jueves, septiembre 29, 2022
Autores Publicaciones por Bosco Esteruelas

Bosco Esteruelas

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

Hasta luego, Roger

Dudé si quedarme a ver la despedida. Estaba cansado y un poco triste viendo como otro referente de mi vida se marchaba. En el caso de él, afortunadamente, se trataba de una retirada profesional a diferencia de los otros históricos y menos históricos que en este tórrido verano emprendieron el camino de la montaña oscura sin siquiera avisarme. Me hicieron daño involuntariamente, pero me causaron igual dolor como el que me causó lo de anoche en Londres cuando Federer nos anunció a sus miles de seguidores que no era un día para estar triste, sino para sentirse feliz rodeado de tantos familiares, amigos, conocidos y público que ha amado su tenis, su elegancia en sus golpes y sobre todo su educación en la pista respetando siempre al rival.

Javier Marías

Escribo irritado y apesadumbrado por la muerte de Javier Marías. El escritor madrileño, que en octubre cumpliría 71 años, fue para mí un gran referente literario contemporáneo del que tanto aprendí en sus libros y sus columnas dominicales. Las echaba de menos cuando se tomaba un descanso en agosto. Esa ausencia todavía me pesó más este septiembre al notar que su firma dejó de aparecer en la última página de la revista dominical de El País y me enteré que había enfermado de una afección pulmonar. En una de las últimas y pocas entrevistas que concedía confesó recientemente que durante años pensó que no viviría demasiado. Desgraciadamente ha sido así.

Ora et labora

Soy de los que pretenden escribir sin realmente saber qué contar porque realmente no tienen nada qué contar. Ni ahora ni nunca. He empezado a leer el último libro de Enrique Vila-Matas, Montevideo (Seix Barral) y me llama la atención cuando habla de sus andanzas parisinas que en un cierto momento anunció a sus conocidos que había dejado de escribir. ¿Ah, pero tú escribes?, le contestaban con cierta acidez. Ahora escribimos todos con la pretensión de publicar y aspirar a tener éxito y con la convicción de que “lo nuestro” es singular, peculiar, entretenido y excitante. Los sabelotodos sentencian que la literatura ha muerto hace más de un siglo y que ya todo está dicho. En cualquier caso, para algunos, entre los que me incluyo, es la tabla de salvación y casi la razón de existir.

Felicidad o infelicidad

Desde que regresé a mi ciudad accidental ando metido en la puesta en práctica de conceptos tan subjetivos y antitéticos como la felicidad y la infelicidad. Si observo y escucho a mi alrededor sólo oigo quejas, frustraciones y pesimismo. Quizás deba ampliar el campo de visión. Que si nuestro conducator es un mentiroso compulsivo, que si el jefe de la oposición es más de lo mismo, que si los indepes sufren de bipolaridad y los abertzales de machismo, que si la inflación está acabando con nuestros ahorros, que si la mala educación abunda por todas la esquinas, que si no hay suerte en el amor, que si el jefe nos tiene inquina o que si el Barça es un tramposo con sus palancas. La mayoría de los “lamentosos” no dudan en concluir que la culpa está en los demás y no en ellos. De esta forma, nos quedamos tranquilos con nosotros mismos.

De la grandeur al desencorbatamiento

Yo tengo a mi edad varios problemas además de inventame palabras como “desencorbatamiento”. Uno de ellos es que padezco descreimiento generalizado hacia todo aquel que ejerce poder. En particular me pone bastante nervioso hasta causarme urticaria, que alivio luego a base de crema mental, el primer ministro español, legítimamente elegido primero gracias a una moción de censura contra su antecesor y luego en las urnas. Hasta aquí nada que objetar. Sin embargo, mi mal surge y se recrudece cada vez que se dirige a mí con una propuesta o culpando a otros de sus y mis problemas.

