sábado, octubre 31, 2020
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Ulises Gonzales

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Nació en Lima. Vive en Nueva York donde ya plantó un árbol, escribió una novela y tuvo mellizos. Dirige una revista de literatura y es profesor de cine.

Cae la nieve en Nueva York

Alguna vez fui acaso un hombre emocionado por la nieve. Por jugar en ella, deslizarme en ella, trabajar junto a ella. Ya no soy ese hombre. ¿Quién soy?

Detrás de una Década de fuego: La otra historia del Bronx

¿De dónde vienen esos prejuicios? ¿De dónde esa imagen distorsionada del Bronx como sinónimo de caos, de peligro? ¿Por qué a un turista que ya pisó las aceras desangeladas de algunas zonas de Manhattan le resulta cautivante descubrir más de cinco dedos con motivos para "internarse" en el Bronx?
Velasco Alvarado

Y tú te crees valiente: La revolución y la tierra

Túpac Amaru fue el logotipo oficial de un intento de modernización que resolvió la condición semifeudal del país, entregándole la tierra a los campesinos y empoderando a los trabajadores. Era 1968 cuando el Velasco Alvarado se instaló en Palacio de Gobierno, obligó a gamonales y latifundistas, dueños de grandes complejos agroindustriales y ganaderos, a entregarlos a sus trabajadores, a cambio de unos bonos del Estado Peruano que garantizaban la deuda.
Mar de Copas

Breves paseos recogiendo música

¿Por qué tenía yo una columna de música? ¿Qué sabía yo de crítica musical? Supongo que después de leer las Rolling Stone que nos llegaban (desde un PO Box en Miami) decidí intentarlo. El objetivo era promover más que criticar. Eran mucho más sólidas las reseñas de Caleta, obvio. Eso sí era una revista de música. Mi ignorancia sobre rock anglosajón era total. Así no se puede criticar la música: sin conocer las influencias. Algo sabía del punk. Samir me hizo escuchar a Sex Pistols y después a The Clash. También aprendí con la revista Esquina. Me fascinaba leer los nombres de bandas y discos, atesorarlos como si los conociera. Pero de qué servía si no escuchaba la música, si en mi tiempo libre me iba a Arequipa: a la chacra, a la playa. Allá todo era cumbia.

Cuando yo mentía sobre Bob Dylan

La última vez que hablé de música con ella fue en su departamento. Me hizo escuchar una canción de Christina Rosenvinge. Me mostró las fotos que había compuesto con el rostro de sus hijos. Le hablé de mi vida en Nueva York. Su vida era desorden. La mía caminaba en otra dirección, muy lejos de casa.

La línea y el árbol

Y ahí, en esta región del mundo donde decidiste quedarte, piensas en otros puntos y en otras ellas. Como si hubieran sido cartas, opciones que perdiste en el camino (o que jamás estuvieron a tu alcance): Mamaroneck-Greenridge Medical Center-ALCC-ella-Knollwood-Port Chester-ella-White Plains-ella-Lehman College-Brooklyn-ella-Bronx-ella-Riverdale-Peekskill-Pleasantville. Ellos. Piensas entonces en esa biografía que tuviste que afinar para un taller, semanas atrás: Nació en Lima. Vive en Nueva York donde ya plantó un árbol, escribió una novela, tuvo mellizos. Tiene una revista de literatura. Es profesor de cine.
New York

Esperar que vuelva Nueva York

La Nueva York de 2019 es, ahora, una idea obsoleta. El conjunto se ha disuelto en unidades pequeñas. El panorama, en escenas. Nueva York es una Viena (sin turistas), una ciudad por la que se puede caminar.
Patricio Lerzundi

Se fueron con menos abrazos de los necesarios

Esta maldita distancia que nos separa. Parece haberse ido aquel mundo en que nos movíamos como si los kilómetros no existieran. 

Dos Lyndon

El foco del libro es el vicepresidente. Las humillaciones que debió sufrir para llegar a donde estuvo hasta que lo mató─politicamente─esa nube negra de apellido Vietnam. Gracias a Robert Caro, a la persistencia que fue construyendo bajo las noches sólidas de Texas, quienes conocieron de niño a ese pobre diablo llamado Lyndon B. Johnson, ese fabuloso animal político, empezaron a contar la verdad.
Libros de escritores argentinos

Opus argentino

Mis memorias de la pandemia estarán conectadas para siempre con esas lecturas. Serán─eso espero─ recuerdos agradecidos al descubrimiento de Mairal, de Licitra, de Mermet, de Cucurto, de Casciari, de Chiri (También a una nueva curiosidad por la obra de Luciano Lamberti, Selva Almada, Sofía Badia, y Fabián Casas, que aún no he leído). Y el piano de Bruno Gelber, cuya versión de Beethoven me conecta con las páginas del libro de Guerriero, vendrán así mezcladas con mis memorias de las calles de Buenos Aires, con los personajes de Opus Gelber que se mueven entre los barrios de Chacarita y Once. Y claro, también, porque no todo puede ser literatura: con mis viejas canciones de Soda.