sábado, mayo 21, 2022
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Bosco Esteruelas

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

La culpa no fue mía

No recuerdo bien cuándo empecé a culpar al otro de mis errores. Desde luego hace muchísimo tiempo. Observaba que yo no era el único. Imitaba e incorporaba esos patrones de conducta. Al principio me fue bien. Dormía tranquilo pues consideraba que era coherente. Si fallaba siempre había una explicación ajena a mí. Era una especie de complejo de culpa externa, pero nunca interna. Conforme pasó el tiempo debí madurar aunque fuera un poquito y reflexioné concluyendo que tal vez no era todo tan sencillo. Pero qué bien me fue la cosa. Sinceramente. Ay, hasta que conocí a Sigmund y sin yo darme cuenta dio la vuelta al calcetín revolviéndome las vísceras. Puso todo patas arriba. Maldito loco judío. Vinieron las lecturas, el cuestionamiento de mi educación, la identificación con ideologías opuestas en las que pensaba estaba la felicidad, la incorporación a una profesión excitante, interesante y necesaria para denunciar desmanes pero que no me llenaba, los fracasos sentimentales, la escritura, la ironía, el cinismo y el descreimiento. Un día una voz neutra e invisible me anunció: Buenos días, asocial. Bienvenido al club del que difícilmente se sale, el club de la insatisfacción permanente. Me encontré sobre la mesa un catálogo de habitáculos, especialmente diseñados para gente clasificada en esa categoría. Algunos eran paradisíacos pero a precios prohibitivos. Otros más asequibles a mi economía. La empresa Asocial Tú, una multinacional off shore, garantizaba en el folleto silencio y distanciamiento. Opté por una cueva marítima y allí es donde me pilló la catástrofe que nos ocupa, nos preocupa y que temo sea compañera no deseada por mucho tiempo. Ya digo, el tiempo transcurría y era maravilloso encontrar respuesta a mis frustraciones : la culpa no estaba en mí sino en los demás. Era la teoría del sí, pero, la teoría de la justificación y de la autocomplacencia. Si yo suspendía alguna asignatura era debido al profesor, si el país hacía aguas era por culpa de un pequeño y malvado dictador, si en el trabajo no me entendían era por la estupidez de mis superiores, si me metía una castaña con un amor poco correspondido era porque la otra parte no estaba a mi nivel, si me divorciaba no era porque yo lo busqué. Y así ad infinitum. ¿Por qué me digo todo esto hoy? Seguramente, porque es difícil encontrarme con alguien que admita un error o que incluso si lo admite me suene sincero. Y si se trata de figuras públicas con poder, ni lo cuento. Me desperté con un terrible dolor de cabeza esta mañana después de todo lo que en mi realidad irreal había experimentado el día anterior: la huida en barco de la familia Borbón Ortiz acompañados de los eméritos, la proclamación de la república y la convocatoria de elecciones para elegir un nuevo jefe de Estado. El cóctel de tranquilizantes que ingerí hizo de las suyas. No sé qué hora podía ser porque el móvil decidí tirarlo el váter para impedir que me colocaran, sí o sí, una aplicación que controle mis movimientos. El caso es que me pareció escuchar de madrugada golpes en la puerta de nuevo. Pensé que podía ser alguno de la campaña de los candidatos presidenciales tratando de conquistar al desconcertado ciudadano que era yo, asocial y no censado. Abrí en pijama, con ojos legañosos y una alborotada cabellera encanecida que crece y crece conforme se prolonga el confinamiento. Se trataba de Ramón, el conserje del inmueble, quien con lágrimas en los ojos se excusaba por no haberme entregado la papeleta de otro de los aspirantes a Niceto Alcalá-Zamora el día anterior. "Créame, no lo hice aposta. Se me cayó por la ranura del ascensor. No hay malicia de mi parte", me dijo. "No se preocupe por Dios. Estas cosas nos pasan a todos y más en estos días, días de cambio histórico", le respondí para tranquilizarlo. Me dio las gracias y a punto estuvo de infringir el protocolo de saludo. Me retiré a tiempo. En eso estoy ya muy entrenado después de haber vivido en Japón. Vi la papeleta que me faltaba. Era la del candidato a presidente de la república por Unidas Podemos, Juan Carlos Monedero. No sentí ni frío ni calor y hasta cierto punto me pareció lógica. Es verdad que el día anterior cuando revisé las papeletas reparé en que faltaba la del partido de Iglesias. Pensé que éste había al final decidido apoyar a Bono persuadido por Zapatero: "Es lo mejor, Pablo. Unimos fuerzas y llevamos al Palacio de Oriente a un hombre de izquierdas, aunque es mucho decir tratándose de Pepe". Y volví a la cama intentado digerir lo que estaba ocurriendo. Me puse los tapones porque los de arriba o los de abajo comenzaban a hacer ruido como de mudanza. A lo mejor estaban preparando su exilio. No tendré esa suerte, me dije lanzando una blasfemia. Al despertarme fui raudo y veloz al salón para enterarme de la noticia. Encendí la tele y apareció un programa de gimnasia, zapeé otros canales y me topé con el 24 Horas. Allí estaba el presuntamente derrocado Rey, sonriente, en una audiencia que el día anterior había mantenido en su despacho con el ministro de Agricultura. Empecé a perder los nervios, algo relativamente fácil en mí. Entré en la cocina, prendí la radio y oí a Gabilondo reprendiendo a Iglesias por el tuit que al parecer escribió ayer elogiando la república y manifestando que no quería tener un jefe de Estado vestido de militar. Olvida el señor Iglesias, que ahora cuando habla lo hace como vicepresidente de gobierno, que prometió acatar la Constitución desde el primero al último de sus artículos y que las Fuerzas Armadas están sujetas al poder civil, afirmó el veterano comunicador. No recuerdo bien cuándo empecé a culpar al otro de mis errores. Desde luego hace muchísimo tiempo. Observaba que yo no era el único. Imitaba e incorporaba esos patrones de conducta. Al principio me fue bien. Dormía tranquilo pues consideraba que era coherente. Si fallaba siempre había una explicación ajena a mí. Era una especie de complejo de culpa externa, pero nunca interna. Conforme pasó el tiempo debí madurar aunque fuera un poquito y reflexioné concluyendo que tal vez no era todo tan sencillo.

