sábado, mayo 8, 2021
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Bosco Esteruelas

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

A vueltas con Javier Marías. En torno a su última novela, ‘Tomás Nevinson’

Algunos consideran a Javier Marías como un escritor anclado en el último tercio del siglo pasado y por consiguiente con el hándicap de no dominar ni plasmar ni el mundo ni el lenguaje del presente siglo. Discrepo totalmente. Marías es atemporal

Fealdad política

Preferiría hablar de libros ahora que acabamos de celebrar la efemérides anual en circunstancias aún excepcionales debido a la pandemia. De la entretenida y última novela de Eduardo Mendoza (Transbordo en Moscú) o de la más dramática y conmovedora de la alemana Esther Kinsky (Arboleda) o del ensayo de la socióloga estadounidense Shoshana Zuboff, cuyo título lo dice todo: La era del capitalismo de la vigilancia...Y sin embargo, la realidad social y anímica gira por desgracia por otros derroteros. Es como cuando en prensa a los redactores nos anunciaba el superior que la noticia que acababa de ocurrir enterraba lo demás.

Imágenes

Bien es cierto que una simple imagen vale más que mil palabras. No estoy seguro si la frase se le atribuye erróneamente a Herbert Marcuse o bien el filósofo marxista norteamericano la copió de otro. Y no me apetece en estos momentos comprobarlo en wikipedia. Ahora que parece que se acrecienta la esperanza de dejar atrás la pandemia gracias a la vacuna, me llaman la atención algunas imágenes que he observado en los últimos días y que a mi juicio subrayan más que nada la soledad de sus protagonistas por encima de la tragedia sanitaria que ha golpeado al mundo. Las hay a millares, cada instante, cada minuto, cada día, pero me han impactado dos.

La memoria

De niño escuchaba de alguno de mis compañeros que la memoria era la inteligencia de los tontos. De joven ni siquiera me planteaba sobre su gran utilidad con esa rebosante seguridad y autoestima que uno tiene en ese tiempo. Me funcionaba muy bien y eso me bastaba para ejercer mi profesión. De mayor comenzó a resquebrajarse, a crear lagunas en mi mente y a causarme malas jugadas. Aceptar el hecho no siempre es fácil, incluso cuando forma parte del progresivo e inexorable deterioro mental y físico de todo ser humano.

Independencia

Acabo de terminar la lectura de Independencia, la última novela de Javier Cercas tras su premiada Terra Alta, en ese su nuevo estilo de género policial o novela negra al que parece haberle cogido gusto y que anuncia va a continuar. La verdad que es un libro trepidante, que atrapa al lector desde la primera página y que rezuma trasfondo político, evidentemente muy intencionado. La publicación coincide con la última charlotada del nacionalismo catalán, incapaz de ponerse de acuerdo para formar una coalición de gobierno a dos o a tres. Qué más les dará a ellos. Si resolvieran el problema dejarían de existir. Su razón de vida está precisamente en alcanzar esa Arcadia aún sabiendo que una vez lo consiguieran continuarían tirándose los trastos a la cabeza entre ellos sin desprenderse de su papel de víctimas del Estado.

AA

En este nuevo mundo pandémico que vivo desde hace un año sobrevivo fundamentalmente gracias a la lectura y el cine. No queda otra. La vida social la tengo muy restringida y los viajes, que tanto colmaban mis ilusiones pre-covid 19, los tengo por ahora congelados. No sé qué hacen los demás, cómo llenan su tiempo y si trastean para sortear los protocolos que de manera errática nos marca el poder establecido. Asusta a veces la improvisación de quienes nos gobiernan y observar que esos vaivenes de timón no se registran únicamente en mi país, sino en otros sobre el papel más serios. Pienso, por ejemplo, en el giro dado en menos de 48 horas por el gobierno de Angela Merkel relajando medidas o la decisión del tribunal constitucional alemán de bloquear temporalmente los 750.000 millones de euros en préstamos y ayudas directas aprobados el verano pasado por la UE para combatir la pandemia. Más sufrimiento y más empobrecimiento para los tildados países derrochadores frente a la frugalidad de los del norte. Una vuelta de tuerca más para el descreimiento de quienes no creen en Europa y que sólo piensan en ella cuando suena el himno de la Champions.

El show de Harry Truman

Cada día barrunto más que Pablo Iglesias e Isabel Díaz Ayuso son dos personajes de ficción, que no existen aunque aparezcan en mi televisor. En mi fantasía los veo incluso formando pareja artística o hasta sentimental. Pero por desgracia, mi otro yo, el real, el verdadero, el auténtico me asegura que son de carne y hueso, que son como dos animadores antagónicos que jalean a las masas, que las crispan y exigen que se decanten por azules o rojos.

La mala educación

Hace unos días en la consulta de mi oculista, un hombre cordial y parlanchín, una vez terminada la exploración ocular nos dedicamos a charlar sobre el deporte nacional: la política. No nos pusimos de acuerdo como por otra parte es natural. No va en nuestra esencia hispana admitir lo que dice nuestro interlocutor. Yo sostenía que lo más importante para que un país funcione es la sanidad. Él, en cambio, discrepaba y consideraba que lo primordial estaba en la educación. De esta última no vamos muy sobrados, más bien lo contrario; de la segunda, pensábamos que estábamos entre los mejores pero la pandemia nos ha sacado los colores por la falta de recursos hospitalarios.

De borrón en borrón

Hoy vi las imágenes de la furgoneta incendiada por los alborotadores con un mosso en su interior, que salió vivo de milagro en los disturbios de Barcelona este fin de semana. Escuché algunas voces que gritaban “que se queme, que se queme”. Eran voces de chicos jóvenes, que no me queda claro por qué protestaban. La CUP, los anticapitalistas indepes, ponen como condición para entrar en un gobierno catalán nacionalista que desaparezca la brigada antidisturbios de la policía autonómica. Ya puestos, sugeriría que desaparecieran las fuerzas del orden público para así disfrutar gratis desde el sofá de mi salón de películas de terror. Mientras no me afecte a mí, que siga la fiesta, diría un cínico. Y yo todavía no lo soy, aunque me falta poco.

Víctimas y verdugos

Se estima que más de seis millones de judíos murieron durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), de los cuales cuatro millones fueron gaseados en los campos de concentración nazis. A vueltas con la historia, me llamó la atención que hace unas días una joven de un grupo falangista dijera durante un acto autorizado en el madrileño cementerio de La Almudena de homenaje a la División Azul, que la culpa “de nuevo está en el judío”. Más tarde quiso matizar sus palabras al indicar que no se refería al semitismo en general, sino a lo judío en particular. No me quedó muy claro el matiz. Seguramente ni a mí ni a nadie, pero sí me impacto ese “de nuevo”, como si me estuviera explicando (¡?!) que son ellos, una vez más, los causantes de nuestros males.