viernes, agosto 12, 2022
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Bosco Esteruelas

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

Cuento de Nochebuena (y 2)

Tenía los nervios a flor de piel. Todo debía funcionar sin defectos. Nada podía dejar a la improvisación. Amigo, me decía a mí mismo mirándome frente al amplio espejo de una de las hojas del armario de mi dormitorio, no siempre te viene a casa todo un Papa y una canciller. ¿Canciller o cancilleresa, que uno ya no sabe? Cavilaba si vestirme de chaqué o con una americana y corbata, pero al final opté por enfundarme un elegante chandal azul oscuro muy chulo, marca Calvin Klein, en el que me había hecho grabar en la pechera en letras blancas: Bosco, The One”. Se lo vi un día a Mourinho y decidí imitarle. Si él era narcisista, ¿por qué yo no podía serlo también?

Cuento de Nochebuena (1)

Estaba adornando el árbol navideño cuando la pantalla del móvil se encendió al tiempo que sonaba un timbre suave. Nunca me han gustado esos sonidos estridentes o músicas para sorprender que se instala la gente en el dispositivo. “¿Cómo está? ¿Ya no se acuerda de mí? Soy Jacques-Marie McFarlane, desde Kingston, su antiguo y lacaniano psicoanalista que tantos dolores de muelas le causó cuando le trataba vía telefónica. Lo lamento. Me ha dicho un pajarito (lo de pajarito lo dijo en español) que no soplan precisamente vientos de alegría en esa cueva que tiene en su por usted llamada ciudad accidental. Pero, ¿qué le pasa, hombre? Arriba los corazones (recurrió de nuevo a mi lengua). Le llamo precisamente para sugerirle un bombazo de idea para celebrar estas fiestas como se debe y ajenos al maldito virus”.

Una sociedad enferma

Una sociedad enferma es aquella donde se incumple la ley, se amenaza y se insulta a quien no esté de acuerdo con lo que el fanatismo exige e impone, se aparta o se atemoriza a quienes por miedo, egoísmo o simplemente indiferencia miran desde la ventana y piensan que ya escampará. Una sociedad enferma es aquella en la cual una minoría convertida paradójicamente en mayoría grita, se queja de que le están pisando el callo y anuncia que viene el lobo con intenciones malévolas cuando seguramente el lobo es ella.

Sueños y remembranzas

Ando todavía desconcertado, aunque era previsible, con el último Premio Nobel de Literatura. No he leído nada del premiado y sinceramente no me interesa demasiado. No soy muy sensible a la cultura africana, un punto más de mi ignorancia general. Soñé que me llamaba el portavoz de la Academia Sueca y me despertaba a temprana hora anunciándome que este año me lo daban a mí. “Hemos pensado que se lo merece sobre todo por sus deméritos, por sus inmensas lagunas literarias, el deficiente manejo de su idioma y por otras cosas que me las callo por educación”, me comunicó el tal vocero. No acerté a decirle lo agradecido que me sentía a pesar del misil verbal que me había lanzado contra mi narcisismo. Antes de colgar aún pude sugerirle que, ya puestos, podían habérselo dado al japonés Haruki Murakami o al español Javier Marías. “¡Qué pesado se pone usted con esos señores! Mejor se compra un chaqué y se viene a Estocolmo a recibir del Rey Carlos Gustavo el premio y el dinerete, que siempre viene bien en estos tiempos de postcovid”.

Tiempos de Nobel

Siempre me pregunto (y no pocos pensarán que es una estupidez) cómo pasa las horas previas a la entrega del Nobel de Literatura un escritor que está entre los firmes candidatos. Bien es cierto que dadas las peculiaridades que caracterizan a los componentes de la Academia Sueca, basta con que suene un nombre para que ellos concedan el galardón a un desconocido del que nadie ha oído hablar antes. Lo del Nobel es como ser ministrable en España o estar en la lista de preseleccionables de Luis Enrique. Cuanto más anónimo sea, más posibilidades tiene.

Monstruos

Andaba yo hace siete años en el estreno de mi aventura en la literatura y pergeñando otra novelita sobre el terrorismo cuando un amigo me llamó por teléfono y me dijo sin preámbulos: “Pon la tele. ETA está anunciando el fin de la violencia”. Le hice caso. Allí estaban tres encapuchados diciéndome que después de más de cuatro décadas de sangre habían decidido deponer las armas. El reconocimiento de Euskal Herría y el respeto a la voluntad popular deben prevalecer sobre la imposición, declaraba uno de ellos con gran cinismo sin ni siquiera pedir perdón por las más de 800 muertes que había causado su locura.

AMM

Creo que he leído casi toda la obra literaria de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956). Es un poco más joven que yo, pero siempre me identifico con sus vivencias, sus emociones y su recorrido fuera del país. Forma parte de mi generación. De AMM me gustan muchas cosas, entre otras, su elegancia con la pluma, su sinceridad cuando habla de sus humildes raíces familiares y su posterior cosmopolitismo neoyorquino. Sin embargo, me gusta menos cuando en los últimos tiempos se ha sumado a manifiestos groseramente partidistas. Un escritor, un intelectual, pienso que debe ser crítico, denunciar lo que haya que denunciar, pero no enfundarse con la bandera de un partido político.

Siempre contigo

En medio de los estertores de la canícula, del incendio intencionado en un paraje cerca de mi ciudad accidental y del berrido político y social que siempre me acompaña por desgracia, uno mira con envidia la despedida con honores de jefe de Estado de Jean-Paul Belmondo en la explanada de Los Inválidos, el panteón donde está sepultado Napoléon y otros personajes ilustres de Francia. Allí, en ese espacio tan amplio, el féretro cubierto con la bandera nacional, es porteado por soldados republicanos con uniforme de gala ante la mirada del presidente Macron y su esposa mientras una orquesta militar interpreta la banda musical de uno de sus filmes, El profesional, del desaparecido compositor Ennio Morricone. Las imágenes muestran los aplausos y las lágrimas de la gente que asiste al acto. Impactan.

Escribir largo

Cuando termine el calor en mi ciudad accidental y baje el termómetro me vendrá la añoranza y cuando los días se hagan más cortos desearé de nuevo regresar al verano. La insatisfacción permanente. Esa es mi contradicción, la mía y quizás la de muchos como yo. Pocas veces recurro a las redes sociales como Facebook, Instagram o Twitter. Salgo aturdido cuando lo hago. Hay que estar en ellas, aseguran quienes de esto saben. Pues bien, yo de eso cada vez sé menos, además de considerar que mucho de lo que allí se vierte es ante todo un ejercicio egocéntrico para que los demás sepan que sé de todo: del virus, de la factura de la luz, del independentismo catalán, de Luis Enrique, de Afganistán y hasta de los rumores de que Bertoglio se plantea imitar a su antecesor y dejar el papado. Lo ha desmentido, lo cual no significa que ni siquiera lo haya pensado. Lo privado, lo íntimo se queda en la cabeza de cada uno.

El conflicto del pasado

Examinar el pasado no es sencillo y menos si el escrutinio aborda la familia. Al menos para mí. Requiere cierta valentía, sinceridad y objetividad. Pero el examen está lleno de trampas, de falsificaciones, manipulaciones y justificaciones. Para qué revisar lo que ya sucedió y no volverá, se pregunta no poca gente. Yo, sin embargo, soy de los que piensan que siempre es buena y necesaria la revisión.