miércoles, septiembre 22, 2021
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Juan Ignacio García Garzón

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Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

Carta furiosa al padre

Con solo tres novelas -Para acabar con Eddy Belleguele (2015), Historia de la violencia (2018) y Quién mató a mi padre (2019), todas publicadas en España por Salamandra- Édouard Louis (Amiens, Francia, 1992) se ha convertido en un fenómeno literario y teatral en toda Europa.

Carta furiosa al padre

Con solo tres novelas -Para acabar con Eddy Belleguele (2015), Historia de la violencia (2018) y Quién mató a mi padre (2019), todas publicadas...

Vosotros sois los dioses

Rafael Álvarez El Brujo es siempre igual a Rafael Álvarez El Brujo y a la vez distinto; cabría decir de él, vamos a exagerar...

“Traición”, el principio es el final

Alguna vez he comentado que Harold Pinter vendría ser el resultado de la suma de las influencias decisivas de Anton Chéjov y Samuel Beckett,...

“El alma de Valle Inclán”: Divinas palabras

Maestro de voz y gesto y vestido con un frac blanco, Álvarez da un curso sobre Valle-Inclán a través de la que el autor subtituló Tragicomedia de aldea.

“Escape Room”, punto de fuga

¿Cuántas comedias arrancan con una reunión de amigos o conocidos que termina como el rosario de la aurora? Seguro que, a bote pronto, recordarán...

“Penélope”, femenino singular 

El relato de Homero, Penélope se alza como símbolo de la prudencia y la fidelidad conyugal, una mujer que teje su destino destejiendo de...

“Cayo César”, el poder demente 

Del reinado de Cayo Julio César Augusto Germánico –más conocido por su apelativo infantil de Calígula, que le pusieron los legionarios por las botitas militares que calzaba cuando acompañó a Germánico, su padre, en alguna campaña– la posteridad recuerda los ecos estrepitosos de su crueldad y excentricidades, alimentados fundamentalmente por los textos de los historiadores Suetonio (Vidas de los doce césares, escrito ochenta años después de la muerte del emperador) y Dion Casio (Historia romana, posterior en cien años a la obra anterior y de la que se conservan resúmenes redactados en la época bizantina).

“La comedia de la cestita”, un recipiente desordenado

Con respecto a la apreciación y recepción actuales de los textos de Plauto y otros comediógrafos clásicos, me parece muy interesante discrepar de mi colega y sin embargo amigo Raúl Losánez, quien escribía hace unos días en La razón –a propósito del montaje de Anfitrión, un Plauto pasado por el ingenio cáustico de Molière, estrenado hace una semana en el Festival de Mérida– que “cuanto más tiempo pasa, más evidente parece la agonía de las comedias grecolatinas con respecto a las tragedias. No es que estas últimas conserven su vigencia intacta en todos los casos, claro (...). Sin embargo, las tragedias dejan siempre un resquicio para ver el desarrollo psicológico de los caracteres o el combate de algunas ideas bien fundamentadas; y esa vista nos resulta en ocasiones deslumbrante, aun hoy, por la meridiana luz que ilumina tantísimos matices en el terreno anímico, intelectual y moral. Y esto, nos pongamos como nos pongamos, no ocurre en las comedias”.

“Anfitrión”, de dioses, reyes y hombres

Cuando Molière estrenó Anfitrión el 13 de enero de 1668, la situación económica de la compañía del autor andaba maltrecha a causa de las trabas sufridas por las tres grandes denuncias de la hipocresía que el dramaturgo había subido a las tablas entre 1664 y 1666: Tartufo, Don Juan o el festín de piedra y El misántropo.