Jolgorio con olores de república

Mis últimas veinticuatro horas han sido de infarto. Se han acumulado tantas personas, tantas imágenes en esta realidad irreal en la que vivo desde hace un mes que tengo miedo de sufrir un ataque cardíaco, tener que abandonar la cueva en camilla y que se descubra que soy asintomático. Los síntomas son siempre los mismos: vértigos, desorientación y alucinaciones. Demasiada fantasía en esa cabeza enferma, diría si viviera mi padre, siempre él tan amable y comprensivo con los males de su retoño menor en circunstancias complicadas.

Obsesiones

Quien manifieste no haber tenido obsesiones en algún momento, y ahora más que nunca en la catástrofe que estamos inmersos, pienso que se engaña. Yo las he tenido y las sigo teniendo con mucha frecuencia. El peligro es que deriven en una neurosis. Aunque bien mirado, qué importará si he llegado a ese estadio con todo lo que está cayendo.

Pascua florida

Pascua florida aunque en mi guarida las flores están cada vez más mustias. Es un problema de riego. No doy con el término medio. No consigo calibrar la intensidad como con tantas otras cosas que me acontecen. La cristiandad celebra la resurrección de Jesucristo y se congratula por ello. Nos felicita y nos desea buena Pascua. En varias comunidades la celebración prosigue el lunes. Recuerdo cuando vivía en Italia. Festejaban la Pasquetta. Lo hice un par de veces en casa de la madre de una novia de Cesena que tuve por entonces. Terminaba el ágape con gran pesadez de estómago. No sé si por el atracón de cordero y dulces o por tener que soportar durante tres horas a esa buena señora, que hoy seguramente está criando malvas.

No sé cómo vengarme de este año maldito

Cada vez que escribo la fecha e identifico el año en el que vivo mi reacción mezcla el terror con la rabia y el dolor. Y últimamente hasta con un deseo inconfesable de venganza sin saber dónde poner el punto de mira: en mí, en la sociedad, en nuestro modo de vida. No lo sé bien. Qué candidez la mía al pensar que éste iba a ser un año bonito, triunfal y viajero. Me gustaba cómo sonaba. Era, además, capicúa y bisiesto. Yo estaba dispuesto a salir de la cueva marítima, a relacionarme más, a encontrar nuevos amores y en definitiva a ser más sensible y solidario con el otro. Dispuesto a escuchar, a sentir la diferencia del prójimo y a meter en un cajón el absurdo narcisismo que tengo y pienso que tienen mis congéneres para esconder nuestra debilidad y nuestra inseguridad.

