martes, diciembre 1, 2020
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Bosco Esteruelas

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado tres novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012) y "Retorno a Zumaia" (2014), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

Final

Kicking Trump out. Echarle a patadas. Eso es lo que parece que han hecho 74 millones de norteamericanos con el voto al apoyar al aspirante demócrata Joe Biden, el mayor apoyo a un presidente en las urnas en la historia de Estados Unidos. Pero no olvidemos que más de 70 millones (siete millones más que en 2016) se decantaron por el todavía inquilino de la Casa Blanca. Concluye así una tragicomedia de espera de cuatro días de recuento para conocer un ganador, lo cual abochorna al país. Y el espectáculo promete tener aún coletazos pues el perdedor no admite por ahora la derrota, sigue hablando de fraude electoral y anuncia demandas en varios Estados a partir de ya mismo.

Entretanto

Infierno o paraíso. El actual inquilino de la Casa Blanca está dispuesto a morir políticamente matando. Tiene la esperanza de que al final la paralización del escrutinio en más de un Estado o el recuento de nuevo en otros le aferre al poder. Aunque su oponente, el demócrata Joe Biden, y sus asesores comienzan a sonreír, nada está aún dicho sobre la conclusión de las elecciones norteamericanas.

Durante

Time to cry. Qué madrugada más penosa. Despertarme a las ocho de la mañana y ver su rostro de satisfacción chulesca amenazando con llevar el caso al Supremo para que detenga el recuento del escrutinio y anunciando que su rival puede estar cometiendo fraude. No por previsible el guión me resultaba menos deprimente. ¿Qué carajo de país es ese llamado Estados Unidos de América, la primera potencia mundial, el imperio americano, que tiene un líder impresentable, matón e ignorante a quien en estas elecciones le han respaldado más de 60 millones de votantes? No llego a comprenderlo. En fin, el voto es soberano y el pueblo es sabio. Y yo cada día me siento más estúpido y más perplejo por lo que sucede en este mundo.

Antes

Time to go. Ha llegado el momento de que se marche. Por el bien de Estados Unidos y del mundo en general. Y hasta de mí mismo, que soy una hormiga humana y no estoy en ningún sanedrín del poder. Voy a tratar de evitar el nombre del 45º presidente de Estados Unidos en este artículo. Denigra a la primera potencia democrática mundial y resulta inconcebible que este millonario de la construcción y de la telerrealidad haya podido llegar a la Casa Blanca, haya estado contra viento y marea cuatro años en ella y aspire en las próximas horas a renovar su mandato. Dios o la Providencia no lo quieran.

Las consecuencias (y 11)

Jornada de puertas abiertas. Primer día de la nueva normalidad o mejor dicho, de la nueva anormalidad, mañana de terror y susto ante lo que vieron mis ojos cuando abrí la puerta de la cocina para averiguar de dónde procedía la escandalera. El panorama era como el de una habitación que estuviese siendo gestionada por un humano de corta edad: un par de sillas volcadas, la radio encendida, la puerta de la nevera abierta y por el suelo rodando plátanos, melocotones, cerezas, rodajas de melón y un cartón de zumo de naranja tumbado y con el líquido pringando las baldosas. En la mesa, un cartel de medio tamaño escrito en mayúsculas y creo que en inglés.

Las consecuencias (10)

Qué próximo estaba el final o al menos eso es lo que intuía. Sin embargo, estaba rodeado de obstáculos, de trampas que dificultaban su alcance. La cabeza me dolía a rabiar. No estaba seguro si era eso lo que me sumergía en el abismo de las alucinaciones. En mi mundo ya no se oían ruidos como antes. ¿Dónde estaban los vecinos de arriba? ¿Y los de abajo? ¿Y el conserje del edificio? Ya no subía para traerme amablemente un paquete de libros encargados. Y peor aún: la discreta y eficiente ama de llaves tampoco daba señales de vida.

Las consecuencias (9)

La extraña y breve reaparición de mis padres, que hasta lo que yo me acuerdo nacieron españoles pero, al parecer, ahora eran una feliz pareja residente en Shanghai (China), provocó en mí un torbellino de sentimientos encontrados con el consiguiente peligro de que se rompiera el débil hilo de mi equilibrio nervioso. La fiebre no remitía, el catarro tampoco y las pesadillas, incluso lúcido, se habían convertido en mi acompañante habitual además del mar.

Las consecuencias (8)

Apenas pude atender a mi psicoanalista McFarlane y sus dos acompañantes, miss Kingston 2008 y miss Montego Bay 2007, recuperadas ya de sus quebrantos viajeros durante su breve estancia en mi ciudad accidental. Yo seguía inapetente y con fiebre alta, así como con problemas de sueño y alucinaciones. Cuando nos despedimos le dije dramáticamente al seguidor de Freud y Lacan: "A lo mejor no nos volvemos a ver más. Les agradezco mucho su visita y, ustedes, señoras, acepten mis disculpas por no haber podido hacerles de guía".

Las consecuencias (7)

Cuando apareció en casa él con dos mujeres negras de media edad se me cortó la respiración. Al principio creí que era una alucinación, una más de las muchas que estaba sufriendo en tiempos del coronavirus y especialmente durante el último mes. Pese a que lo veía en la pantalla de la tablet con regularidad no lo identifiqué y aún menos a ellas, que me parecieron como dos sombras venidas del mar del Caribe. Una vez recuperado del susto recordé que Joseph-Marie McFarlane me había anunciado una próxima visita tan pronto se abrieran las fronteras y se reanudaran los vuelos. Ninguna de las dos cosas se habían aún producido con lo cual opté por no preguntarle con qué medios arribó a mi ciudad accidental.

Las consecuencias (6)

Pasé unos días recluido en cama. Tenía fiebre alta y un inoportuno catarro que me dejaban desganado sin ninguna apetencia más que la escritura. No estaba seguro si vivía en la realidad irreal que comenzó a mediados de marzo, en la nueva realidad anunciada en plena crisis por mi gobernante o si definitivamente había entrado en un ciclo de sueño del que ni podía ni quería salir a la superficie. Es decir, a la lucidez anterior.