martes, julio 7, 2020
El diván del indolente   el blog de José Luis Madrigal
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José Luis Madrigal

José Luis Madrigal
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Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

Reflexiones de un pensador indolente (I)

La proposición “la línea recta es la línea más corta entre dos puntos” no necesita, según Kant, compás ni cartabón al dibujarse en el espacio de nuestra mente. La pura razón puede llegar a ello. Es un juicio sintético a priori. Pasa lo mismo con la proposición “todo cambio tiene una causa”. No hay necesidad de comprobación empírica. Una avispa se posa en la mano y me da un picotazo; la mano se me hincha. Un estado A pasa a un estado B. Esa reacción particular a una acción también particular necesita de la observación para valorar exactamente qué pasa, pero si digo “toda acción trae consigo una reacción”, la proposición que digo es universal y necesaria (apriorística) y su predicado no está incluido en el sujeto; es un juicio sintético, pues. Ahora bien, ¿me aporta o me ayuda en algo esa proposición para entender el picotazo de la avispa? Todo efecto es ciertamente el resultado de una causa, pero cada causa crea un efecto distinto y, por tanto, nuevo, único, impredecible. La simple generalización quizá nos pone en el buen camino, como la brújula o el sextante, pero no nos conduce a ningún sitio conocido. El juicio sintético debe ser siempre a posteriori; el juicio sintético a priori es trivial, como decir “todo lo que sube baja” o “nada se crea ni se destruye, sino que se transforma”.

Diario de un madrileño de Brooklyn (17-22 de junio)

¿Es fácil ser Trump? Alfonso Armada La foto es atroz. El negativo de ese tipo siempre atildado dentro de su máscara bañada en emulsión de zanahoria, con el pelo convertido en yelmo para la gran caja de resonancia de su cerebro vacío de convicciones, pero forrado en sus cuatro dimensiones con pantallas planas para el juego de los ecos, de americana invicta de vendedor de humo y la gorra de jugador de béisbol profesional del campeonato mundial de la egolatría. Make America Great Again. El regreso de la batalla de Tulsa. La elocuente estampa de Donald Trump con el maquillaje derritiéndose, la corbata como la estola fláccida de un chamán que ha perdido los poderes, la permanente mustia y la gorrilla en la mano. La imagen de la derrota del peor enemigo de sí mismo. Una de las cosas que más me asombraban cuando fui corresponsal en Nueva York era la conciencia de ser alguien aun siendo, para las varas de medir del capitalismo estadounidense, nadie. La omnipresencia de la bandera de las barras y estrellas. Desde el carrito de la compra donde arrastra toda su vida un sintecho hasta todo el espectro residencial americano. Eso dice mucho de la capacidad del sistema para generar afinidad, un raro orgullo que incluso en medio de la destitución social y el abandono asume el dictum calvinista de que uno es el maestro de sus desgracias y de sus éxitos. Hollywood entendió en qué medida un arte eminentemente popular podía servir el condimento ideológico capaz de convertir el sueño americano en banderín de enganche universal, que ha atraído a tantos perseguidos y a tanto talento que ha cuajado sobre todo en el siglo XX, el siglo estadounidense. Un poderosísimo imán que Trump ha intentado desactivar porque en su visión, y en la mentalidad más reaccionaria de los WASP (blancos, anglosajones, protestantes, y ahí el espectro es más ideológico que de clases, porque abarca multimillonarios a homeless), parte de la visión de una identidad amenazada por los de otro color, otras creencias, otros orígenes, otras inclinaciones sexuales. La base con la que Trump supo conectar y a la que sigue apelando. Como han revelado intelectuales como Anne Applebaum, lo que ha pretendido Trump no ha sido recuperar el poderío de su país, sino, en un descarnado canto al individualismo más feroz, devolverle a su emporio el poderío que acaso nunca tuvo. Por eso necesita a toda costa salvar la presidencia. Porque le quedan todavía muchos réditos que rebañar. La herida del racismo, junto a su brutal ignorancia e inhumanidad a la hora de hacer frente al coronavirus, acabó mostrando en el frustrado mitin de Tulsa el estado de ánimo del país y, tal vez, el principio del fin de Trump. Aunque hará lo posible por seguir horadando las instituciones, poniendo en duda la legitimidad del sistema si él no revalida su mandato en las presidenciales de noviembre. Como si en realidad fuera un agente doble, un agente al servicio de la China de Xi Jinping (que está aprovechando la desaparición de Estados Unidos de la escena mundial para avanzar como nueva superpotencia) y de Vladimir Putin (que parece el modelo en el que le gustaría reencarnarse a Trump: un presidente vitalicio).