Viernes Santo

A las ocho de la tarde en mi edificio salen los vecinos a la terraza para aplaudir y escuchar la Marcha Real, que uno de ellos siempre tiene preparada en su reproductor. Creo que les gusta más lo segundo que lo primero. En el vecindario hay griterío de mayores y pequeños. Natural. Empiezan a notar la fatiga y la frustración de casi un mes de reclusión. No me atrevería a decirles que ni he aplaudido ni tampoco he cantado el himno nacional. No quiero problemas, aunque esta tarde tengo una buena excusa. Sufro una jaqueca de campeonato desde el mediodía que todavía no remite pese a los analgésicos. Tal vez la escritura sea un remedio más eficaz y me la alivie. Voy a probar. Me he despertado contento por las noticias procedentes de Bruselas. Volveré a poner Unión Europea con mayúsculas, pero con mucha cautela. La misma con que afronto la tendencia descendente de la curva del coronavirus. Hay mucha letra pequeña en ese medio billón de euros de ayuda de emergencia sin condicionantes acordado por el Eurogrupo. Queda aún bastante camino por recorrer para que los líderes europeos comprometan a medio plazo otro medio billón para un plan de reconstrucción de la UE. Sin duda, los ministros de Economía debieron salir avergonzados de las dieciséis horas que duró la primera reunión y a más de uno le tuvo que sentar mal la cena pese a los chistes. Eso sí que sería un gran Plan Marshall a la europea. Parece que ya se ha entendido que la pandemia es global y que afecta a todos los países miembros, a unos más que otros. Hoy los católicos conmemoran la crucifixión y muerte de Jesús de Nazaret. Apuesto que casi dos mil años después se volvería a repetir el hecho, aunque en esta ocasión se ejecutaría con más sutileza y nuevas técnicas de tortura física y psicológica. Eso de llevar atado y con el látigo suelto hasta el Gólgota para empalar a un profeta por denunciar las injusticias y luchar por un mundo mejor es un poco fuerte, pienso. Habla mal de la humanidad, de nosotros y también de mí, por supuesto. Me devuelve la llamada el psicoanalista jamaicano para tranquilizarme por las agobiantes pesadillas que últimamente sufro. Es normal, señor Esteruelas. Vive una situación de excepcionalidad. Si yo le contara...Póngalas en el ordenador, escriba cuando y como le apetezca. Suéltelo todo, hasta lo del triciclo rojo, y no se asuste si cree estar en el caos. Yo lo estoy también y no me salva siquiera algún exceso poco clínico. Ya me entiende. También quienes nos gobiernan están igual de desconcertados. Aparentan no estarlo por vergüenza torera, pero improvisan, cambian de estrategia. Practican lo de prueba y error. Algunos son unos charlatanes de vocación, bocazas de nacimiento o directamente irresponsables. Otros, aprovechados, taimados y, claro, los hay también incompetentes. Como en botica. Me llama la atención que lo de vergüenza torera y como en botica lo dice en un correctísimo español. Tiene un rico vocabulario cervantino gracias a la granadina de la que se enamoró como un adolescente un verano pero que tantos estragos causó a su calenturienta mente. Aparentemente recupero la serenidad. Poco dura por desgracia, pues al encender la radio escucho la retransmisión de una procesión de Semana Santa. Arriba, valientes, grita un cofrade. Y a lo lejos escucho el himno legionario. No doy crédito. Me pregunto si he cambiado de mes, de año. En abril último llovía en Málaga y hoy por contra luce el sol, tal vez porque es Jueves Santo. En otra emisora ofrecen durante una hora la Madrugá sevillana y un buen amigo anciano me cuenta cuando le llamo para interesarme por su salud que está disfrutando de lo lindo viendo por un canal regional el paso de varias hermandades sevillanas. Dios de los Cielos y de la Tierra, dónde me he metido, en qué año vivo, exclamo. Me vence de nuevo la fatiga y trato de cerrar los ojos. Una cabezadita me ayudará a relajarme, pienso. Error, porque al poco me sumerjo en otro de esos sueños angustiosos que me asaltan casi a diario desde la tragedia. Es como si mi cerebro pasara cinematográficamente escenas de hace dos milenios con nuevos personajes que no son necesariamente profetas. Los figurantes son más o menos los mismos: una muchedumbre que brama y con ganas de sangre. Poncio Pilatos es un individuo alto, bien parecido, que con voz algo aflautada declara: "¿A quién queréis que os entregue? ¿Al Conducator o al Caramanzana? "Al Caramanzana, al Caramanzana", berrean mayoritariamente los congregados, aunque a lo lejos unos pocos gritan: "Al Coletas" y más al fondo se escuchan algunas voces: "Al Emérito". El rostro de Caramanzana encaja muy bien con su nombre. Es un tipo alto, encorbatado, con aire bobalicón pero un punto cínico, escaso pelo y gafas que no ocultan una mirada de terror ante lo que se le viene encima. Hablo con uno de la turba, menos exaltado, que me explica que ese individuo gobierna Galilea Norte. La Sur, me sigue contando, la controla un gordito que está en cárcel. Galilea combate por independizarse de Judea. Según relata mi supuestamente fiable fuente, la ira judía ha explotado al conocer que este dirigente galileo, al parecer, valido de un mandamás en el exilio, ha puesto trabas para que las centurias romanas y la milicia judía auxilien en su región a derrotar la invasión de un virus asesino. También ellos, me digo. Todo se desarrolla muy rápido aunque el calvario de Caramanzana sospecho espantoso. Los concentrados a las faldas del monte le arrojan piedras, le escupen y jalean a los centuriones para que arrecie la ristra de latigazos. Marcha desnudo, pero alguien de la multitud se acerca y le encasqueta un gorro rojo ribeteado con una cinta negra al tiempo que tapa sus partes pudendas con una pequeña bandera de barras rojas y amarillas y una estrella. Mi fuente me explica que es la enseña del independentismo galileo. El tipo está sonado cuando lo suben para empalarlo, pero con una mirada enloquecida pregunta antes del claveteo a grito pelado: "¿Se está viendo en la tele de mi país?". Un soldado, perplejo, le responde que sí. Y entonces Caramanzana respira tranquilo y empieza a cantar y silbar la cancioncilla aquella tan pegadiza de La vida de Brian: "Always look on the bright side of life..."