El puto amo

En estos tiempos impúdicos, uno le cuenta su vida hasta al conserje del exclusivo y parisino hotel de Crillon apostado a la puerta para preguntarle cómo entrar en el museo de la Marina, el guardamuebles del rey Luis XV donde la familia catarí de los Al Thani ha invertido con la prepotencia que les caracteriza en una lujosa galería de nuevo cuño. Unos pocos metros más allá hay que arrepentirse por la culpa de no haber hecho demasiado en estos tiempos para reducir la brecha social y le doy un billete de 20 euros a un harapiento africano tumbado en una de las esquinas de la rue Royale, que ni siquiera lo agradece. Yo en su lugar tampoco lo haría. Distraído, un turista golpea el platillo de su mendicidad y saltan por el aire las cuatro monedas que ha logrado reunir esta mañana. Tampoco abre la boca. Incluso a lo mejor está muerto. Nadie lo echará de menos.

Una tarde en el cementerio parisino de Père-Lachaise. En memoria de Patxo Untzueta

Decidí la primera tarde del verano visitar el cementerio parisino de Père-Lachaise, ese legendario camposanto donde están enterrados dos centenares y medio de personalidades de las artes, las letras y de la política así como un centenar y medio de los sublevados de la Comuna de París, cuyos cuerpos reposan en el llamado Muro de los Federados. Nunca antes en mis viajes a la capital francesa había visitado el lugar, construido al inicio del siglo XIX y que lleva el nombre del confesor del rey Luis XIV. Aquella tarde, apenado por lo que se iba a producir en cuestión de días, tomé el metro con el deseo, infructuoso e imaginado deseo, de que mi amigo y yo diéramos un paseo largo y tranquilo por las innumerables callejuelas que componen las más de 40 hectáreas de ese lugar rodeado de árboles y jardines. Allí reposan Balzac, Apollinaire, Molière, Wilde, políticos extranjeros como Godoy, Largo Caballero o Trujillo o figuras contemporáneas como Édith Piaf, juntos a sus amantes, Yves Montand y Simone Signoret o Jim Morrison. Decididamente, pensé sin importarme la lluvia fina de verano que mojaba mi chaqueta, hay lugares que inspiran serenidad por su inmensa belleza y entre los cuales están los cementerios. Tal vez estaré enloqueciendo o viendo cómo el final se aproxima.

Desafección

Cuando era un joven adolescente combatía y soñaba para que en mi país terminara la dictadura y se pudiera ejercer el derecho al voto y en definitiva gozar de la libertad que otros países de mi entorno tenían. Con la madurez y por diversas razones que no viene al caso desatendí la cita con las urnas y ahora ya en mi ancianidad continúo descuidando hacerlo pese a que sigo con enorme interés el desarrollo de la política nacional y extranjera.

En tiempos de guerra

Qué veloz es el tiempo, más todavía cuando la edad pesa. El humano es el ser que mejor se acostumbra a cualquier circunstancia imprevista. A la suerte o a la desgracia. Al éxito o al fracaso. A la riqueza o la pobreza. A la justicia o la injusticia. Incluso a la pérdida de una persona querida, aun cuando nos parezca que el dolor no será soportable. Tres meses han pasado desde el día aquel que Vladímir Putin anunciaba con descaro una operación militar especial en Ucrania para acabar, según él, con una pandilla de nazis y corruptos. Y ya nos hemos acostumbrado.

Un mundo de insania

Siempre me pregunto qué lleva a un individuo cualquiera a cometer atentados brutales o a asaltar obras de arte. Quizá no sea otra razón que la de llamar la atención o incluso expresar la atracción o el amor hacia alguien que no le presta interés. Ese fue el móvil de John Hinckley, quien enamorado perdidamente de la actriz Jodie Foster, a la que enviaba sin respuesta cartas cariñosas, decidió disparar a la salida de un mitin en un céntrico hotel de Washington en marzo de 1981 al presidente Ronald Reagan, quien escapó milagrosamente de la muerte. Hinckley, hijo de una familia acomodada de Oklahoma, va a recuperar la libertad en estos días después de 41 años de reclusión. En realidad, se encontraba en arresto domiciliario desde hace tiempo, Ahora, el agresor de Reagan, al que le gusta la guitarra, anuncia un concierto suyo antes de que termine el mes.