viernes, agosto 12, 2022
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Alfonso Mareschal

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Alfonso Mareschal (Santa Cruz de Tenerife, 1995) es graduado en Derecho y Periodismo; un poco por vocación, un poco por vocativo. A pesar de tener estudios jurídicos, prefiere defender sus causas por medio de la palabra y de la literatura. Sus primeros pasos dentro de un medio de comunicación los dio en Esquire, aunque también ha trabajado en la Cadena COPE y El Mundo, entre otros. Además, es autor de la bitácora digital 'Bloc en blanco', coautor del libro de entrevistas '#SoyPeriodista' (CEU Ediciones, 2019) y editor de la plataforma cultural 'Revista Popper'.

A estas alturas del encierro

A estas alturas del encierro yo ya no sé si el silencio se ha convertido en un sueño o en una pesadilla para mí. Lo único que me vuelve loco es ese silencio cargado de silencios y de celos que no me de deja descansar.

Gritos

La seguridad colectiva, en estos momentos, se consigue vigilando y protegiendo la individual, y no actuando como un policía de balcón intransigente, que es lo que muchos consideran. A fin de cuentas, de poco sirve rasgarse la voz si el contexto no es el indicado.

Vecinos

¿A quién no le gustaría darle una lección a ese vecino que se ha puesto a hacer chapuzas en su casa con el taladro, o a ese otro desconsiderado que no deja de poner reguetón de madrugada? Pero con la certeza de que siempre, pase lo que pase, volverán. Y mejor aún: con la certeza de que, ocurra lo que ocurra, no estaremos solos.

Ventanas

El futuro, que es lo único que importa en cuarentena, es eso que ocurre, paradójicamente, detrás de un cristal. Afortunadamente, las ventanas se han ido convirtiendo, poco a poco, en el reducto de la alegría y de la civilización.

Besos

Las crisis existen -¡gracias a Dios!- para ser superadas. Y si logramos controlar el maldito coronavirus, ¿quién será capaz de negarnos el derecho a celebrarlo con abrazos, risas y besos? Tal vez, así, vuelva su calor a nuestras mejillas, y no sólo sintamos su fragancia. Porque hacía ya tiempo que los besos habían empezado a perder su verdadera esencia y su emoción, y eso tenemos que arreglarlo.

Tics voluntarios

Yo antes no tenía tics. Todo empezó de repente, como ocurre en las peores circunstancias, cuando quise incorporarlos voluntariamente a mi repertorio gestual, y desde entonces vivo arrepentido. Me parecía original poder guiñar un ojo cuando me apeteciera, o arrugar la nariz de vez en cuando aludiendo a un síndrome de Tourette ficticio, pero nunca debí haber empezado el juego. A fin de cuentas, los tics sólo son buenos si son nobles, serios y bienintencionados.