Aún caminando. Mientras se camina, el cuerpo y la mente pueden trabajar juntos

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Es difícil imaginar una sociedad civil viable sin la asociación libre y el conocimiento del terreno que implica el hecho de caminar. Una población secuestrada o pasiva no es en realidad ciudadana.

 

El 1 de enero de 1999, a la edad de ochenta y nueve años, Doris Haddock, más conocida como Granny D, salió a ca­minar atravesando Estados Unidos para exigir una campaña de reformas financieras; llegó a la capital del país catorce meses y 3.200 millas más tarde. No fue una coincidencia que escogiera una actividad que requería apertura, compromiso y unos pocos gastos para protestar ante la corrosión escondida de grandes can­tidades de dinero. Los británicos ganaron una batalla distinta, con la legislación del derecho a deambular aprobado en el año 2000, pero solo lo advirtieron al aparecer la nueva agencia nacional de creación de mapas y otras guías, y el surgimiento reciente de áreas rurales accesibles. Las batallas en contra de los dueños de la pro­piedad privada continuaron, pero una buena parte de la isla es ahora más accesible que antes. Otras victorias, para hacer peato­nales las ciudades y repensar su diseño urbano, para dejar a los niños ir caminando al colegio de nuevo, incluso para prohibir automóviles desde el centro de la ciudad los domingos o una vez al año, o todo el tiempo, se han ganado. El nuevo milenio llegó como una dialéctica entre lo secreto y lo abierto; entre lo conso­lidado y lo disperso del poder; entre la privatización y la propie­dad pública, el poder y la vida, y caminar ha estado siempre en el lado de lo segundo.

 

El 15 de febrero de 2003, la policía estimó que tres cuartos de millón de personas tomaron las calles de Londres, aunque los organizadores pensaron en dos millones como una cifra más pre­cisa. Aproximadamente, cincuenta mil caminaron en Glasgow, alrededor de cien mil en Dublín, tres veces esta cantidad en Berlín, tres millones de personas en Roma, cien mil en París, un millón y medio en Barcelona, y dos millones en Madrid. Manifestaciones en Suramérica, en Río de Janeiro, Buenos Aires, Santiago y otras ciudades se llevaron a cabo ese día; caminantes se reunieron en Seúl, Tokio, Tel Aviv, Bagdad, Karachi, Detroit, Ciudad del Cabo, Cal­cuta, Estambul, Montreal, México D. F., Nueva York, San Francisco, Sídney, Vancouver, Moscú, Teherán, Copenhague… Pero solo nombrar las ciudades grandes sería subestimar la pasión en Tou­louse, en Malta, en una pequeña ciudad de Nuevo México y Bolivia, en la tierra de los inuits del norte de Canadá, en Montevideo, Mos­tar, en Sfax, Túnez, donde los que marchaban fueron agredidos por la policía, en Chicoutimi, Quebec, donde la sensación térmica bajó la temperatura a –40°C, en Juneau, Alaska, y en la isla de Ross, en la Antártida, donde los científicos no caminaron lejos pero posa­ron para fotografías antibélicas con el fin de testimoniar que hasta el séptimo continente estaba de acuerdo con ello.

 

La caminata global de más de treinta millones de personas dio pie a que el New York Times llamara a la sociedad civil “el otro superpoder del mundo”. Ese día, el 15 de febrero de 2003, no detuvo la guerra contra Irak, aunque pudo haber cambiado los parámetros de esa guerra. Turquía, por ejemplo, ante la fuerte presión ciudadana, declinó permitir que sus bases aéreas fueran utilizadas para el asalto. El siglo XXI ha marcado el inicio de la era del poder de las personas y de la protesta pública. En América Latina, particularmente, ese poder ha sido muy tangible, derro­cando regímenes, deshaciendo golpes de Estado, protegiendo recursos de especuladores extranjeros, socavando la agenda neo­liberal del Área del Libre Comercio de las Américas, pero desde los estudiantes en Belgrado hasta los granjeros en Corea, los actos públicos colectivos han tenido peso. Caminar en sí no ha cambiado el mundo, pero caminar juntos ha sido un rito, una herramienta y un reforzamiento de la sociedad civil, capaz de resistir ante la violencia, el miedo y la represión. Ciertamente, es difícil imaginar una sociedad civil viable sin la asociación libre y el conocimiento del terreno que implica el hecho de caminar. Una población secuestrada o pasiva no es en realidad ciudadana.

