viernes, octubre 18, 2019
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Anunciata Bremón

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Soy coruñesa de nacimiento con un cuarto de portuguesa, recriada en Madrid, de familia numerosa. Estudié Ciencias Políticas porque tenía un poco de todo, iniciando así una trayectoria de dispersión en la que aún sigo. Aparte de otros oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. Mi formación deja mucho que desear: me hicieron odiar las matemáticas –por eso, sin querer, me salto las cifras cuando leo- y memorizar muchos saberes precocinados; menos mal que sobre la marcha descubrí el latín y en general las palabras. El paso por el instituto, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Confieso que soy progre, una criaturita de la Transición. Tengo un hijo estupendo. He publicado un libro en Bubok que se llama, precisamente, 100 Lenguas Est@fadas. Y he plantado algunos árboles…

Montaigne y Gracián, a la greña

Montaigne ensalza la palabra como vehículo del pensamiento, mientras Gracián la equipara al ornato y contrapone a las obras, lo femenino frente a lo masculino. El hablante español tiene la mala costumbre de colocar el verbo poder en multitud de frases en las que sobra.

Regresando al rencor

Leo a veces artículos de un escritor, consagrado y bendecido por el público, las editoriales y la prensa, que siempre me sorprende por el encono que manifiesta contra Valle-Inclán, encono que siempre contrapone a su renovado afecto y admiración por la persona y la obra de Pérez Galdós. Es decir, que para bendecir a Galdós tiene que maldecir al otro.

Palabras, palabros, elecciones

Desolada estoy al ver que uno de los caballos de batalla de ese partido del que usted me habla es el lenguaje políticamente correcto, lo mismito que me pasa a mí. Menos mal que leí en algún lugar que es de personas inteligentes vivir con contradicciones ¡Qué suerte! Comprendo que sea irritante para otros si lo es para mí, aun estando en las antípodas del pensamiento. Pero no son los únicos, qué va. Hoy mismo escuché en la radio a una portavoz de Podemos decir con rotundidad: “Si Iñigo quiere confrontar, desde luego lo puede conseguir”. Entiendo que quiere decir si quiere enfrentamiento, pelea, o enfrentarse (al partido, a la dirección), pero, ¿confrontar? ¿No sabe que ese verbo carece de sentido usado así, como si fuera intransitivo, como si dijera, por ejemplo, desertar, que sí tendría sentido; que hay especificar qué es lo que el sujeto confronta con qué? Item más, usan confrontar en el sentido de “enfrentarse”, pese a que el primer sentido de confrontar es cotejar, poner al lado para comparar…

Lxs trabajadorxs…

…del sexo, repite un artículo que acabo de leer en CTXT (Contexto), un medio al que estoy suscrita. Lo firma una magistrada, está bien documentado y expone argumentos racionales y legítimos sobre el derecho de sindicación de las personas que ejercen la prostitución que en alguna medida comparto, aunque me siga pareciendo –por mi falta de conocimiento del tema- un asunto muy, muy complejo.

En agosto no hay paraíso

Tengo el sueño de un paraíso en la tierra. Tiene que estar en Galicia, supongo que por marcas indelebles de la infancia. Consiste sobre todo en naturaleza: mar o ríos, árboles grandes, viento susurrante, paxariños piadores, vistas hermosas. Y está en una tierra fragante: huele a hierba, a eucalipto, laurel, vacas, buxo, es igual. También incluye personas queridas, y tiempo, mucho tiempo para andar, hablar, callarse, perderlo. Y otras cosas.

¿Quién abarata el pensamiento?

Me impresiona la indiferencia de la mayoría de la gente ante el empobrecimiento y vaciamiento del lenguaje. Aparte de Álex Grijelmo, que fue uno de mis jefes y sigue siendo un maestro desde su columna semanal en El País y sus libros, sólo me siento acompañada por Javier Marías y su permanente irritación, que hay quien llama malas pulgas.