Atrapada entre Rio y Sampa…

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Tras recibir varias críticas al texto que escribí sobre Rio
de Janeiro, entendí que no supe expresar los sentimientos encontrados que me
generó la Cidade Maravilhosa. Intentaré explicarme mejor. Y estaré igualmente
agradecida de las críticas, sugerencias y comentarios que vengan.

 

Lo que vi y entendí en las favelas cariocas no es muy
diferente de lo que ya conocía en São Paulo, como bien observó mi amigo Peu. Es
sólo que en Rio los contrastes se exacerban, porque en muchas favelas la
situación sigue siendo de guerra abierta más que de paz armada, y porque la
violencia policial evidencia las enquistadas estructuras de segregación social,
y racial, que perduran en Brasil. Aquí Lula avanzó poco, o nada.

 

Mi amigo Binho me dijo una vez que la periferia no es fea,
por mucho que los medios se hayan encargado de presentarla así. Fue esa
belleza, esa alegría, esa solidaridad de la periferia la que me atrapó en
Brasil. Cuando conocí el Jardim São Luis, me impactó el contraste de esa vida
vecinal, de barrio, frente al individualismo y la frialdad del rico Jardim
Paulista. Y las flores en el asfalto, como los saraos de poesía que han
comenzado a sacudir las periferias de la mayor urbe de América Latina. Pero también
entendí las tremendas dificultades cotidianas, las formas de segregación más o
menos veladas, empezando por las cuatro o cinco horas de autobús que pierden
diariamente los trabajadores, en condiciones indignísimas y por 2,70 reales el
pasaje, nada menos. O la frágil situación de paz armada que se vive en algunos
rincones. O las inhumanas condiciones en que vive el medio millón de población
carcelaria, mayoritariamente jóvenes negros y pobres. O ese eufemismo que vino
en llamarse ‘balas perdidas’ y para algunos es otro modo de camuflado
genocidio. O los desalojos en las favelas fruto de la codicia de la
especulación inmobiliaria. Suma y sigue.

 

El reto, como periodista, a la hora de describir la realidad
en la que vivo a quienes no la conocen, es transmitir la belleza sin renunciar
a mostrar esa otra cara. La violencia, la pobreza,  la extorsión, las variadas formas de represión
que el Estado brasileño ejerce sobre una buena parte de la población. Mis anticipadas
disculpas por las veces que, todavía, la mirada europea me siga cegando y me
haga caer en los tópicos. Espero que sigáis ahí para avisarme.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.