domingo, marzo 29, 2020
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Gonzalo Sánchez-Terán

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Gonzalo Sánchez-Terán ha trabajado desde 2002 implementado proyectos de emergencia en campos de refugiados y desplazados internos en Guinea Conakry, Liberia, Costa de Marfil, República Centroafricana, la región de Dar Sila, en la frontera entre Chad y Darfur, y la frontera entre Etiopía y Somalia. En 2001 publicó el poemario, Desvivirse (ed. Visor), y en 2008, junto al periodista Alfonso Armada, el epistolario, El Silencio de Dios y otras metaforas. Una correspondencia entre África y Nueva York (ed. Trotta).

Volveréis a pisar las intemperies

No es ésta una batalla entre los virus/ y los humanos sino entre lo humano/ y lo inhumano, como nuestra historia.

En pie permanecía el viejo orden

Ni el dolor, ni la fuerza, ni las plagas/ cambian el mundo. Las ideas, sí.

El lobo que ronda la aldea

Ella sabe y yo sé que ambos tememos/ que el otro tenga el virus, que me toque,/ me tosa o, aún peor, me necesite.

Quién es el enemigo

Hoy nuestros enemigos no conocen/ ni razas ni fronteras, no respetan/ árboles genealógicos ni credos./ Si vencen no perdonarán a nadie.

Y cuando al fin volvamos a abrazarnos

Al volver a abrazarnos, la mañana/ plena de besos, lágrimas, caricias,/ que sean nuestros brazos brazos nuevos,/ más sabios, más clementes, más humanos.

Ahora que tememos por los nuestros

europeos, decidme, sí, decidme,/ ¿podréis volver a condenar a quienes/ huyen en busca de la paz, y cruzan/ mares y lindes para que sus hijos/ crezcan sin daño en una escuela digna,/ quienes intentan enviar dinero/ a padres que no pueden abrazar?

La preexistencia del amor. El despertar, de María Zambrano (1904-1991)

  El día de ayer cruzó el bosque poniendo cepos en los perdederos y disparando a los pájaros: amigos del alma sufren por quien es...

No canta el mirlo en la rama, de Pedro Salinas (1891-1951)

Si vagas por Salamanca, al llegar al Convento de San Esteban es fácil quedar atrapado en la contemplación de su fachada plateresca. Se abre como una enciclopedia de figuras y trazos acaparando tus ojos, hacinándote la emoción. Lo mismo sucede al entrar hacia el claustro, donde una panoplia de maineles te eleva hacia los cielos y te convierte en un parteluz andante. Todo el convento está lleno de cepos de belleza labrada, tallada o pintada, desde el vuelo de la escalera hasta los cantorales iluminados del coro. Pero allí no debes detenerte.

Sesenta millones de racistas

 

SESENTA MILLONES DE RACISTAS

 

Manifiesto del poeta ante la crisis

          

MANIFIESTO DEL POETA ANTE LA CRISIS