jueves, agosto 11, 2022
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Bosco Esteruelas

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

Obsesiones

Quien manifieste no haber tenido obsesiones en algún momento, y ahora más que nunca en la catástrofe que estamos inmersos, pienso que se engaña. Yo las he tenido y las sigo teniendo con mucha frecuencia. El peligro es que deriven en una neurosis. Aunque bien mirado, qué importará si he llegado a ese estadio con todo lo que está cayendo.

Pascua florida

Pascua florida aunque en mi guarida las flores están cada vez más mustias. Es un problema de riego. No doy con el término medio. No consigo calibrar la intensidad como con tantas otras cosas que me acontecen. La cristiandad celebra la resurrección de Jesucristo y se congratula por ello. Nos felicita y nos desea buena Pascua. En varias comunidades la celebración prosigue el lunes. Recuerdo cuando vivía en Italia. Festejaban la Pasquetta. Lo hice un par de veces en casa de la madre de una novia de Cesena que tuve por entonces. Terminaba el ágape con gran pesadez de estómago. No sé si por el atracón de cordero y dulces o por tener que soportar durante tres horas a esa buena señora, que hoy seguramente está criando malvas.

No sé cómo vengarme de este año maldito

Cada vez que escribo la fecha e identifico el año en el que vivo mi reacción mezcla el terror con la rabia y el dolor. Y últimamente hasta con un deseo inconfesable de venganza sin saber dónde poner el punto de mira: en mí, en la sociedad, en nuestro modo de vida. No lo sé bien. Qué candidez la mía al pensar que éste iba a ser un año bonito, triunfal y viajero. Me gustaba cómo sonaba. Era, además, capicúa y bisiesto. Yo estaba dispuesto a salir de la cueva marítima, a relacionarme más, a encontrar nuevos amores y en definitiva a ser más sensible y solidario con el otro. Dispuesto a escuchar, a sentir la diferencia del prójimo y a meter en un cajón el absurdo narcisismo que tengo y pienso que tienen mis congéneres para esconder nuestra debilidad y nuestra inseguridad.