Valle-Inclán, al aparato

Decidí someterme esta mañana de Jueves Santo a la tortura televisiva del debate político para la prórroga del decreto del estado de alerta. Me había despertado en modo Poncio Pilatos, muy típico mío y muy apropiado para la jornada. A mí esto no me atañe, etcétera. En fin, la misma letanía: soy una rata de alcantarilla, asocial y un humano o humanoide asintomático, pero sin ninguna gana de que alguien me saque por la fuerza de la cueva marítima donde me asilé tiempo atrás y me traslade a lo que pomposamente llaman Arcas de Noé, eso que los surcoreanos inventaron para aislar en hoteles o lugares determinados a personal no inmunizado y con leves síntomas del coronavirus. Yo con gente en mi situación prefiero no mezclarme. Podría contagiarme más y sobre todo me sentiría obligado a hacer nuevas amistades y eso me da pereza. Si arrecia el diluvio me lo pensaré.

Europa, europa

Como dudo últimamente si mi jornada tiene 24 horas o me guío más bien por el día marciano, esta tarde he titubeado si Europa se escribe con mayúscula o, por el contrario, de esta guisa, europa, en minúscula. Yo me inclino a pensar que es más correcto la segunda grafía. Así pues, escribiré en adelante: unión europea, consejo europeo, eurogrupo, comisión europea, parlamento europeo, etcétera. Y lógicamente olvidaré la mayúscula cuando cite a los gobernantes, responsables de cartera, comisarios, parlamentarios, eurocracia y países miembros en su totalidad.

No hubo suerte con el psicoanalista

Esta mañana salí del piso un tanto aturdido por mis pesadillas; y lo que es peor: por mi deseo muy consciente de que se repitan más veces, con personajes que entran y salen de mi dormitorio como si fueran los dueños de mi vida. A veces me vienen escenas del camarote de los hermanos Marx.

Sueños y sueño

Desde que me sumergí en la catástrofe sueño despierto bastante, pero obviamente también lo hago cuando estoy dormido.  Probablemente porque vivo, como la gran mayoría, en una realidad irreal debido a la reclusión obligatoria. Tengo apariciones, no sé si en algunos casos las debería calificar de alucinaciones. Sin falta, me digo, habrá que consultar con el psicoanalista antes de que vaya mañana temprano a hacer la compra, pertrechado de unos guantes no muy reglamentarios y esa mascarilla pañal, grotesca, que me dejaron sobre la cama con una nota no muy cariñosa el de la coleta y sus intrigantes acompañantes.