 

La marcha de cincuenta mil personas en Seattle, que culminó en el cierre de la cumbre de 1999 de la Organización Mundial de Comercio, celebrada el 30 de noviembre de 1999, fue el comienzo de una nueva época en la cual el movimiento global se enfrentó a la versión corporativa de la globalización, con sus amenazas a lo local, a lo democrático, a lo no homogéneo e independiente. El 11 de septiembre de 2001 y el derrumbamiento de las Torres Gemelas es la otra fecha usualmente elegida como el tormentoso amanecer del nuevo milenio y, quizá, la más profunda respuesta a ese terrorismo fue la primera: los diez millones de neoyorquinos que cami­naron lejos del peligro juntos, a pie, como ciudadanos familiarizados con sus calles y como seres humanos dispuestos a ofrecer ayuda a los desconocidos, llenando avenidas como una desagradable pro­cesión, convirtiendo el Puente de Brooklyn en una ruta peatonal, finalmente convirtiendo Union Square en un ágora para el duelo público y el debate público. Esos diez mil o cien mil viviendo en público, desarmados, comprometidos e iguales, fueron lo opuesto al secreto y a la violencia que caracterizaba ambos ataques y la venganza de Bush (y una guerra no contada en Irak). Ese gran movimiento antibélico que también ha consistido en grupos masi­vos de caminantes quizá no haya sido una coincidencia.

 

La mejor evidencia de la fortaleza de personas desarmadas caminando juntas en la calle son las medidas agresivas tomadas en Estados Unidos y Reino Unido para controlar o detener por completo a estas multitudes: en la Convención Nacional Republi­cana, en Nueva York, en agosto de 2004, en Gleneagles, Escocia, durante la cumbre del G8 un año más tarde, así como en cualquier conferencia corporativa globalizada desde 1999, ya sea la OMC, el FMI, el Banco Mundial, el Foro Económico Mundial o el G8. Estas cumbres en donde el poder de unos pocos está abiertamente enfrentado al de muchos ha requerido rutinariamente que se construyan estados policiales provisionales alrededor de ellos, con millones de libras, dólares, euros o yuanes gastados en fuerzas de seguridad, armamento, vigilancia, vallas y barreras, un mundo brutalizado en defensa de la política brutal.

 

Pero más fuerzas insidiosas son reunidas en contra del tiempo, el espacio y la voluntad para caminar y en contra de la versión humanística que el acto encarna. Una fuerza es la gota que va colmando el vaso de lo que yo considero “el tiempo entre medio”, el tiempo de caminar a o de un sitio, serpenteando, de hacer reca­dos. Ese tiempo ha sido deplorado como una basura, reducido, y su remanente se ha llenado con audífonos de música y conversa­ciones por el móvil. La habilidad para apreciar este tiempo muerto, el uso de lo inútil, muchas veces parece estar evaporán­dose, como lo hace la apreciación de estar fuera, incluyendo fuera de lo conocido; las conversaciones por el móvil parecen servir como un amortiguador contra la soledad, el silencio y los encuen­tros con los extraños. Es difícil apuntar como culpable a esta tec­nología desde la marcha global del 15 de febrero de 2003, que fue coordinada en internet, pero el uso comercial de la tecnología muchísimas veces va en contra de esas cosas que son libres en ambos sentidos, monetario y político. Otros cambios son fáciles de indicar, factores que mayormente se han intensificado desde los años en que yo escribí Wanderlust.

 

La obesidad y su relación con la crisis de la salud se está con­virtiendo cada vez más en una pandemia transnacional, ya que las personas en más lugares del mundo se están inmovilizando y sobrealimentándose desde la niñez en adelante, una espiral decreciente donde la inactividad hace que el cuerpo se haga menos capaz de activarse. Esta obesidad no es solo circunstancial –en un mundo de entretenimiento digital y aparcamientos, de expansión y suburbios–, sino conceptual en su origen; la gente olvida que sus cuerpos pueden estar capacitados para los retos que se afrontan y es un placer usarlos. Perciben e imaginan sus cuerpos como esencialmente pasivos, un tesoro o un obstáculo pero no como herramienta para trabajar y desplazarse. Cierto material promocional para los segways, por ejemplo, certifica que recorrer distancias cortas en ciudades y hasta en almacenes es un reto que solo las máquinas pueden resolver; la capacidad de solo usar los pies para recorrer una distancia ha sido descar­tada, así como los milenios que existieron antes de las máquinas. La lucha contra este colapso de imaginación y compromiso puede ser tan importante como las batallas para la libertad polí­tica, porque solo recuperando un sentido del poder inherente podemos comenzar a resistir ambas opresiones y la erosión del cuerpo vital en acción.