Diario de un madrileño de Brooklyn (9-13 de junio)

Está lloviendo a mares; no sé cuándo amainará. Junio es siempre lluvioso en Nueva York. Había pensado salir esta tarde, pero me quedaré en casa. Me resulta fácil encontrar disculpas o coartadas para proseguir con el encierro. Me ha dado por leer Las vidas paralelas de Plutarco en una traducción vieja, la que hizo a principios del siglo XIX Antonio Ranz, algo rancio en su castellano, pero disponible en Google Books. Había oído en algún sitio que Cleón podía asemejarse a Trump. Espigo entre sus páginas y busco luego en el índice.

Diario de un madrileño de Brooklyn (2-7 de junio)

Murió Lía. Me entero por un email del GC. Hacía años que no sabía nada de ella. Alguien me dijo hace tiempo que la había visto en silla de ruedas. Me apena la noticia, aunque no me sorprende demasiado. La muerte de su marido en 2013 fue un terrible revés para ella. Recuerdo que en aquellos días de duelo se la veía como ida, totalmente devastada por la pérdida. De pronto, al verla así, uno se daba cuenta -si es que no lo había percibido ya antes- de lo mucho que Isaías representaba en su vida. Lía fue siempre para mí Lía Lerner, o Lía a secas, pero en el ámbito académico se la conocía más como Lía Schwartz, especialista en Quevedo y una mandamás dentro del hispanismo. El obituario, si tuviera que escribirlo, debería incidir en ello, pero también en la gran pareja que formaba con su marido. Eran uña y carne. Uno y otro investigaban sin descanso, asistían regularmente a congresos y ejercían la labor docente con admirable dedicación. Se entendían los dos a las mil maravillas, aun manteniendo entre sí una gran independencia.

Diario de un madrileño de Brooklyn (29-31 de mayo)

Twitter, Facebook o Instagram se han convertido en las mejores plataformas digitales para propagar todo tipo de bulos impunemente. Es sabido que Rusia encenagó las elecciones estadounidenses de 2016 a través de Facebook, y lo mismo han hecho otros muchos grupos de poder desde entonces para promover sus respectivas agendas. Trump, el primero. Nadie ha explotado con más eficacia y desvergüenza la plataforma de Twitter. Diariamente, en mensajes de 280 caracteres (hasta hace poco eran 140), se despacha a gusto contra todo lo que le viene en gana y lo hace con la malevolencia y matonismo de un colegial acomplejado y bravucón. Su catarata de falsedades, mentiras, insultos, comentarios racistas o xenófobos abruma y entontece; nunca jamás se vio algo así en un mandatario norteamericano ni en ningún otro ciudadano. Es el peor troll que haya jamás navegado por la red. En cualquier colegio o instituto de los Estados Unidos ya lo habrían expulsado hace años.

Diario de un madrileño de Brooklyn (22-25 de mayo)

22 de mayo Se acerca Memorial Day y por primera vez en muchos años no lo pasaré en los Catskills ni disfrutaré de una barbacoa...

Diario de un madrileño de Brooklyn (15-16 de mayo)

Se terminaron las clases y los exámenes; toca ahora poner las notas. Hay bastante confusión. No entraré en detalles, pero mis colegas se están devanando los sesos en dirimir qué hacer con la asistencia, con los exámenes y con el modo de evaluar al estudiantado. El experimento virtual de estos dos meses no parece haber funcionado demasiado bien. A algunos se les hacían los dedos huéspedes con el advenimiento de la enseñanza online, pero a las pocas semanas el consenso general es que la tarima y el pupitre no son tan fáciles de sustituir.

Diario de un madrileño de Brooklyn (7-9 de mayo)

Miro a la ventana y está nevando. ¿Puede ser posible? Me manda un mensaje mi hija: “es la primavera más horrible de mi vida”. Le contesto que en la mía, mucho más larga, es simplemente la primavera más rara.

Diario de un madrileño de Brooklyn (1-3 de mayo)

Me alegra estar aquí. Me produce una sensación, quizá ilusoria, de normalidad. Entro en la playa, bajo hasta la orilla. El suave oleaje me reconforta. Un barco de pesca se recorta en el horizonte; avanza pausadamente, en silencio. A unos metros una gaviota picotea un pececillo entre las olas que van y vienen. Me gustaría poder congelar estos instantes. Regreso al paseo, hago fotos. Cada vez hay mayor luminosidad. Antes de marcharme saco una última foto a la torre metálica, la Eiffel de Brooklyn, el Parachute Jump, que es la atracción más desvencijada y más vieja de Coney Island; la más emblemática también.

Diario de un madrileño de Brooklyn (de 21 a 25 de abril)

21 de abril Son casi las nueve de la mañana. Otro día más confinado en casa. Entorno ligeramente las persianas. Entra poca luz, aunque suficiente...