Ashjabad

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Tiendo a sentarme junto a las puertas de embarque con nombres preciosos que no se corresponden con mi vuelo. Para la ocasión la elegida es Ashjabad. Las mujeres, de rostros castigados,  lucen llamativos pañuelos en la cabeza; ellos parecen haber vivido doscientos años en las montañas con la única compañía de las ovejas. No hay ni un solo turista y fantaseo en calidad de que podría formar yo parte de la cola que empieza a formarse. Uno elige una ciudad, por capricho o por intuición, y luego siempre termina encontrando el personaje en el que convertirse.

 

Con la misma velocidad con la que el avión se impulsa hacia el cielo, dejo atrás, medio escondidas entre la bruma, las broncas políticas de los últimos días, el polígrafo de la Esteban, la insulsa letanía del cine español y esos extraños grupos de fumadores, arremolinados bajo la lluvia como perros apaleados. Nada de ello consigue importarme y el mundo sigue estando bien mientras haya algún escritor muerto que me lo cuente.

 

El hombre sentado a mi lado me pregunta, dice que para pasar el rato, cuál es mi horóscopo. Resulta que ambos hemos nacido en marzo y que, por lo tanto, nuestro gran problema son los sentimientos. Se interesa también por mi estado civil, el barrio en el que vivo, dónde trabajo y en que bañera he ahogado a los niños. Me habla de la triste vida de un libanés en Suecia, de lo frío que es todo allí, de los hijos de varias mujeres y de que ahora regresa solo por negocios.  Cuando se enciende el aviso de que comienza el descenso suelta, como quien no quiere la cosa, que toda la gente de su generación ha tenido que matar en la guerra. Resucito de repente y con ganas de atizarle con el pasaporte por haberme tenido media hora disertando sobre la estupidez de los peces pudiendo adentrarnos en temas más escabrosos.  Pero he aprendido la lección. La próxima vez que vuelva a sentarme en un avión con destino a Beirut, le tenderé la mano al desconocido de al lado y diré: Hola, buenas noches, ¿y usted a cuántas personas ha matado…?

 

Me gusta pasear por la playa en invierno cada vez que voy a casa. Siempre la misma playa. Siempre el mismo recorrido. Solo se oyen  las olas retumbantes. No creo haber resuelto nunca nada en estos paseos. Pero es quizás el único sitio en el que me reconozco, en el que siempre soy la misma. El mar me agita por dentro, me admira, lo respeto, y sobre todo, como hace muchos años, me hace desear ir allí, hasta donde alcanza la vista, hasta el final.