afición. Nadie se puede resistir. Las hormigas trabajan sin cesar. Trabajan al ritmo del piano y de los violines y también de un oboe que suena como si se hubiera colado, un no invitado feliz y gracioso y preciso. El oboe renacentista de Arcade Fire es como el anciano al que Benny Hill golpeaba en la cabeza calva al ritmo de una tonadilla. Sólo que a veces ese oboe, o esa guitarra, o ese bajo, o esas maracas no son la comedia chusca de ese pobre señor martirizado sino la belleza estética de un Marlon Brando o de una Kim Novak que protagonizaran una gran belleza intrínseca dirigida por Sorrentino.

 

Se ven lágrimas de felicidad. Son las lágrimas vertidas a causa de la belleza. Toda la belleza del mundo está contenida en todos esos cuerpos que se mueven como espoleados por látigos de siete músicos que cabalgan serenamente enloquecidos. Boxeadores que bailan sobre un ring psicodélico que parece elevarse llevando consigo a quince mil personas a bordo. Es la nave espacial que viene a llevarse de vuelta a casa a E.T. Y el público es Eliot, el niño Eliot que llora junto a sus amigos boquiabiertos, que se mueve sin parar mientras los extraterrestres tocan. Hay familias enteras en la Wizink Center atrapadas en su noche propia, con sus propias estrellas en el cielo que evocan rebeliones, vecindarios, dinero sobre los cuerpos, azules eléctricos, suburbios, biblias de neón, señales de vida

 

Todo lo que no se puede imaginar mientras el sonido se introduce por las plantas de los pies y estalla en el cerebro. Hay un nuevo mundo de millones de endorfinas ahí dentro. Suben y bajan. Pululan. Parecen caer para siempre pero siempre vuelven a subir. Es como la prueba de la capacidad pulmonar de los astronautas del proyecto Mercury, pero aquí nadie tiene que soplar. Y se oye glu, glu. Esos tipos del cuadrilátero son astronautas fanfarrones, fornidos, talentosos y rítmicos. No importa que a Win Butler ese sombrero de enterrador le quede tan mal como a Pete Doherty, porque cuando se lo quita resiste el flequillo adolescente empapado cuyas gotas de sudor alcanzan a todas partes como los brillos reflejados de las lentejuelas de su mujer, Regine Chassagne, que chilla como una niña: sprawl, sprawl.

 

Es como un despegue, la expansión de la música, del ritmo, la expansión de la felicidad (la burbuja felicitaria) representada en todos esos niños de los setenta y de los ochenta y de los noventa que saltan sin todo el sentido del mundo, perdidos, subidos como los niños de Peter Pan en la nube de Arcade Fire. Jóvenes concentrados moviendo las piernas y el mentón; mayores con todos sus miembros descontrolados. El amor apareciendo para ser retratado en gestos robóticos, discotequeros. El abrazo furtivo, apasionado, el beso en cámara lenta. El humo de los cigarrillos. Es el confort de las criaturas, el amor, que sobresale de entre el tecno sobrevenido. Las parejas amándose con ritmo, la felicidad. Los amigos que se tocan, que ya no sienten dolor antes del intermedio.

 

En realidad, es un intermedio final tras el grueso de los éxitos de siempre. Lo que se oye es un preludio del fin. Es un embudo, un colador, un agujero de gusano por el que se llega a la luz; el incendio que prepara a todos esos cuerpos felizmente desprovistos de sus almas para el final. Algo inyectado. El somnífero intravenoso para volver a casa queriéndolo todo ahora. Es como una primavera cuando todo eso acaba y aparecen las flores azules, eléctricas, y recuerdan que todo es ahora, otra vez, antes de que todo el mundo se levante, el “Wake up” definitivo que se va marchando y no acaba de irse con los músicos de jazz, los teloneros de pronto en el escenario, en el cuadrilátero, ensayando crochés y fintas con sus saxofones, danzando con sus trombones a cuestas al servicio de los niños que se levantan y gritan como si entonaran borrachos viejas y emotivas canciones de la tierra.

 

Las hormigas se abren paso al fin a través del hormiguero. Bajan de la colina y siguen cantando y tocando entre la gente. Y bailan laboriosamente. Se marchan por la misma herida ya abierta en el público dos horas antes. Nadie quiere irse, sobre todo ellos. Pero se van yendo. Van como alejándose en medio del ritmo hacia las profundidades del hormiguero. Y se nota que no quieren. Son hormigas trabajadoras. Por eso no acaban nunca. Y es primavera. El ritmo sigue, como si se fueran desangrando en vez de morir con un acorde final; y no desaparecen bajo la tierra sino que salen a la ciudad, a Madrid, sin sus instrumentos. Han dejado las guitarras pero sobrevive el ritmo de la tribu que continúa guiando a un reguero encendido e incrédulo de felicidad por la plaza de Salvador Dalí. Arcade Fire no acaba nunca porque trabaja para el invierno. Es bonito observar la cara de felicidad de la gente al ver de cerca a sus artistas favoritos.

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