Así fue marzo

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El libro de Sabrina Duque esboza un país definido por la geografía y la violencia política

El colegio. Los niños entre los niños. Aún hay dudas. Es un experimento que podría fallar pronto. Sin embargo cómo me conmueve verlos correr entre las carpetas de la nueva clase, del nuevo espacio.

Nueva York, a diferencia de Florida, es una historia de precaución y cautela. Las mascarillas son la pauta. Y la conversación, vengo a informar, en uno y otro lugar siempre tiende a girar alrededor de un solo tema. De la charla de unos extraños en Croton Park, reconozco las palabras Pfizer, Moderna. Una conversación telefónica, sobre poesía y traducción, termina con Jhonson and Jhonson.

No se habla mucho del covid sino de la cura, no del problema sino de la inyección.

Mis hijos se suben al auto por la tarde y me enseñan las flores gigantes que han pegado y coloreado en el aula. Compruebo que le hemos perdido un poco el miedo al contacto, al abrazo. Por ahora.

Este mes de marzo he aprendido más sobre Nicaragua. No había escuchado nunca Nicaragüita en la voz de Mejía Godoy, no sabía que las huellas de antiguos nicaragüenses han sido preservadas en lava, que Managua fue delineada alrededor de cráteres, que sobrevivió al magma y las cenizas en 1972. Fantástico libro este Volcánica de Sabrina Duque, en que la historia de un país está atravesada por la violencia: ayer de los Somoza, hoy de los Ortega.

Esta última semana de marzo he conocido a Silvana Estrada. Criada entre padres luthiers en Veracruz, rodeada de violines, la vocación de artista no fue una sorpresa. Sí lo fue escuchar su voz, acompañada por el rasgueo del cuatro venezolano.

Marzo ha estado también acompañado por voces desde la Argentina. Escuché a Kevin Johansen con su banda La Nada, que toca la guitarra (con ritmos en los que a veces se mete Zitarrosa y todo el Uruguay) mientras Liniers dibuja sobre la escena.

Y este mes también comienza a desenrrollarse la idea extraordinaria de la película La Uruguaya, que dirigirá Ana García Blaya (Las buenas intenciones). 1,600 productores han puesto el dinero para adaptar la novela de Mairal. Es una de esas ideas bellas hasta el escándalo que sacan de vez en cuando Casciari con Chiri y Orsai.

Y pasaron por la mesa de noche: Sangre en el ojo de Lina Meruane.  Una exploración del miedo a la enfermedad, a la ceguera, una historia llena de aristas que pinchan: la difícil relación con los padres, los márgenes del amor incondicional. Tres noches estuve enganchado a la lectura de Chicas muertas de Selva Almada. Que lo lean quienes piensen que la violencia de género es solo un tema de moda. Se me queda para siempre la imagen de dos amigas que se bajan de un auto en Paraná, y aún temblando del miedo se abrazan y lloran.

Las elecciones de abril en el Perú me provocan desamparo e indiferencia. No puedo compartir el optimismo con el que viejos amigos están apostando por Verónica Mendoza, candidata de la izquierda. Si bien entiendo que ella representa una coherencia ideológica de la que padecen los otros candidatos.

El discurso pragmático del empresario Rafael López Aliaga, de quien solo he visto una larga entrevista en una radio limeña me genera resquemor. Es otra apuesta (ya probada tantas veces nefasta) por el autoritarismo. Temo que sus palabras vienen cargadas del mismo “sentido común” (algunos caudillos a lo Bolsonaro poseen esa perversa cualidad de mentir sin sonrojarse) que alguna vez lanzó a la presidencia a Fujimori.

López Aliaga amenaza con criminalizar (más) el aborto, luchar contra las conquistas de las minorías sexuales, ordenar el caos peruano con recetas autoritarias. Me parece que tiene más opciones que los otros candidatos que se mueven en esa mazamorra de ideas sin planes a largo plazo que es la derecha peruana.

Temo que entre esas dos figuras, la coherente izquierdista Mendoza y el caudillo célibe-religioso López Aliaga estarán las opciones de los peruanos en segunda vuelta (siempre previniéndolos de mis pésimas cualidades para el análisis político).

Y así fue marzo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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