Artur era una fiesta

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Yo he escrito aquí de Mas como para hacer casi un librito de aventuras. Pero Artur no se acaba nunca como el París de Hemingway. Yo ya llevo unos años con él y me he acostumbrado...

 

Yo he escrito aquí de Mas como para hacer casi un librito de aventuras. Pero Artur no se acaba nunca como el París de Hemingway. Yo ya llevo unos años con él y me he acostumbrado. Así que entiendo que los catalanes, al menos algunos, no puedan vivir sin su presencia. Yo casi tampoco. Artur ya es una figura pop como la del Che, y eso que parecía un convergente. Yo a un convergente siempre lo vi, en la distancia, como a una suerte de noble de aquella Cataluña que era al mismo tiempo española y monegasca y que se terminó como la Belle Epoque.

 

La Edad Media terminó regresando a Cataluña, quizá nunca se fue, y los convergentes se reinventaron en señores feudales, con Romeva ahora de chambelán. Creo que ya lo he mencionado en alguna ocasión, pero en el Govern se reúnen hasta en una mesa redonda: qué mejor imagen no sólo caballeresca sino señera de una política inequívoca de mitos y leyendas. No pasa mucho tiempo sin que se sepa de Artur, que ahora es una estrella de los tabloides.

 

A veces no puedo dejar de pensar en él como en “El Vaquilla”, otro catalán famoso por burlar con insistencia a la ley. Para Artur el imperio de la ley no es nada comparable a su propio imperio, a pesar de que esa misma insistencia esté sirviendo para revelar la verdad definitiva sobre ese nacionalismo suyo a fuerza de no tan sesudas, más bien sencillas y cada vez más repetidas, interpretaciones: una película quinqui.

 

En el fondo el nacionalismo de Artur es como un mueble de Ikea del que él mismo ha escrito las instrucciones después de una noche de romanzas frente al fuego. Ya hay generaciones enteras atrapadas en ese galimatías,  rebosante de errores sintácticos, que en realidad no tiene más que cuatro tornillos, cuatro tacos y unas patas que sin embargo sirven para adornar, por ejemplo, una Diada como si de un clamor se tratase, ese clamor que gusta tanto mencionar a los afines y a los melifluos, y que mantiene las esperanzas de Artur y las lágrimas de Junqueras.

 

Yo le veo en un futuro con programa propio en la televisión como el de Ozzy Osborne y su familia (“The Artur’s”, se llamaría, en Tv3, por supuesto), en el que quizá también aparezcan Junqueras y David Fernández, todos juntos viviendo en una gran mansión mostrándonos las grandezas y las miserias de la vida. Ese quizá sea el epílogo de esta aventura, la existencia azarosa que uno, contemporáneo, sigue casi como un fan para contarla a sus nietos, aunque para entonces el President, quizá amarrado a un caballo por sus huestes, siga en activo porque Mas, como decía Hemingway de París, “es una fiesta que nos sigue, que te acompaña donde vayas, todo el resto de tu vida”.