 

Y así como el clima se calienta y el petróleo se termina, esta recuperación va a ser muy importante, más importante quizá que el “combustible alternativo” y los otros modos de continuar degradándonos hacia la ruta motorizada en lugar de reclamar alternativas. En muchas ocasiones estoy en desacuerdo con los que abogan por los peatones y los que van en bicicleta que creen que la infraestructura lo es todo; que si tú lo construyes, ellos vendrán. Yo creo que la mayoría de los seres humanos en las zonas industriales necesitan repensar el tiempo, el espacio y sus propios cuerpos antes de ser equipados para ser urbanos y peatones (o al menos no motorizados), como sus predecesores. Solo en lugares como Manhattan y Londres las personas –algunas personas– parecen recordar cómo integrar el tránsito público y sus propias piernas de manera efectiva, ética y a veces profundamente placen­tera a la hora de navegar en el terreno de su vida diaria.

 

Escribí Wanderlust a finales de los años noventa en un mundo ya polarizado, y lectores y críticos se quedaron desconcertados de que todo me lo tomara tan a pecho. Quizá fue el placer de leer sobre peregrinajes y paseos de prostitutas lo que les impidió enfa­darse por las formas en las que este libro también resultaba polé­mico ante la industrialización, la privatización de tierras abiertas, la opresión y reclusión de las mujeres, los suburbios, la incorpo­reidad de la vida diaria y otras pocas cosas más. Este libro abrió un gran campo para mí que continúo explorando; en algunos aspectos, mi libro de 2003 sobre Eadweard Muybridge continuó mi investigación sobre la industrialización del tiempo y el espacio y la aceleración de la vida cotidiana que comenzó con Wanderlust; Hope in the Dark se adentró en el poder de los ciudadanos en las calles para cambiar el mundo; y A Field Guide to Getting Lost abundó en los usos de la dispersión y la incertidumbre. Estoy todavía caminando en el terreno de Wanderlust, que fue para mí un mapa del mundo, selectivo como todos los mapas, pero extenso también.

 

Uno de los grandes placeres de investigar y escribir este libro fue llegar a una serie de conclusiones y descripciones en las cuales muchas ramificaciones familiares fueron reunidas. Mientras se camina, el cuerpo y la mente pueden trabajar juntos; el pensar se convierte casi en un acto físico y rítmico –tanto como se divide el cuerpo/mente cartesiano–. La espiritualidad y la sexua­lidad entran en juego; los grandes caminantes, muchas veces, se mueven entre lugares urbanos y rurales de la misma manera; y hasta el pasado y el presente convergen cuando caminas como los ancestros caminaron o revives algún evento histórico o de tu pro­pia vida al desandar la ruta. Y cada caminata se mueve a través del espacio como un hilo atravesando una tela, cosiéndose juntos en una experiencia continua –a diferencia de como los viajes aéreos cortan el tiempo y el espacio, e incluso los coches y los trenes–. Esta continuidad es una de las cosas que creo que perdimos en la etapa industrial, aunque podemos escoger reclamarlo, una y otra vez, y algunos ya lo hacen. Los campos y las calles lo están esperando.

 

 

 

 

Este texto abre la edición en español del libro Wanderlust. Una historia del caminar que, en versión de Andrés Anwandter, acaba de publicar la editorial Capitán Swing.

 

 

 

 

Rebecca Solnit es editora colaboradora de la revista Harper. Desde la década de 1980 ha trabajado en numerosas campañas de derechos humanos –como el Proyecto de Defensa de Western Shoshone a principios de los 90, que describe en su libro Savage Dreams– y con activistas contra la guerra durante la era Bush. Entre sus libros más conocidos destaca Un paraíso construido en el infierno (2009), en el que da cuenta de las extraordinarias comunidades que surgen tras ciertos desastres como el del huracán Katrina. Solnit ha recibido dos becas NEA de Literatura, una beca Guggenheim, una beca Lannan y en 2004 la Wired Rave Award por escribir sobre los efectos de la tecnología en las artes y las humanidades. En 2010 Reader Magazine la nombró como “una de las 25 visionarias que están cambiando el mundo”.

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Autor: Rebecca Solnit