Arrodíllate ante Zod

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Por tercera vez casi consecutiva la máquina del trabajo de comida se ha quedado con mi dinero y con mis palitos (en realidad nunca fueron míos) de pan con aceite de oliva...

 

Por tercera vez casi consecutiva la máquina de comida del trabajo se ha quedado con mi dinero y con mis palitos (en realidad nunca fueron míos) de pan con aceite de oliva. En la primera ocasión llamé al número de averías y reclamaciones indicado en la parte superior derecha, donde no respondió nadie, por lo que dejé un mensaje en un contestador que hoy imagino viajando condenado a la deriva por el espacio como los tres malos de ‘Supermán’. La segunda vez observé cómo el mecanismo que libera el producto, como una especie de muelle que se retrae, se cerraba demasiado pronto dejando el paquete prendido por una esquina. No es uno de natural violento, tampoco con los aparatos, por lo que simplemente se limitó a pulsar todas las teclas posibles. Un compañero me vio y se acercó a ver qué pasaba. Cuando se lo conté y observó el paquete de palitos pendiendo igual que una zapatilla tendida (recuerda uno las zapatillas tendidas de su infancia, cogidas por la punta y curvadas al sol de una tarde de verano inmensa sombreada por los pinos) se puso a empujar la máquina con envidiable y esperanzadora soltura, pero nada sucedió y los dos nos quedamos mirando con impotencia aquella obstinación inanimada, esa perseverancia desafiante e invencible como el cardo tártaro de Tolstoi en versión industrial. La última jugarreta de la máquina fue ayer. Los palitos con aceite de oliva comenzaron a moverse sinuosamente y a cantar desde su hogar como sirenas y no tuve más remedio que acudir a su llamada. Yo, un Ulises apocado, débil, me planté delante del expositor escudriñando su aspecto en general, poniendo toda mi atención en el engranaje como si pudiera controlarlo con mi fuerza jedi, que ha sido, es y seguirá siendo una de mis metas existenciales. Saqué mi moneda del bolsillo (tendría que haberla pedido, como Correa a la puerta del juzgado) y la introduje en la ranura con ese último impulso que es como el empujón definitivo y fundamental del bobsleigh antes del deslizamiento a bordo del trineo. No perdí de vista el muelle que empezó a retraerse casi dulcemente hasta alcanzar su máxima apertura, pero mis colines al aceite de oliva (ya se ha dicho que en realidad nunca fueron míos, y probablemente ya nunca lo serán) permanecieron sin moverse permitiendo al muelle cerrarse con una parsimonia mecánica exasperante, casi terrorífica mientras una voz dentro de mí gritaba: “¡Noooo!” con la pasión de un desplome, de una tragedia inevitable. Fue entonces cuando mi yo primigenio encontró sus instintos ancestrales encaramándose como un mono paleolítico a su enemigo acérrimo entre golpes y patadas propinados con la furia del padre simio del conde de Greystoke conquistando su morada humana de la selva.  Pero a pesar de la idea, de la imagen restallando en mis pensamientos, nada pudo hacer la fuerza bruta, una fuerza bruta insignificante, contra el ingenio de la máquina. Hay una época de la vida en que uno constata que ya no será ni tendrá ciertas cosas, como por ejemplo unos palitos al aceite de oliva. Aunque siempre cabe la posibilidad de que explote el planeta Krypton y aquel remoto mensaje en el contestador, al fin libre, llegue cualquier día a la tierra como el general Zod y sus secuaces Ursa y Non.