jueves, abril 15, 2021
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Bosco Esteruelas

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

Las consecuencias (10)

Qué próximo estaba el final o al menos eso es lo que intuía. Sin embargo, estaba rodeado de obstáculos, de trampas que dificultaban su alcance. La cabeza me dolía a rabiar. No estaba seguro si era eso lo que me sumergía en el abismo de las alucinaciones. En mi mundo ya no se oían ruidos como antes. ¿Dónde estaban los vecinos de arriba? ¿Y los de abajo? ¿Y el conserje del edificio? Ya no subía para traerme amablemente un paquete de libros encargados. Y peor aún: la discreta y eficiente ama de llaves tampoco daba señales de vida.

Las consecuencias (9)

La extraña y breve reaparición de mis padres, que hasta lo que yo me acuerdo nacieron españoles pero, al parecer, ahora eran una feliz pareja residente en Shanghai (China), provocó en mí un torbellino de sentimientos encontrados con el consiguiente peligro de que se rompiera el débil hilo de mi equilibrio nervioso. La fiebre no remitía, el catarro tampoco y las pesadillas, incluso lúcido, se habían convertido en mi acompañante habitual además del mar.

Las consecuencias (8)

Apenas pude atender a mi psicoanalista McFarlane y sus dos acompañantes, miss Kingston 2008 y miss Montego Bay 2007, recuperadas ya de sus quebrantos viajeros durante su breve estancia en mi ciudad accidental. Yo seguía inapetente y con fiebre alta, así como con problemas de sueño y alucinaciones. Cuando nos despedimos le dije dramáticamente al seguidor de Freud y Lacan: "A lo mejor no nos volvemos a ver más. Les agradezco mucho su visita y, ustedes, señoras, acepten mis disculpas por no haber podido hacerles de guía".

Las consecuencias (7)

Cuando apareció en casa él con dos mujeres negras de media edad se me cortó la respiración. Al principio creí que era una alucinación, una más de las muchas que estaba sufriendo en tiempos del coronavirus y especialmente durante el último mes. Pese a que lo veía en la pantalla de la tablet con regularidad no lo identifiqué y aún menos a ellas, que me parecieron como dos sombras venidas del mar del Caribe. Una vez recuperado del susto recordé que Joseph-Marie McFarlane me había anunciado una próxima visita tan pronto se abrieran las fronteras y se reanudaran los vuelos. Ninguna de las dos cosas se habían aún producido con lo cual opté por no preguntarle con qué medios arribó a mi ciudad accidental.

Las consecuencias (6)

Pasé unos días recluido en cama. Tenía fiebre alta y un inoportuno catarro que me dejaban desganado sin ninguna apetencia más que la escritura. No estaba seguro si vivía en la realidad irreal que comenzó a mediados de marzo, en la nueva realidad anunciada en plena crisis por mi gobernante o si definitivamente había entrado en un ciclo de sueño del que ni podía ni quería salir a la superficie. Es decir, a la lucidez anterior.

Las consecuencias (5)

Fue de locura. Temí que definitivamente ascendiera a los cielos ante el aluvión de llamadas, mensajes y visitas de vecinos que jamás antes había conocido. El conserje decidió colocar una mesita en el rellano para controlar la afluencia y la eficiente y discreta ama de llaves pegó a petición mía un aviso sobre la puerta comunicando que "el señor Esteruelas ruega no ser molestado debido a problemas de seria enfermedad". Los del segundo y los del cuarto comenzaron a propalar el bulo de que yo tenía un cáncer terminal y que era inminente el fatal desenlace. Y que la Familia Real, el conducator y el Papa Francisco asistirían a mis exequias.

Las consecuencias (4)

Mi gobernante tiene una influencia inversa en mi ciclo de sueño. Si quiero estar alerta no debo ver sus homilías dominicales, y eso que en la última ha dicho alguna que otra cosa juiciosa. Me viene sin querer el sueño con sus palabras, suavemente, sin necesidad de somníferos. Le pido disculpas. Debe de ser que me estoy haciendo mayor o que se repite muchas veces más que el ajo. Lo breve si bueno dos veces bueno, si me permite estimado conducator parafraseando a mi paisano Baltasar Gracián.

Las consecuencias (3)

No he retornado a la lucidez ni a la nueva normalidad ni a nada de nada. Vaya, soy un desastre por permitir que la cabeza me esté jugando una mala pasada. Sinceramente. ¿Qué he hecho yo para que el subconsciente no me permita desde hace veinticuatro horas regresar al mundo de los humanos y hacer lo mismo que ellos: comer, dormir, pasear y demás cosas cuando se ponen a tiro?

Las consecuencias (2)

Concluí después de la primera experiencia que no servía a nada abusar de psicoestimulantes para mantenerme alerta a riesgo, además, de causarme una crisis cardiaca. Más tarde o más temprano el cansancio me vencería, los párpados se me cerrarían y el subconsciente entraría en ignición. Así pues, me resigné, aunque con mucho miedo, a continuar adentrándome en las profundidades de la fantasía tras el triple crimen de Las Ventas madrileña.

Las consecuencias (1)

De nuevo la angustia se apoderó de mí y mi otro yo me empujaba a sumergirme en el mundo de los sueños. Me resistía por temor a revivir la pesadilla taurina que acababa de terminar hacía unas horas en la plaza de Las Ventas madrileña con la muerte de las tres ratas toreadas. Yo sabía que mi realidad presente, no la que marcaba mi gobernante, sino la que me acompañaba día y noche mi amigo el mar era el mejor antídoto para superar la pandemia.