De los laberintos de la memoria nos llegan destellos inesperados que a veces son como epifanías, remembranzas de universos casi extinguidos y que no siempre, pese a lo escrito por Jorge Manrique, a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor. Aromas de soledad es así una bella y torturada evocación de un mundo rural que, al dictado de un pretendido progreso tramposo, va desapareciendo en un implacable proceso de transformación social con su mecánica de macro números y la emotiva y valiosísima calderilla de emociones y vivencias personales que se desvanecen en la lejanía difusa como fantasmas entre el polvo de arrasados paisajes también espectrales.
Esta hermosa añoranza nada complaciente, pues está erizada por la evocación de injusticias y dolor tanto como de la serena recreación de momentos únicos, es, y no exagero un ápice, el mejor de los espectáculos que he visto a estas alturas de una temporada teatral con demasiadas naderías complacientes y discursivas, exquisitos ladrillos y otros frutos menores aunque anunciados con mayúsculas.

El esqueleto de la función es una bien ajustada tracería de poemas de José María Gabriel y Galán (1870-1905), vigoroso y hoy casi olvidado poeta que consolidó y popularizó su obra en el gozne entre los siglos XIX y XX. Una voz de carácter tradicional alejada de las pirotecnias del modernismo que encendía por entonces los versos de otros poetas y extraordinariamente sensible tanto social como estéticamente a los problemas y vivencias de la gente campesina, sobre todo en la última etapa de su vida. En una carta a su amigo Mariano Miguel del Val, que he encontrado en Wikipedia, le explica: “Sabrás que me he metido a predicador rural: hago unas coplas que yo llamo sermones, casi todas en verso, que recito y declamo los días festivos desde el balcón del Ayuntamiento. Son una vulgaridad estupenda, pero los que oyen lloran, ríen, se entusiasman y aprenden verdades morales: los hago más buenos, que es mi propósito; digo a todos que vivan unidos y que renieguen de la política que es una mentira inmensa…”.
Estos presupuestos modularon la voz de un escritor, en su momento y en los años sesenta del pasado siglo, bastante popular, que escribió algunas de sus composiciones en castúo, una modalidad dialectal extremeña que algunos especialistas emparentan con el leonés. La preocupación social de Gabriel y Galán le llevó a ser uno de los primeros intelectuales que denunciaron en 1904 la pobreza extrema de Las Hurdes e intentó sensibilizar al respecto a Alfonso XIII, que no viajaría a esta región hasta 1922.

El caso es que todos esos ecos se concentran en la primorosa urdimbre de palabras puesta a punto por Raúl Losánez con tanto conocimiento de la obra de Gabriel y Galán como sensibilidad, un ensamblaje entre lo culto y lo popular de gran eficacia dramática que ha sabido entender a la perfección la sencilla pero brillantísima dirección, envuelta en música, de Ana Contreras, atenta al vuelo escénico de las palabras y al murmullo de los pequeños detalles. La visita de una mujer al que fuera un terreno agrícola de sus ancestros desencadena una fluida evocación de la figura de su padre y de esa vida en trance de desaparición; la melancolía es un ingrediente indispensable del proceso, pero también el alborozo, la felicidad vivida, la inquietud y la alerta por la deshumanizada senda que atraviesa la realidad rural.
Además de “una llamada de atención al hombre contemporáneo, que sigue maltratando de manera imprudente el entorno natural”, el espectáculo es, como ha escrito Losánez en el programa de mano de la función, “un canto en clave teatral, poética y musical a la tierra, a la España vaciada y a nuestros mayores; un homenaje al mundo rural, con sus luces… y también con sus pavorosas sombras”. La función incluye, como no podía ser menos, el que probablemente sea el más conocido poema de Gabriel y Galán: “El embargo” ( “Señor jues, pasi usté más alanti…”), escrito en castúo y que suele (o solía) ser pieza obligada en los recitales de cualquier rapsoda que se precie (o se preciara). Hay que ver y escuchar cómo lo interpreta el gran Jesús Noguero, pleno de entereza, pena y rabia, que está estupendo también en todo lo demás igual que otra grande, Carmen del Valle, actriz como la copa de un pino y no tan frecuente en los escenarios como sería de desear.

Les acompaña el estimulante cascabeleo de Nacho Vera, que aporta frescura y perspectiva musical popular a la función con sonidos de instrumentos como un fuelle o la tradicional botella de anís, que también interviene de forma solvente como actor cuando es preciso, y es un acompañante perfecto para el trabajo de composición de canciones preexistentes de Raquel Riaño. Precioso el trabajo de vídeoescena de Violeta Némec, muy evocadora y eficaz la iluminación de Clavija Estudios, y mención aparte para el formidable trabajo escenográfico de Iván López-Ortega, que ha diseñado unas pequeñas carras rebosantes de espigas que marcan espacios y son una especie de pequeños campos que brotan en el escenario. A uno, que ya tiene unos años, le recordaban los trigales de la escenografía de Jon Berrondo para el montaje del lopesco Peribáñez y el Comendador de Ocaña que dirigió en 2002, para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, José Alonso de Santos con Jacobo Dicenta como protagonista. No es mal referente.
Título: Aromas de soledad. Autor: Raúl Losánez (a partir de la obra poética de José María Gabriel y Galán). Dirección: Ana Contreras. Composición y dirección musical: Nacho Vera. Escenografía: Iván López-Ortega. Iluminación: Clavija Estudios (Inés de la Iglesia / Carlos Carpintero. Vestuario: Lara Contreras. Videoescena y ayudantía de dirección: Violeta Némec. Composición de canciones preexistentes: Raquel Riaño. Producción de canciones preexistentes: Óscar Claros. Producción ejecutiva y Prensa: Manuel Benito. Producción: La Otra Arcadia. Intérpretes: Jesús Noguero, Carmen del Valle y Nacho Vera. Hasta el 7 de diciembre de 2025 en el Teatro Fernán Gómez. Madrid.





