martes, diciembre 1, 2020
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Din Matamoro

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Artista plástico, licenciado en Bellas Artes (Universidad Complutense. Madrid) Académico de Bellas Artes de Galicia. Última exposición, Galería TRINTA Santiago de Compostela.

El hombre disperso en la playa verde, 26

Las nubes no eran masas visibles suspendidas en la atmósfera de partículas diminutas de agua y hielo, sino seres grandiosos que nos observaban. Y el tiempo alcanzó su adolescencia.

El hombre disperso en la playa verde, 25

La lluvia eran pinceladas de Cézanne en el paisaje. La furia del viento hacía volar las bolsas de plástico y a las ancianas diminutas por encima de los árboles sin hojas.

El hombre disperso en la playa verde, 24

La perra cantaba con sentimiento cuando las campanas de las doce tocaban Negra Sombra y el tiempo pasaba volando con las hojas. Después de comer se acostaba enrollando su cuerpo como una oruga y Carola acabó adorando ese momento, dónde conseguía sacarle del corazón un sentimiento cariño.

El hombre disperso en la playa verde, 23

A menudo Vetusta iba a casa de su anciano padre al que cuidaba con esmero, pero sobre todo le daba conversación. Sentados en la mesa de la cocina, el tiempo, enamorado de ella, se acomodaba en una silla como un comensal más.

El hombre disperso en la playa verde, 22

Mientras el televisor dormía como un vampiro mostraba el sueño de la muerte, ocultando en la absoluta oscuridad, a toda esa gente que vivía eternamente en su interior. Esos momentos eran un descanso para la familia, pero sobre todo, eran una desconexión para Alma.

El hombre disperso en la playa verde, 21

Abrí los ojos y lo vi en mi mano, era el mismo rostro que había visto en su piel. Ella, mientras tanto, se alejaba despacio, ¿Qué me has hecho?, le grité. Sonrió y dijo: Tú la llevas. Y siguió su camino sin mirar atrás.

El hombre disperso en la playa verde, 20

Fue arrojando las revistas al fuego, pero aquello no ardía. De vez en cuando se atisbaba algún resplandor por entre los papeles de colores extraños, azules eléctricos y verdes, violetas insólitos y rojos de algún lugar del averno, pero el humo ahogaba el fuego. Y ella empezó a gritar: ¡Esto es cosa del diablo, lo sé…! Entonces me ordenó que fuese al garaje a por una lata de gasolina, y fui corriendo.

El hombre disperso en la playa verde, 19

Es curioso cómo, o por qué, recordamos algunos sucesos de nuestra vida. Creo que se fijan en la memoria los acontecimientos que luego tienen continuidad, los demás simplemente los olvidamos y si llegamos a la vejez, pasan de manera fugaz como un cometa en las noches de insomnio.

El hombre disperso en la playa verde, 18

Mi padre conducía su coche negro con un cigarrillo bajo el césped del bigote. A su lado estaba mi madre y el mundo del más allá en el que siempre vivió. De vez en cuando, nuestras miradas se cruzaban en el espejo retrovisor y yo intentaba reflejar en ellas mis miedos, pero o no se daba cuenta, o no le importaba. Tenía 12 años, era mi primer año de ejercicios espirituales. Aún es hoy el día que no consigo entenderlo.

El hombre disperso en la playa verde, 17

Estos cuadros son para contemplar solo, pero no para estar solo.