Asesinato en Monrovia

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“Volvamos ahora a la tristeza de los ojos de Monet. Monet creía que su arte era un arte profético y que estaba basado en el estudio científico de la naturaleza. O, al menos, esto era lo que empezó creyendo y a lo que nunca renunció. El grado de sublimación que implicaba esta creencia queda patéticamente demostrado en la historia de la pintura que hizo de Camille en su lecho de muerte. Camille murió a los treinta y dos años. Muchos años después, Monet confesaría a su amigo Clemenceau que su necesidad de analizar los colores constituía tanto la alegría como el tormento de su vida. “Hasta el punto, continuó diciendo, que un día me encontré mirando el rostro sin vida de mi querida esposa y lo único que se me ocurrió fue observar sistemáticamente los colores, ¡como llevado por un reflejo automático!”.

 

‘Los ojos de Claude Monet’, en El sentido de la vista, de John Berger

 

Este párrafo me lleva al menos a dos lugares: a una mañana en Monrovia, cuando ante nosotros mataron a un hombre a sangre fría y no sólo no hicimos nada por impedirlo, sino que mi mayor preocupación fue cómo contar con extremada precisión lo que había ocurrido para que los lectores de El País lo sintieran con tanta intensidad y vergüenza moral como yo. Entonces intenté servirme de El extranjero, de Albert Camus, como inspiración. El segundo lugar tiene que ver con la mañana del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York: cuando lamenté primero que mi mujer se estuviera perdiendo la foto de su vida (cuando vi desde la terraza de nuestra casa en la calle 28 de Manhattan cómo estallaba la segunda torre), y después las imágenes de Einsenstein, que me vinieron a la cabeza tras la caída de la primera torre y vi a la gente despavorida corriendo hacia nosotros. Mi preocupación era cómo contarlo. Una astilla de hielo en el corazón, como me confesó años después en una entrevista Richard Ford.

 

 

Esto fue lo que escribí para el periódico:

 

Asesinato en Monrovia

15 de mayo de 1996

 

El calor derretía los sesos mientras el mar sucio rompía contra la playa del hotel Mamba Point y apagaba los gritos.

Alguien dijo: “Vamos. Lo van a matar”.

El joven era muy alto y delgado. La sangre le embadurnaba la cara y le encharcaba la camisa azul turquesa. Corría en círculos dejando un rastro de sangre alrededor: gotitas que el asfalto devoraba con parsimonia. Pedía piedad con las manos, pero la jauría de jovenzuelos sólo quería terminar con él. Le golpeaban con la culata de viejos fusiles o le acuchillaban a la carrera como en una corrida popular: con bayonetas brillantes o cuchillos de cocina. Un niño de nueve o diez años quiso ensartarlo con una caña de pescar. El fugitivo intentó abrirse paso hacia nosotros, pero un muchacho sin piedad, tocado con un gorro multicolor de rastafari y con gafas de sol cuadradas, le cerró el paso con un Kaláshnikov, lo hizo retroceder hacia el centro del grupo salvaje y le descerrajó un tiro en el vientre. Fue uno de los asesinatos del día en Monrovia, la capital de Liberia, una de las jornadas más violentas de las últimas cuatro semanas.

La muerte se cotiza muy bajo en Liberia. Basta desembarcar de uno de los helicópteros artillados en la embajada de Estados Unidos -convertida en fortín en tierra hostil-, atravesar los muros coronados de alambre de espino y recorrer tres o cuatro calles para darse de bruces con el mal. Aquí no hay ni ideología ni piedad. El joven linchado en pleno día pertenecía a las fuerzas del Frente Patriótico Nacional de Liberia, la guerrilla del señor de la guerra Charles Taylor, y fue descubierto, agazapado en un sótano, por guerrilleros de la etnia krahn, que ayer desencadenaron una feroz ofensiva contra las posiciones de Taylor en el barrio diplomático de Mamba Point. Pero es inútil hablar de tropas, etnias, estrategia. El puro pillaje y la muerte gratuita son la única razón.

El joven fue apaleado y acuchillado en medio del jolgorio y el delirio criminal de un grupo de muchachos de entre nueve y quince años. Un mínimo festín de sangre en una ciudad coronada por el humo de los incendios. El tiro no acabó con la vida del muchacho. Tendido boca abajo, cada inhalación parecía la última y le desgarraba las entrañas mientras la sangre le subía a los labios y se mezclaba con la tierra. Un niño vestido con falda hawaiana le puso el pie encima, como quien ha cobrado una pieza de caza mayor; otro, uniformado con una astrosa camiseta de la última edición de la Copa del Mundo de Fútbol y un casco de artillero en la cabeza, le volvió de costado para arrancarle el cinturón. Los jefecillos autonombrados generales y con títulos tan vistosos como Tito, Franco, Castro o Fuck me Quick intentan poner un poco de orden en una horda estúpida y sin más porvenir que la destrucción. Nadie se encargó de acortar la lenta agonía del joven partidario de Taylor. En cualquier caso, un liberiano menos.

La guerra civil devora las entrañas de Liberia desde hace seis años. Pero desde el pasado 6 de abril no ha dejado de ensañarse con Monrovia, una capital creada para conceder una patria de redención a los esclavos negros emancipados en las plantaciones del sur de Estados Unidos. Para el experimentado coronel de marines Wayne Forbush, los de ayer fueron “los más intensos y concentrados combates” desde que llegó a la capital liberiana. Forbush, cuyas tropas no abandonan el perímetro de su embajada en tierra desolación y que día y noche vigilan con prismáticos y fusiles de mira telescópica el entorno de la legación diplomática, no cree que ninguna de las facciones en litigio tenga capacidad militar para hacerse con el control de Monrovia.

