miércoles, octubre 28, 2020
Inocente e imposible   el blog de Iria Miguens
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Iria Miguens

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Salitre y morriña. Mujer desde 1985, feminista desde que no está penado. Vivo en Madrid, siempre en Galicia. Médica desde que Santiago de Compostela, celebrándolo con lluvia, me invitó a Vigo. Y de Vigo al cielo, o a Madrid. Se aprende a leer cuando duele llorar. Nos vemos en todos los libros, en los teatros, en las pinturas, en el amparo del desasosiego de un folio en blanco. En lo miserable que haya en los párrafos de Loriga, en la prosa de Ferlosio, que lima el ego. En un Servicio de Urgencias de la Sanidad Pública, cómo no. No se necesitan escudos en las guerras de flores, me gustan las margaritas. Sangran sonrisas cuando la primavera llora sus primeros días. Lloran silencios cuando la indiferencia alumbra injusticia. Abrigada por la belleza del arte en la inocencia, en lo imposible.

Parar es ganar

Cuando más necesario se ha hecho pensar en todo ello mayor es el precio de pararse a hacerlo. Estamos en los años en los que la soledad aprieta y ahoga, el suicidio es un drama del que empezamos a hablar, el amor se replantea en función de condicionantes externos, y el fascismo ha vuelto.

De Pizarnik, Dostoyevski y la clase

La ausencia de clase no permite saber cuándo sacarse unas medias, servirse una copa de vino, elegir la librería dónde nutrirse o poner una buena excusa; no permite mentir. Y no me refiero a la mentira como traición, sino como algo chabacano. Me irrita cuando un autor escribe entre rayas ramplonas en un diálogo : -mintiendo-. ¡Anda ya, lo habíamos entendido todos! Pero y el interlocutor en el diálogo, ¿conoce el peso de la raya aclaratoria? Probablemente sí, pero pesa dos segundos también sonreír y responder, ¿en serio? Y no acuso al mentiroso, jamás, sino al que carece de la clase de saber a quién mentir.

Botones y bestias

  Ayer, entre paciente y paciente, me sorprendían las palabras de una diputada de Vox : "Yo pondría como asignatura obligatoria, en vez de feminismo,...

Desprecio a la aridez

La sequía nos aleja de la infancia.

Una pequeña radio roja

Todo lo que cabe en un verano hay que incluirlo en la partitura de la costumbre, sin haber previsto hueco en el pentagrama. Esta es la verdadera melancolía: el miedo.

Nemo

Duele Hermosos y malditos cuando se niega la belleza en la maldición. Arde la hermosura cuando se nos olvida que los hoyuelos son una concesión divina para las que queman la pena con cerillas mientras sonríen. Volveré a Scott, pero las caricias hay que economizarlas, y yo con algo tan bonito, sola y lejos, no puedo. Maldita sea.

Los números del alma

  Hace una semana, me sorprendí habiéndome olvidado de cuánto me había gustado la película dirigida por Iñárritu en 2003, 21 gramos. En 2003 yo...

Mis malditos favoritos

Se necesitan dos malditos bailándose a versos tras muchas estrellas, en un azotea inesperada, para poder pasar al próximo baile. Y ahí, empieza otro siglo.

Todos los principios son eternos en Madrid

Larra escribía esto a su regreso de París, y yo –osada y belicosa– lo cito en mis idas y venidas de Galicia, de dónde nunca regresaré; morriña. Madrid recoge los principios de todas las historias definitivas, porque a Madrid todos llegamos para regresar y es la ciudad de donde nunca volvemos.