Autoayuda

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El lazo de sangre suele operar como un chantaje. La amistad también. Ignoro por qué el lazo de sangre se cree que no podría operar como un chantaje. El secreto del que hablaba Freud no es lo que uno sabe y los demás no. Ese secreto, justamente, es lo que uno no sabe ni siquiera de sí mismo. Lo contrario del asesino que advierte esa verdad frente al cuerpo sin vida, al cadáver, al muerto que le hablará por el resto de sus días.

 

La ocasión de una cena entre amigos o en familia puede terminar -por diversas razones- en un pequeño desastre que si se arregla, muchas veces dura más que la bienintencionada invitación. Si no se arregla, podría decirse que el problema era de antes, que ni siquiera calculada, una palabra, un dicho, algo, lo que fuera, disparó el incidente, hasta el momento subterráneo, para hacerse visible, no borrarse más, porque pocas veces, pero pasa, las cosas no terminan bien. Creo que no es posible empezar algo sin incluir la posibilidad de que termine -sin pensarlo, sabiéndolo.

 

El lazo de sangre suele operar como un chantaje. La amistad también. Ignoro por qué el lazo de sangre se cree que no podría operar como un chantaje. El secreto del que hablaba Freud no es lo que uno sabe y los demás no. Ese secreto, justamente, es lo que uno no sabe ni siquiera de sí mismo. Lo contrario del asesino que advierte esa verdad frente al cuerpo sin vida, al cadáver, al muerto que le hablará por el resto de sus días.

 

El problema del secreto es conjetural. Los grupos de autoayuda quizá ayuden, pero el producto que generan es un ser en el que la disyunción entre saber y verdad suena natural porque de la indigencia verbal se ha transformado en un muñeco parlante que habla sin parar sin decir nada, sin argumentar nada, refractario al silencio y autoafirmado en una verdad que imagina universal, que niega la disidencia (con conceptos ad hoc) y que es capaz de terminar sus parrafadas convenciendo a los otros, o a muchos de los otros, de la necedad irrecuperable del disidente, que así le va, y con un a Dios gracias.

 

El recuperado -que así le va- ha descubierto a Dios, a la otra mejilla, al bien y al sacrificio.

 

Cruzarse con un recuperado exige paciencia, temple, capacidad de estar solo y cierto blindaje contra la agresión. Esperar que el fascismo cognitivo se le vuelva en contra sería caer en la identificación y sus peores derivados: sentimentalismo, indignación de oferta, mala fe, culto a la memoria de los muertos, fetichismo y lágrimas de cocodrilo.- 

Pablo E. Chacón nació a finales de 1960 en Mar del Plata. Aprendió a nadar antes que a leer. Estudió biología marina, psicología y psicoanálisis. Escribe desde chico. Se fue de la Argentina en 1979. América era el objetivo: Chile, Brasil, Perú, Colombia, México, Estados Unidos. A la búsqueda de los discípulos de Georges Ivanovitch Gurdjieff y Carlos Castaneda, perdió la orientación varias veces -además de apuntes y fotos. Se enclaustró en la universidad y pensó en el periodismo para ganarse la vida. A fines de los ochenta no resultó complicado. Siempre con el objetivo de escribir ficción, ensayos de especulación. Empezó por la poesía. En la Argentina hay muy buenos poetas. Abandonó la poesía, intentó un par de libros de investigación periodística y finalmente acertó con un par de conjeturas, sobre el insomnio y la soledad -mientras termina un escrito sobre el pánico. En 2010, al borde de la muerte, una operación del corazón lo salvó justo a tiempo. Este año acaba de publicar su tercera novela. Adora a las mujeres. Se negó a atender a un represor en un hospital público, de donde lo echaron.