Según sus informaciones, medio centenar de guerrilleros de la etnia krahn atacó ayer posiciones de Taylor en las proximidades de Mamba Point. Haciendo uso de pequeños morteros, lanzagranadas y fusiles de asalto, la guerrilla krahn logró desalojar a las fuerzas de Taylor de las inmediaciones del campo de Greystone, donde cerca de 20.000 desplazados viven en penosas condiciones. Para Forbush no se puede decir que la batalla de Monrovia se trate de una guerra de posiciones: “Cada facción no pretende conquistar una zona y ocuparla. No se puede decir que un ejército controla propiamente un territorio y lo defiende”. Son saltos más o menos calculados o desesperados, en un toma y daca continuo, en los que prima sobre todo el pillaje y la pura violencia desatada que luego entra en periodos de insólita calma. Por lo general, hay enfrentamientos a primera hora del día. La situación tiende a calmarse a la hora del almuerzo, cuando los guerrilleros han encontrado el modo de estimularse con drogas o alcohol.

(…)

La tarde se abate rápido sobre esta latitud tropical. Frente al puerto de Monrovia, los 365 ocupantes del carguero Zolotitsa soportan en lastimosas condiciones la falta de agua y la imposibilidad de desembarcar.

(…)

Los jóvenes cachorros han encontrado en las armas automáticas la posibilidad de matar sin ningún freno una forma de vida. Liberia se hunde en un mar sucio y sin redención a la vista. La luz se desvanece y el estruendo de las ametralladoras parece celebrarlo una vez más.

 

Foto: Isabel Muñoz.

 

Esto fue lo que escribí en mi Diario:

  

Miércoles, 15 de mayo de 1996

 

Ahora ya sé que es un poco tarde, pero puedo pensar en ello: debía de haber dedicado toda la crónica de ayer a hablar de la muerte de un hombre y dejar fuera todo lo demás: las declaraciones del jefe de los marines y el largo viaje en helicóptero desde Sierra Leona. Debía de haber sido capaz de ver que esa historia de la muerte de un hombre en una especie de corrida popular resume y revela lo más terrible y doloroso de esta guerra civil que desgarra Liberia por sus cuatro costados. Pero sólo hoy me he dado cuenta. Sólo hoy he podido tomar algo de distancia de ese asesinato que cometieron ayer ante mis ojos sin que yo hiciera nada más que ver: testigo impune, cómplice por omisión, por no haber sabido parar ese crimen. Uno se refugia en la escritura pensando que es su forma de intervenir en el mal, de tratar de corregir el turbio estado de las cosas. Y no es suficiente. No basta. El periodismo saca del agua su osamenta oxidada: la de Liberia es otra de esas guerras en la periferia, fuera del orden normal, lo que el Primer Mundo mantiene a fuego lento lejos de sus fronteras.

Ahora ya sé algo que, sin embargo, ayer no supe: primero dar un paso (recuerdo con terror cuando pensé que el joven ensangrentado podía haber corrido hacia nosotros para abrazarse a uno de estos blancos, para intentar salvar la vida), segundo no haberle dedicado todas mis palabras del día. ¿Qué clase de juego cruel puede llegar a ser esto? En este hotel parecemos a salvo del delirio y de las privaciones que campan en el exterior. ¿Hasta cuándo? El segundo día de Monrovia se desmigaja lentamente entre los árboles que filtran la belleza del mar.

Ha soplado la brisa y ha limpiado el mar sucio de ayer.

La lectura de El extranjero me ha acompañado hasta aquí por una extraña y sin duda buscada casualidad: como si de alguna manera sospechara que el absurdo del crimen de Meursault tuviera algo que decirme en Monrovia. Trato de entender las causas de esta y de otras feroces guerras civiles africanas, trato de entender las razones del hundimiento de todo un continente saqueado y esclavizado por Occidente, trato de conocer las razones de las etnias y sus agravios y sus resentimientos, pero hay una violencia que es difícil de descifrar, como el asesinato de ayer ante mis propios ojos, cuando una pandilla de jóvenes juntó su odio, su inconsciencia, su animal interior, su fiereza y su impiedad para acabar con la vida de uno de los suyos. ¿Es más absurdo e inexplicable que el crimen de Meursault? ¿Es más horrible, más humano, más cruel, más inexplicable?

Miro el mar a través de la ventana: una hermosísima luz deslíe la tarde y el mar de Monrovia. Un espejismo. Los tiroteos y los crímenes volverán de un momento a otro. De alguna manera nunca se han interrumpido. Paso la página, leeré un poco, me lavaré el cuerpo, cenaré con mis colegas, reiremos para espantar la desazón y el malestar y el miedo, dormiré, me iré de aquí. ¿Cuál es el sentido de esta vida?

 

 

 

 

Este texto, en gran medida extraído del libro Cuadernos africanos, publicado por Ediciones Península, y convertido en monólogo, fue presentado el pasado sábado en Réplika Teatro de Madrid, interpretado por el autor bajo la dirección de Mikolaj Bielski dentro de los actos conmemorativos del décimo aniversario de fronterad que dedicamos a hablar de la compasión.

 

 

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