domingo, agosto 9, 2020
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Din Matamoro

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Artista plástico, licenciado en Bellas Artes (Universidad Complutense. Madrid) Académico de Bellas Artes de Galicia. Última exposición, Galería TRINTA Santiago de Compostela.

El hombre disperso en la playa verde, 19

MIS LIBROS ILUSTRADOS Un libro y un dibujo.   RELATOS SIN MIEDO El grajo sobre la cabra A mi me gustaban las cabras y a él los grajos. Es curioso...

El hombre disperso en la playa verde, 18

Mi padre conducía su coche negro con un cigarrillo bajo el césped del bigote. A su lado estaba mi madre y el mundo del más allá en el que siempre vivió. De vez en cuando, nuestras miradas se cruzaban en el espejo retrovisor y yo intentaba reflejar en ellas mis miedos, pero o no se daba cuenta, o no le importaba. Tenía 12 años, era mi primer año de ejercicios espirituales. Aún es hoy el día que no consigo entenderlo.

El hombre disperso en la playa verde, 17

Estos cuadros son para contemplar solo, pero no para estar solo.

El hombre disperso en la playa verde, 16

Estaba sentado en la cama cuando la muerte le ayudó a tumbarse, para alejarse después, en pijama, por los senderos de las nubes. Madre lo tocó y supo que ya no estaba en los páramos y bosques de su cuerpo.

El hombre disperso en la playa verde, 15

La mañana encontró espacio en el sillón en el que estaba, abrió los ojos y vio que lo que había pintado con tanto ímpetu no existía. Al igual que una luz intensa lo borra todo, él desapareció.

El hombre disperso en la playa verde, 14

Todo era tan real que Manuel tuvo que agarrarse muy fuerte a la butaca mientras se hacía el vacío en su estómago. Justo antes de soltarse y ser engullido por el mar negro e infinito, sonrió.

El hombre disperso en la playa verde, 13

Una mañana temprano, José Vicente oyó el sonido de la destrucción, por tercera vez volvían las obras de humanización a la calle. Querían domesticarla todavía más ya que se había vuelto tan salvaje, que los árboles en verano trenzaban sus ramas desde ambas aceras creando un cielo de hojas, y los pájaros cantaban a sus anchas por entre el frescor verde y los destellos del sol. La calle necesitaba maceteros con flores de temporada y árboles a la altura de la grandiosidad del hombre, mucho más pequeños que los que ya había. La concejalía de urbanismo comunicó que los árboles serían sustituidos por una raza superior que había aguantado la bomba de Hiroshima y, a José Vicente le vino, sin querer, la imagen de grandes cucarachas con ramas.

El hombre disperso en la playa verde, 12

El parabrisas del coche barría la lluvia sin conseguirlo. Empapado, sudoroso y cansado del esfuerzo y de tanta adrenalina sentía como sus ojos se perdían en el abismo de lo etéreo. Estaba tan agotado que no le importaría salir de la carretera y volar sin más en la noche hasta caer en la paz de la nada. Un anuncio de neón “MOTEL CONTEMPORÁNEO a 500 metros” lo salvó. Se desvió de la carretera por un camino estrecho con árboles a ambos lados que le increpaban lanzándole cerbatanas de lluvia. El aparcamiento estaba vacío y las luces de la furgoneta rebotaron contra la fachada trasera del edificio de ladrillo iluminando unos congeladores industriales. Un cartel de neón con el nombre del motel en forma de gran flecha vaporizaba de rosa la entrada.

El hombre disperso en la playa verde, 11

Un día en el taller se propuso crear el cuadro abstracto perfecto. Preparó una gran tela, y la trabajó durante semanas, pero nada de lo que hacía lo conformaba, cuanto más tocaba la pintura más surgían imágenes reconocibles. Desesperado creaba capas y capas de materia que llegaban para quedarse como montañas en los horizontes del lienzo, pero algunas se desprendían como lágrimas hasta el suelo inundando sus zapatos de colores.

El hombre disperso en la playa verde, 10

Su marido había sido pintor de profesión. Siempre volvía a casa manchado de pintura como la ola que llega a la orilla embadurnada de espuma. La peste a óleo pegada a su cuerpo todavía caminaba por la casa lentamente. Sus tres hijas siguieron sus pasos, ninguna había salido a ella, una mujer ordenada, del mundo real, que siempre intentó que saliesen las cuentas en un hogar donde el dinero parecía lo de menos.