Viernes Santo

A las ocho de la tarde en mi edificio salen los vecinos a la terraza para aplaudir y escuchar la Marcha Real, que uno de ellos siempre tiene preparada en su reproductor. Creo que les gusta más lo segundo que lo primero. En el vecindario hay griterío de mayores y pequeños. Natural. Empiezan a notar la fatiga y la frustración de casi un mes de reclusión. No me atrevería a decirles que ni he aplaudido ni tampoco he cantado el himno nacional. No quiero problemas, aunque esta tarde tengo una buena excusa. Sufro una jaqueca de campeonato desde el mediodía que todavía no remite pese a los analgésicos. Tal vez la escritura sea un remedio más eficaz y me la alivie. Voy a probar. Me he despertado contento por las noticias procedentes de Bruselas. Volveré a poner Unión Europea con mayúsculas, pero con mucha cautela. La misma con que afronto la tendencia descendente de la curva del coronavirus. Hay mucha letra pequeña en ese medio billón de euros de ayuda de emergencia sin condicionantes acordado por el Eurogrupo. Queda aún bastante camino por recorrer para que los líderes europeos comprometan a medio plazo otro medio billón para un plan de reconstrucción de la UE. Sin duda, los ministros de Economía debieron salir avergonzados de las dieciséis horas que duró la primera reunión y a más de uno le tuvo que sentar mal la cena pese a los chistes. Eso sí que sería un gran Plan Marshall a la europea. Parece que ya se ha entendido que la pandemia es global y que afecta a todos los países miembros, a unos más que otros. Hoy los católicos conmemoran la crucifixión y muerte de Jesús de Nazaret. Apuesto que casi dos mil años después se volvería a repetir el hecho, aunque en esta ocasión se ejecutaría con más sutileza y nuevas técnicas de tortura física y psicológica. Eso de llevar atado y con el látigo suelto hasta el Gólgota para empalar a un profeta por denunciar las injusticias y luchar por un mundo mejor es un poco fuerte, pienso. Habla mal de la humanidad, de nosotros y también de mí, por supuesto. Me devuelve la llamada el psicoanalista jamaicano para tranquilizarme por las agobiantes pesadillas que últimamente sufro. Es normal, señor Esteruelas. Vive una situación de excepcionalidad. Si yo le contara...Póngalas en el ordenador, escriba cuando y como le apetezca. Suéltelo todo, hasta lo del triciclo rojo, y no se asuste si cree estar en el caos. Yo lo estoy también y no me salva siquiera algún exceso poco clínico. Ya me entiende. También quienes nos gobiernan están igual de desconcertados. Aparentan no estarlo por vergüenza torera, pero improvisan, cambian de estrategia. Practican lo de prueba y error. Algunos son unos charlatanes de vocación, bocazas de nacimiento o directamente irresponsables. Otros, aprovechados, taimados y, claro, los hay también incompetentes. Como en botica. Me llama la atención que lo de vergüenza torera y como en botica lo dice en un correctísimo español. Tiene un rico vocabulario cervantino gracias a la granadina de la que se enamoró como un adolescente un verano pero que tantos estragos causó a su calenturienta mente. Aparentemente recupero la serenidad. Poco dura por desgracia, pues al encender la radio escucho la retransmisión de una procesión de Semana Santa. Arriba, valientes, grita un cofrade. Y a lo lejos escucho el himno legionario. No doy crédito. Me pregunto si he cambiado de mes, de año. En abril último llovía en Málaga y hoy por contra luce el sol, tal vez porque es Jueves Santo. En otra emisora ofrecen durante una hora la Madrugá sevillana y un buen amigo anciano me cuenta cuando le llamo para interesarme por su salud que está disfrutando de lo lindo viendo por un canal regional el paso de varias hermandades sevillanas. Dios de los Cielos y de la Tierra, dónde me he metido, en qué año vivo, exclamo. Me vence de nuevo la fatiga y trato de cerrar los ojos. Una cabezadita me ayudará a relajarme, pienso. Error, porque al poco me sumerjo en otro de esos sueños angustiosos que me asaltan casi a diario desde la tragedia. Es como si mi cerebro pasara cinematográficamente escenas de hace dos milenios con nuevos personajes que no son necesariamente profetas. Los figurantes son más o menos los mismos: una muchedumbre que brama y con ganas de sangre. Poncio Pilatos es un individuo alto, bien parecido, que con voz algo aflautada declara: "¿A quién queréis que os entregue? ¿Al Conducator o al Caramanzana? "Al Caramanzana, al Caramanzana", berrean mayoritariamente los congregados, aunque a lo lejos unos pocos gritan: "Al Coletas" y más al fondo se escuchan algunas voces: "Al Emérito". El rostro de Caramanzana encaja muy bien con su nombre. Es un tipo alto, encorbatado, con aire bobalicón pero un punto cínico, escaso pelo y gafas que no ocultan una mirada de terror ante lo que se le viene encima. Hablo con uno de la turba, menos exaltado, que me explica que ese individuo gobierna Galilea Norte. La Sur, me sigue contando, la controla un gordito que está en cárcel. Galilea combate por independizarse de Judea. Según relata mi supuestamente fiable fuente, la ira judía ha explotado al conocer que este dirigente galileo, al parecer, valido de un mandamás en el exilio, ha puesto trabas para que las centurias romanas y la milicia judía auxilien en su región a derrotar la invasión de un virus asesino. También ellos, me digo. Todo se desarrolla muy rápido aunque el calvario de Caramanzana sospecho espantoso. Los concentrados a las faldas del monte le arrojan piedras, le escupen y jalean a los centuriones para que arrecie la ristra de latigazos. Marcha desnudo, pero alguien de la multitud se acerca y le encasqueta un gorro rojo ribeteado con una cinta negra al tiempo que tapa sus partes pudendas con una pequeña bandera de barras rojas y amarillas y una estrella. Mi fuente me explica que es la enseña del independentismo galileo. El tipo está sonado cuando lo suben para empalarlo, pero con una mirada enloquecida pregunta antes del claveteo a grito pelado: "¿Se está viendo en la tele de mi país?". Un soldado, perplejo, le responde que sí. Y entonces Caramanzana respira tranquilo y empieza a cantar y silbar la cancioncilla aquella tan pegadiza de La vida de Brian: "Always look on the bright side of life..."

Valle-Inclán, al aparato

Decidí someterme esta mañana de Jueves Santo a la tortura televisiva del debate político para la prórroga del decreto del estado de alerta. Me había despertado en modo Poncio Pilatos, muy típico mío y muy apropiado para la jornada. A mí esto no me atañe, etcétera. En fin, la misma letanía: soy una rata de alcantarilla, asocial y un humano o humanoide asintomático, pero sin ninguna gana de que alguien me saque por la fuerza de la cueva marítima donde me asilé tiempo atrás y me traslade a lo que pomposamente llaman Arcas de Noé, eso que los surcoreanos inventaron para aislar en hoteles o lugares determinados a personal no inmunizado y con leves síntomas del coronavirus. Yo con gente en mi situación prefiero no mezclarme. Podría contagiarme más y sobre todo me sentiría obligado a hacer nuevas amistades y eso me da pereza. Si arrecia el diluvio me lo pensaré.

Europa, europa

Como dudo últimamente si mi jornada tiene 24 horas o me guío más bien por el día marciano, esta tarde he titubeado si Europa se escribe con mayúscula o, por el contrario, de esta guisa, europa, en minúscula. Yo me inclino a pensar que es más correcto la segunda grafía. Así pues, escribiré en adelante: unión europea, consejo europeo, eurogrupo, comisión europea, parlamento europeo, etcétera. Y lógicamente olvidaré la mayúscula cuando cite a los gobernantes, responsables de cartera, comisarios, parlamentarios, eurocracia y países miembros en su totalidad.

No hubo suerte con el psicoanalista

Esta mañana salí del piso un tanto aturdido por mis pesadillas; y lo que es peor: por mi deseo muy consciente de que se repitan más veces, con personajes que entran y salen de mi dormitorio como si fueran los dueños de mi vida. A veces me vienen escenas del camarote de los hermanos Marx.

Sueños y sueño

Desde que me sumergí en la catástrofe sueño despierto bastante, pero obviamente también lo hago cuando estoy dormido.  Probablemente porque vivo, como la gran mayoría, en una realidad irreal debido a la reclusión obligatoria. Tengo apariciones, no sé si en algunos casos las debería calificar de alucinaciones. Sin falta, me digo, habrá que consultar con el psicoanalista antes de que vaya mañana temprano a hacer la compra, pertrechado de unos guantes no muy reglamentarios y esa mascarilla pañal, grotesca, que me dejaron sobre la cama con una nota no muy cariñosa el de la coleta y sus intrigantes acompañantes.

Domingo de Ramos

¿Cómo celebrar la fiesta religiosa del Domingo de Ramos si no es soñando, incluso para un descreído y rata asocial y cobarde como yo? Dicho y hecho. Me despierto con buen talante y me preparo para encender mi retroproyector cerebral, una especie de moviola del tiempo que me traslada incluso hasta la noche de Walpurgis si lo pretendo. Me lo vendió a un precio de susto un tal Sigmund hace muchos años. No digo ya si lo que busco hoy, por ejemplo, sea rememorar una escena en particular de mi pasado infantil. Eso es pan comido. Pulso al botoncito rojo y a volar.

Jornada de reflexión

Qué gracia la de afirmar que la tarde de este sábado fue mi jornada de reflexión como si fuera excepcional, una pausa larga en mi cotidianeidad y rutina. Pienso cuando duermo, cuando como, cuando hago gimnasia, cuando leo o escucho música o cuando me machaco escrutando la prensa, la radio y la tele. Y hasta cuando me sube la tensión al oír los aplausos de las ocho de la noche, muy justos pero muy cínicos. No son ni ángeles ni soldados nuestra clase sanitaria. Son kamikazes con bata, como confesó una médica al New York Times. Démosles recursos para no caer. Me falla la memoria, pero creo recordar que el 14% de las defunciones por la epidemia en España son de sanitarios. Y subiendo.